Domingo 02 de Abril de 2017
Quedaron tan lejanos aquellos días en que Armando Repetto daba vida al Reporter Esso. Con precisión y austeridad de palabras el relator exponía los sucesos desde libretos concienzudos, concisos, claros, directos. Eran los tiempos, los '60, en que la estrella era la noticia. No había superposición de palabras con imágenes y lo que sobraba se tiraba. En los '80, el noticiero del servicio internacional de la televisión española comenzó a dictar cátedra sobre cómo debía un cronista debía dar un informe en directo desde el teatro de los acontecimientos, modalidad que los corresponsales de guerra afinaron hasta la perfección.
Pero después sobrevinieron las cadenas de noticias de 24 horas y ya no hubo sorpresa que alcance. Así, le empezaron a agregar música de fondo a las filmaciones de los hechos, o adelantaban con campanillas durante minutos la noticia de la horrible tragedia que había vivido una vedete que se le descosió el vestido en una gala, o la desgarradora pena de amores perdidos de un galancete.
Por estos días, los televidentes se confunden al ver túnicas y albornoces en la representación de un teleatro bíblico y las mismas vestimentas en el noticiero que da cuenta de los combates en Oriente Medio. Parecen que vieran el mismo canal con pantalla partida.
La política nacional reverdeció la costumbre de hablarle (gritarle, tirarle con algo) al televisor. Apenas hace falta esperar que aparezca algún funcionario para que los televidentes exterioricen sin ambages un nutridísimo repertorio de insultos, algunos muy creativos. De la misma manera que le gritan a los malvados del teleteatro. El problema es darse cuenta qué es ficción y qué no, habiendo quedado tan lejana la realidad.