Las encuestas telefónicas, la nueva tortura digital
Jueves 15 de Diciembre de 2016
Sin ninguna consideración, con total desparpajo y con el absoluto convencimiento de que le está haciendo un favor a quien lo atienda, el encuestador telefónico descerraja sus preguntas, ¡y ojo con impacientarse!
Las víctimas preferidas son los clientes de las líneas domiciliarias. Suena el teléfono y es imposible no atender. La llamada puede ser de algún familiar que necesita asistencia, o un amigo que quiere organizar un asado, alguien cercano que quiere tomar un café y así por el estilo, la lista de cuestiones importantes es interminable.
De modo que el infortunado elegido por la computadora de Telecom atiende y cae en los tentáculos auditivos de una señorita (preferentemente) que sin comerla ni beberla le pregunta a uno si es dueño de casa, si alquila, si tiene trabajo, si es feliz con las auroras boreales, qué opina de la gestión del gobierno (no le aclararon a esta chica de acento puertorriqueño que uno vive en una ciudad que tiene una intendenta, en una provincia que tiene un gobernador, y, por fin, en un país que sí, tiene un gobierno).
Las preguntas se suceden a lo largo de los minutos hasta que el sufrido e involuntario reporteado escucha "esto lo vamos a dejar para la segunda parte del cuestionario". Allí, presa del pánico y de una furia que lo lleva a pensar en las bondades de un harakiri, advierte al alegre encuestador que se le terminó el tiempo, que debe hacer otras cosas y que va a cortar.
"¿Cómo va a hacer eso?, qué falta de respeto. ¡Sepa señor que mi tiempo vale oro!". Já.