El gato en la moldura
Aunque cargada de dramaticidad, la situación no dejaba de ser graciosa, como tanto más lo fue su desenlace.

Domingo 23 de Abril de 2017

Aunque cargada de dramaticidad, la situación no dejaba de ser graciosa, como tanto más lo fue su desenlace. El gato estaba en la línea inferior de una moldura que completa un rectángulo en todo el frente del primer piso de un edificio de varias plantas en cortada Ricardone al 1300. La línea superior de la moldura de 15 centímetros de lado está a un metro 20 centímetros, y allí terminaban su vuelo de posta algunas torcacitas. Era tarde, ya estaba asomando el sol y los rayos aún dibujaban las siluetas.

El gato estaba a unos cuatro metros de altura y se apoyaba en la saliente que coincidía con la líneas de ventanas del primer piso. Se notaba que era doméstico, el pelaje gris jaspeado brillaba y tenía un collarcito (¿por qué?, no era un perro). Seguía los movimientos de la palomita con una concentración a prueba del devenir cósmico, y, agazapado, tensaba los músculos de las patas según creía, o no, que podía alcanzarla. Con felina agudeza tenía claro que un salto hacia arriba en el mismo plano iba a ser mortal tanto para él como para su presa, de allí la duda que lo carcomía.

Pasaron varios segundos y la torcaza levantó vuelo. Pero casi al instante aterrizó otra en el mismo lugar y el gato reanudó su danza de muerte trunca. La opereta muda siguió unos pocos minutos hasta que en un momento no hubo más palomas en la moldura. Como si se hubiese roto un sortilegio, el gato se paró, giró sobre sí con acrobática plasticidad, estiró sus patas y por fin caminó un par de metros y se metió en un departamento por una ventana. Allí seguro le esperaba una cazuela con comida balanceada y toda una suerte de chiches que sus dueños creen que le hacen fácil la vida.

Pero se les escapa que la emoción de la caza no se puede embotellar.