El despertar de la ciudad
Las luces marcan contornos y algunas sombras se cargan de amenazas hasta que la cercanía las espanta.

Domingo 11 de Diciembre de 2016

Pasa casi de golpe. En un momento dado de la noche los ruidos de la calle empiezan a desaparecer. Se escucha sí el paso de los ómnibus (parece que dejaran a los más destartalados para la noche) pero su frecuencia languidece al extremo. Y entonces sí, el ambiente queda sumido en susurros y zumbidos que se acercan y alejan. Las luces marcan contornos y algunas sombras se cargan de amenazas hasta que la cercanía las espanta. El que va caminando entonces empieza a percibir en forma velada las vidas dentro de las casas. De un edificio se escucha el llanto urgente con el que un bebé expresa hambre, música, retazos de parlamentos inconexos de locutores de radio que se empeñan en acompañar a los insomnes, el más variopinto panorama de la televisión por cable, cada vez más uniforme desde que las series son dobladas y aparece un Kirk Douglas encarnando a un "Espartaco" puertorriqueño.

Pero a eso de las 5.30 empiezan a transitar otra vez los ómnibus, curiosamente más silenciosos, los panaderos empiezan a poner las facturas y los bizcochos en las estanterías de un local con todas las luces encendidas, las ramas de los árboles se agitan al liberarse del peso de las bandadas de pájaros que reanudan su eterna búsqueda de comida, se iluminan las aulas de las escuelas, y en los bares cobran vida platos y pocillos, los mostradores se llenan de medialunas brillantes y la máquina de café, que comienza a calentarse, despide ese olor tan particular que inundará pronto todo el salón.

Poco tiempo después, el fárrago de la gente borrará todas esas señales entrañables.