La democracia argentina tiene una vida más
El jueves a la noche, el país quedó a milímetros del abismo. Después de algunas señales alentadoras, la política regresa al modo grieta. La polarización afectiva y la pregunta inquietante sobre la violencia política. Las réplicas del terremoto en Rosario y Santa Fe

Domingo 04 de Septiembre de 2022

El jueves a la noche en Recoleta la suerte le dio otra vida a la democracia argentina. Ahora depende de la dirigencia política saber aprovecharla.

Si la pistola que gatilló Fernando Sabag Montiel contra Cristina Fernández de Kirchner hubiera disparado, la Argentina habría descendido a un infierno inimaginable.

Se había armado un cóctel explosivo: un presidente débil como Alberto Fernández, un peronismo alineado de vuelta detrás de Cristina, bases kirchneristas movilizadas por el proceso judicial contra la vicepresidenta, un bloque opositor a la ofensiva y un ajuste en marcha.

Después del shock inicial, la política envió distintos tipos de mensajes. En esas largas tres horas que transcurrieron entre que se viralizó la imagen escalofriante de un arma en la cara de CFK y que Fernández dio su discurso en cadena nacional aparecieron señales alentadoras.

Por ejemplo, la foto del Frente de Todos y Juntos por el Cambio en el Senado. Incluso, el tuit de Mauricio Macri, insospechado de ser tibio con el kirchnerismo, que repudió rápido y sin ambigüedades el ataque a la titular del Senado.

Sin embargo, la política parece encaminarse de vuelta al modo grieta. Los dardos de Fernández contra los medios, la Justicia y la oposición, la exclusión de la oposición de la convocatoria multisectorial del viernes en Casa Rosada y la dureza de Patricia Bullrich y el PRO dificultan que se reedite una imagen como la de Raúl Alfonsín y Antonio Cafiero en medio del levantamiento carapintada de Semana Santa.

Con el capital político licuado, Fernández se entregó a un kirchnerismo que metaboliza la situación de Cristina más en clave 1955 que 1987, y la principal coalición opositora no logró sacar un comunicado conjunto. Cuesta pensar en una democracia fuerte con liderazgos y espacios políticos débiles.

“Alfonsín y Cafiero salvaron la democracia y perdieron las elecciones. La radicalización de nuestros días es tóxica, pero no irracional”, sintetizó en Twitter el politólogo Andrés Malamud.

Es que, una vez instalada, la grieta toma una dinámica propia. Y no sólo resquebraja las confianzas entre los comandantes y los generales: ceba a los soldados rasos de ambos bandos a detonar cualquier puente.

En un marco en el que quien se modera pierde se requieren más que nunca dirigentes que le digan a sus seguidores lo que no quieren oír ni leer En un marco en el que quien se modera pierde se requieren más que nunca dirigentes que le digan a sus seguidores lo que no quieren oír ni leer

Es un problema que plantea esta era de polarización afectiva: los desacuerdos sobre políticas públicas -por ejemplo, los impuestos- mutan en un rechazo abierto entre grupos sociales.

Lejos de ser un rayo en un cielo estrellado, el acto criminal de Sabag Montiel emerge de un caldo de cultivo en el que se mezclan frustración social, redes sociales que crean ghettos y donde el odio es un instrumento cada vez más redituable para ganar seguidores y elecciones.

En este contexto en el que, parece, quien se modera pierde, se requieren más que nunca dirigentes que le digan a sus simpatizantes justamente lo que no quieren escuchar. Por caso, que el rival político es un adversario con aspiraciones legítimas y no un enemigo que hay que excluir del juego político o eliminar.

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Si bien al igual que en Estados Unidos o Brasil son las derechas las que más se deslizan hacia el extremo, el intento de matar a Cristina enciende luces de alerta en todo el arco político. “Este es un acto que parte aguas. Si la política no encuentra reglas de juego vamos a un escenario peor”, alerta un dirigente peronista.

La pregunta inquietante es si la Argentina se mimetiza con otros países de América Latina y suma la violencia política a su larga lista de problemas o, como sucedió después de los ataques a Raúl Alfonsín en 1991 y Carlos Menem en 1995, las diferencias políticas siguen procesándose a través de las instituciones. Muchas veces, con juego fuerte y al filo del reglamento, pero sin derramamiento de sangre.

Opciones

Por lo pronto, el peronismo y Juntos por el Cambio todavía están a tiempo de armar una foto como la que protagonizaron por ejemplo en 2013 los principales actores de la política santafesina cuando balearon la casa del entonces gobernador Antonio Bonfatti.

No fue esa la opción que eligió en estos días Omar Perotti, que después de repudiar el atentado contra Cristina se mostró con su gabinete y reforzó “el pedido de unidad para luchar contra la violencia de todo tipo y naturaleza”.

“Perotti perdió la oportunidad: podría haber convocado a todos los sectores políticos, ponerse al frente y plantear que todos bajemos un cambio”, plantea una figura de la oposición, donde hasta los más duros ensayan una autocrítica y observan con terror los monstruos que alimenta la polarización.

Al igual que en el plano nacional, las postales de unidad tuvieron como sede a los espacios legislativos. Así sucedió en la Legislatura, donde las provocaciones de Amalia Granata en redes sociales le dieron pie al peronismo para plantear la expulsión -hoy improbable- de la ex panelista. “La dictadura dejó como engendro la idea de que la democracia es incompatible con el orden y los premios y castigos. Se fueron corriendo los límites y ya se puede decir cualquier cosa”, deslizan desde el PJ.

También pasó en Rosario, donde Pablo Javkin y sus principales alfiles se sumaron al repudio unánime del Concejo.

A poco más de 48 horas, las derivaciones políticas del ataque a Cristina son difíciles de proyectar.

Sí parece que se reafirmará la centralidad de la dos veces presidenta en el escenario político y que habrá aún menos margen que antes para aventuras electorales fuera de su órbita.

También, como se vio ayer en el Congreso, que aumentarán los ruidos que ya se registraban en Juntos. Mientras en el PRO los halcones seguirán arrinconando a las palomas, los radicales continuarán explorando una opción de centro con Facundo Manes y sostendrán los coqueteos fuera de la alianza con Juan Schiaretti. Después del jueves, el escenario está todavía más abierto.

Lejos de ser un rayo en un cielo estrellado, Sabag Montiel emerge en un caldo de cultivo en que se mezclan frustración social, redes sociales que crean ghettos y odio Lejos de ser un rayo en un cielo estrellado, Sabag Montiel emerge en un caldo de cultivo en que se mezclan frustración social, redes sociales que crean ghettos y odio

En Santa Fe esto se traduce en que probablemente el perottismo archive definitivamente la idea de un santafesismo similar a la experiencia cordobesa y refuerce su alianza con La Cámpora. Y abre un signo de interrogación sobre el frente de frentes, que esta semana parecía encaminado, pese al lanzamiento de la mesa provincial de Juntos por el Cambio.

“Lo que pasó con Cristina pone en cuestión los tiempos electorales. Es tan importante lo que se haga -el programa, las reglas de juego- como el timing. Lo de Recoleta fue un baño de realidad, una trompada de lo que es la sociedad argentina aquí y ahora”, plantean desde el socialismo.

La acumulación de cuestiones sin resolver en todos los niveles -inflación, inseguridad, prestación defectuosa de servicios públicos- erosiona las bases de una democracia con la que muchos no comen, no se curan y no se educan. No es un fenómeno nuevo: según el último informe de Latinobarómetro entre 2013 y 2020 el apoyo a la democracia cayó en la Argentina del 73 al 55 por ciento.