El toro y el picador
Una instantánea de un trance fatídico, el cruce del toro con un picador.

Martes 11 de Abril de 2017

Una instantánea de un trance fatídico, el cruce del toro con un picador. En la litografía de Picasso están los dos en el aire, saltando a un encuentro cargado de tensión; la síntesis de las figuras trasuntan el miedo, la furia ciega, el valor demencial impulsado por una costumbre atávica cuyo desenlace, casi siempre, será tremendo, para uno o para otro.

El toro hará frente a varios picadores de a pie o a caballo, y el duelo final lo mantendrá con el torero. Para ese entonces, las picas le habrán hecho perder sangre y el dolor en los omóplatos trabará algún movimiento. Pero en esa danza compleja, sangrienta también se esconde la cornada letal asestada en un descuido de una milésima de segundo. Y el diestro con el traje de luces volará por el aire mientras se le escapa la vida por oscuro hueco en la ingle, o en el estómago, o en el cuello.

Todo eso permite avizorar esa litografía de manchas enlazadas con tal maestría que poco cuesta agregar a las figuras el telón de fondo de la arena circular y sus gradas repletas de aficionados que siguen con ojo conocedor los lances y los embistes, midiendo la trayectoria de las verónicas y toda la suerte de pases con los que el matador da oportunidades de una revancha al astado a lo largo de una hora y media, por lo menos.

Una y otra vez, a suerte y verdad, hasta el estoque (o la cornada) final.

Así, visto desde las gradas configura un espectáculo colorido, cautivante. Pero en el centro de la arena, los dos protagonistas huelen la sangre del animal, que ve como se agita una capa roja que se quita enloquecida y que huele la tensión, el miedo y el valor del hombre que enfrenta una masa oscura de 500 kilos a la carrera.

Todo eso resumido en dos figuras negras sobre un cartón blanco.