06:30 hs - Martes 24 de Marzo de 2026
El 24 de marzo de 1976 marca una de las fracturas más profundas de la historia argentina. No es una fecha más un punto de quiebre que nos obliga, cada año, a revisar de qué fuimos capaces como sociedad y qué límites no pueden volver a cruzarse.
La dictadura implicó la instalación sistemática del terrorismo de Estado. Desapariciones, torturas, apropiación de bebés, persecución política, censura, clausura del Congreso y anulación de la Justicia formaron parte de un mismo engranaje. Se buscó eliminar personas y también desarmar las reglas básicas de la convivencia democrática. Ese pasado duele —y debe doler— porque hay hechos que no admiten relativizaciones.
El 24 de marzo también remite a una decisión colectiva que con el tiempo se volvió fundante: reconstruir la democracia sobre la base del Estado de Derecho. Argentina llevó adelante un proceso que sorprendió al mundo: el juzgamiento de las juntas militares en tribunales civiles. Más que un gesto, fue una definición profunda sobre qué tipo de sociedad queríamos ser. Una sociedad que no responde a la violencia con más violencia, sino con ley, con instituciones y con justicia.
Ese camino exigió liderazgo político, coraje institucional y una convicción ética que vale la pena recordar. Raúl Alfonsín encarnó esa decisión en uno de los momentos más frágiles de nuestra historia reciente, apostando por el fortalecimiento de una democracia que aún estaba en formación.
El Nunca Más expresa ese acuerdo amplio que permitió cerrar una etapa trágica sin negar lo ocurrido ni quedar atrapados en la lógica de la violencia. Es un consenso básico, un punto de partida que sostiene la vida democrática y habilita todas las demás discusiones.
Sin embargo, en los últimos años ese consenso se ha visto tensionado. Cuando la memoria se convierte en herramienta de disputa política, se debilita. Lo mismo ocurre cuando se la trivializa, se la relativiza o se desconoce la gravedad de lo sucedido. Los extremos, aunque se presenten como opuestos, terminan produciendo el mismo efecto: erosionar un acuerdo que fue fundacional para la democracia argentina. La memoria no puede ser una bandera de facción ni un objeto de provocación. Es un patrimonio común, un punto de encuentro incluso en la diferencia, y una responsabilidad en el presente.
La democracia se construye todos los días. Se fortalece cuando hay instituciones que funcionan, cuando hay respeto por la ley, cuando hay capacidad de diálogo y cuando quienes ocupamos responsabilidades públicas entendemos la dimensión de lo que representamos.
Sin democracia no hay libertad posible. Sin democracia no hay derechos garantizados. Sin democracia, no hay proyecto común. Por eso, el 24 de marzo es un recordatorio activo: señala los límites que no pueden volver a cruzarse y nos convoca a cuidar lo que supimos construir después del horror.
La historia es la historia. Y también es lo que hacemos con ella.