La ira de Dios
"¿Acaso no está escrito, no lo dice la Biblia?", exclamó con voz estentórea haciendo temblar a los que estaban más cerca, que pegaron vistosos saltos alejándose lo más que podían.

Domingo 22 de Septiembre de 2019

“¿Acaso no está escrito, no lo dice la Biblia?”, exclamó con voz estentórea haciendo temblar a los que estaban más cerca, que pegaron vistosos saltos alejándose lo más que podían. Todavía no se habían enterado que conformaban un triste cementerio de hombres vivos. La barba cerrada del exaltado era de dos o tres días. No más. El pelo ondulado y largo hasta los hombros no exigía peinarlo. Vestía jean, saco cruzado clásico azul y una camisa que había sido blanca. Las zapatillas eran negras y enormes, no menos de talla 48. Curioso, justo il morto che parla. Su rostro era de cualquier edad y el fuego incendiario de sus ojos oscuros concentraba toda la atención. De vez en cuando se golpeteaba la pierna con el diario muy doblado que aferraba con mano crispada no exenta de bronca, acaso odio. Un murmullo creciente provenía de un grupo cerrado de ahorristas alterados, exasperados, enloquecidos y amontonados frente a la casa de cambios de la peatonal y que acabó transformándose en el rugido de una manada de lobos sedientos de sangre. O más bien de endiosados billetes verdes. La cotización no acababa de tocar un cielo infinito golpeando los magros ahorros y bolsillos de pequeños especuladores. Nadie te avisa. De casualidad algún payaso economista desgrana huevadas delirantes por tevé cuya vigencia dura menos que el corte publicitario. Pero lo cierto es que en serio, de verdad, nadie te previene de esto y que la vida no es tan sencilla. El tipo alzó su mano con el diario a modo de espada de héroe de comic. Y gritó: “Ignorantes, creen que el dinero es la felicidad humana en abstracto y en consecuencia, aquel que no es capaz de ser feliz en concreto, pone todo su corazón en el dinero.” Shakespeare, aclaró con una sonrisa rubricada de espuma de saliva que no dejaba duda que había desayunado y almorzado sólo alcohol. A juzgar por el intenso aliento, whisky. Y no del bueno. Tucumano tal vez. De un salto se dirigió a la cueva de ladrones empujando a quien se le cruzara exhortando a los sorprendidos y abatidos esclavos con el cerebro picoteado. “Expulsemos a los mercaderes del templo. Purifiquemos a esta ciudad fenicia condenada a arder con todos nosotros en el infierno. No quiero seguir viviendo en una ciudad de bandidos y especuladores”, bramó con bronca y pena. “El lo hizo. El nos enseñó. El Templo de Herodes no puede volver a sucumbir a la ambición sin límites.” Los diarios dijeron que el hombre sufría de locura momentánea tras haber quedado en la ruina. Lo acusaron de haber encabezado una rebelión que los guardias no pudieron contener. El templo de la avaricia no se reconvirtió en templo de oración. Tampoco ardió, pero se perdieron más de trescientos mil dólares entre los modernos anarquistas y nacionalistas revolucionarios que lo siguieron. El “Loco de los mercaderes”, como lo bautizaron los medios, jamás volverá a pasar frente a otra cueva. Mucho menos pisarla. Una pena: como pronosticó Nietzsche, no hay ningún sustituto para la muerte. Y aún sin ser de partido político alguno, ya estás preparado para recordar algo sobre algo. Aunque merezca ser sepultado en el olvido. Como Rimbaud, todos pasamos por una temporada en el Infierno. Castigo merecido tal vez. Porque todo esto, casualidad no fue. No señor.