La gran huida del cangrejo ermitaño
Lo trajeron de prepo. El estaba en las playas de Cancún, surfeaba olitas, miraba las bikinis desde abajo, le escapaba a las gaviotas voraces, bullangueras, desconsideradas, y la única preocupación que tenía era encontrar algún caracol vacío cómodo, aunque fuera de un ambiente. Tan chiquito y él, un cangrejo ermitaño que no se metía con nadie, estaba condenado a conseguir casa.

Viernes 30 de Diciembre de 2016

Lo trajeron de prepo. El estaba en las playas de Cancún, surfeaba olitas, miraba las bikinis desde abajo, le escapaba a las gaviotas voraces, bullangueras, desconsideradas, y la única preocupación que tenía era encontrar algún caracol vacío cómodo, aunque fuera de un ambiente. Tan chiquito y él, un cangrejo ermitaño que no se metía con nadie, estaba condenado a conseguir casa.

Todavía estará pensando qué lo llevó a meterse dentro de ese caracol tan vistoso. De la nada, la casita fue alzada y metida en un bolso. Allí, el Sol desapareció por varios días. Un chorro de agua dulce lo sacó de su zona de confort. Escuchó grititos de sorpresa, unas manos lo alzaron y varios pares de ojos lo observaron durante largo tiempo. Había sobrevivido a un vuelo a gran altitud, a los valijeros de Ezeiza y a una semana de olvido entre otros caparazones recolectados en la playa de arenas blancas.

Lo pusieron en una caja transparente que llenaron de agua a la que cada tanto le tiraban un polvo que alguien dijo que era comida. Un pibe con cara de travieso y una nena hermosa con lentes (que nunca se sacaba) lo mimaban. Pero eso no era vida. Trepó un caño plástico negro que salía de la caja y justo cuando llegaba al borde lo agarraron como chicharra de un ala. De vuelta al agua. Tras otros intentos fallidos, al fin tuvo suerte. Bajó de la mesita donde estaba la pecera y ganó la libertad. ¡Vamos viejo, que aquí no hay gaviotas!

Le debe de haber ido bien porque nunca más lo encontraron. Nadie se explica cómo se escapó de un piso trece.