Domingo 15 de Enero de 2017
Por un detalle, la vidriera de un negocio de la calle San Luis plantea un viaje al pasado. En medio de autos de juguete, encendedores, decenas de aparatos electrónicos chinos, está colgada una bolsa de plástico chica que tiene una piragua y media docena de indiecitos en poses guerreras. La ferocidad de los combatientes está atenuada por el verdecito pálido de sus figuras, mientras que la canoa es marrón. Sorprende que en la era de los juguetes conectados, aparezcan esas figuras inanimadas que exigen una interrelación con quien juega en un mundo de fantasía en el que lo real y lo imaginario se trastoca constantemente, y así las raíces de un árbol son montañas que los indiecitos atraviesan con la piragua a hombros enfrentando mil peligros y asechando a los carapálidas que los quieren exterminar. Ni hablar si queda algún charquito en la vereda después de una lluvia, ahí la canoa terminará siendo el factótum de cualquier historia.
Es un rotundo viaje al pasado. Las películas de cow boys las pasan en transnoche y los pibes no tienen registro de comanches, sioux o cualquier otra tribu rescatada a sangre y fuego por Hollywood. No hay más indios contra soldados, ahora están el Capitán América, Hulk, Iron Man, Thor y la constelación creada por Stan Lee.
La bolsita de náilon sigue colgada de la pared de la vidriera. Los indiecitos están firmes, con cara de guerra, uno otea el horizonte, otro esgrime un hacha, otros aparecen detrás con los infaltables arcos y flechas. Ellos se mantienen en la representación de un rol histórico lejano, perdido.
Los comanches de ahora gerencian sus casinos en Estados Unidos.