Arroyo Seco: Palmerita, el veterinario que estudió de grande herrando caballos

El veterinario Federico Palmieri, de 38 años, oriundo de Arroyo Seco, aprendió el oficio de herrador y comenzó la carrera a los 24 años

10:00 hs - Domingo 16 de Agosto de 2026

Palmerita, un todoterreno. El médico veterinario, profesor universitario y herrador Federico Palmieri, quien nació, se crió y vive en Arroyo Seco, estudió la carrera desde los 24 años mientras trabajaba en su oficio de herrador de caballos y ahora sueña con su proyecto de “dictar un curso o armar una escuela de herradores en la Facultad de Veterinaria”, en Casilda.

Un flaquito hiperkinético de 38 años con pinta de jockey

Una charla de dos horas con La Capital en su encantadora casa de Arroyo Seco. Boina negra de vasco, ojos claros, barba rala, pullover y pañuelo azules, camisa celeste, vaquero y botas de goma negras, Federico es un flaquito hiperkinético de 38 años con pinta de jockey, que vive en su bella casa de las afueras del “pueblo” –como llaman aquí sus habitantes a la ciudad de Arroyo Seco–, con su esposa, la comunicadora social María Nottage, y Allegra, la pequeña hija de ambos, que camina muy oronda por todo el living. “Palmerita” –como lo llaman aquí desde la infancia “por Palmieri”– desempeñó en realidad los más vastos oficios terrestres, como escribía Rodolfo Walsh. “Ponía Durlock en los techos , fui baterista en un grupo de música con amigos y fui barman en un boliche, donde se armaba una fila larga porque les tiraba latas de cerveza o les ponía más bebida en el trago a mis amigos”.

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  Nacido el 30 de julio de 1988 en Arroyo Seco, Federico es hijo de la farmacéutica Stella Maris Grassi y del pequeño productor agropecuario Oscar Palmieri.

  –¿Cómo fue tu infancia?

  –Arroyo es una ciudad, pero nosotros seguimos diciendo que es un pueblo.

  –¿Es más pueblo?

  –Sí, porque nos conocemos todos, porque si vos me das una calle yo te digo: «Andate enfrente del negocio de Marta». No te digo la dirección, de los nombres de las calles no tengo ni idea, pero mi infancia fue muy sana, en esa época no teníamos celular, teníamos bicicleta, gomera, jugábamos al 25 con prendas.

  –¿Cómo es el 25?

  –Vos ibas haciendo chiches (jueguitos) con la pelota e ibas sumando puntos, de pechito o de cabeza valía más, y si sumabas 25 el que está en el arco pierde y va a remate a un paredón, donde le pateábamos fuerte. Era muy divertido. Teníamos un baldío enfrente de mi casa, dividido por dos paredones. En una casa vivía una vecina que no quería que jugáramos a la pelota porque dormía la siesta, así que cuando la pelota caía en su techo la pinchaba. Nos mandaba la policía todos los días, hemos llegado a declarar en la comisaría. Jugábamos a la pelota a las dos de la tarde y el vecino de esa casa era malísimo. Cuando se iba la pelota al techo la pinchaba y nunca más aparecía. Y la que aparecía se la llevábamos a un veterano de Malvinas que la arreglaba y la cosía a mano. Era una pelota de cuero que te cortaba la frente. Imaginate yo, que era el más chico del barrio, pesaba 40 kilos mojado.

  –¿Qué otro juego recordás?

  –Los kartings que hacíamos con un cajón de manzanas, dos ejes de madera, rulemanes de metal y dos sogas para manejarlo. Yo era el más chiquitito, así que lo manejaba y me empujaba un amigo de dos metros. Jugábamos competencias con los vecinos y lo que más nos gustaba era correr carreras a la tardecita, cuando bajaba el sol, porque cuando íbamos fuertes y doblábamos saltaban chispas para todos lados.

  –¿Por qué te dicen Palmerita?

  –Siempre me dijeron Palmerita, calculo que por Palmieri.

  –¿Tenés físico de jockey?

  –Sí... El tío de María (su esposa), Jorge Meirele, tiene la veterinaria frente al Hipódromo de San Isidro, es muy conocido en el mundo del turf. Como me encantan los caballos y los animales, tenemos muy buena onda y cada vez que nos vemos me dice: “Te agarraba 10 años antes y te hacía millonario”.

  –¿Hubieras sido un Leguisamo?

  –Claro, porque tenés que hacer un curso, no podés correr así nomás. Siempre me dice eso porque ellos tienen todos caballos ganadores.

"Una vez tumbé un tapial con un caballo"

  –¿De dónde viene tu pasión por los caballos?

  –Antes mis viejos no tenían campo hasta que en la época de Menem estaban baratos, no eran rentables, y cuando yo era chico mi vieja compró uno porque a mi viejo siempre le gustó. Un campito al lado del arroyo Pavón, una cañada, que es un terreno bajo para pastoreo. Antes cualquiera tenía un caballo en el pueblo, lo ataba en la vía y lo hacía pastar a soga. Agarrabas una soga larga, ponías una estaca en el piso y lo ponías a pastar. Estaba lleno. Mi viejo, los vecinos, todos tenían su caballito. Eramos chicos e íbamos a llevarle agua.

  –¿Era un juego para ustedes?

  –Tal cual. Una vez tumbé el tapial de un vecino con el caballo.

  –¿Qué pasó?

  –Era una casa en construcción que tenía un tapial, al lado de una casita de mi viejo donde guardábamos a Catriel, un zaino negro hermoso. Venían una tira de caramelos, yo los compraba y se los daba y el caballo se ponía loco porque el dulce les provoca una espuma blanca. El caballo se me vino encima, me asusté y tumbó el tapial. ¡Un quilombo!

  –¿Cómo fue tu camino hacia la Veterinaria?

  –Fue un camino que se fue dando solo poque como me gustaban tanto los animales empecé a pensar que me gustaría cuidarlos y dedicarme a esto. Hice el secundario en una escuela agrotécnica de Bigand. La 327 Victor Bigand, una escuela muy linda. Era pupilo, iba los lunes y volvía los viernes. Era una casa grande donde vivíamos 50, no sabés lo que era eso. El baño era común, así que nos duchábamos en círculo y nos puteábamos. El más grande era el que tenía los privilegios: la cama más cómoda, la de arriba, donde había menos cuchetas. Fue una muy linda experiencia porque uno aprende mucho a compartir.

  –¿Cómo siguió tu carrera?

  –Después de la escuela tenía muchos que empezaron Ingeniería en Agronomía, pero ninguno eligió Veterinaria. Fui con ellos, estuve un año y medio en Agronomía de la UNR en Zavalla, pero estuve de joda. No estudiaba porque no me gustaba para nada. En los cursillos ponía en el pizarrón: “Esta noche joda en mi casa”. Ponía la direcciión y me caían todos. Un despelote... Así estuve un año. Mis viejos siempre quisieron un profesional en la familia y me ayudaban hasta que dije: “No va más”. Así que dejé y me puse a trabajar de distintas cosas.

  –¿Qué hiciste?

  –Hice de todo. Después estuve laburando en boliches de barman. Mis amigos se mamaban todas las noches con las latas de cerveza que les tiraba. Cada barman tenía su cola: la mía era hasta el campo de enfrente y en las otras no había gente. El boliche se llamaba Mística, iba y volvía en bici. Después hice el curso de Perito clasificador de cereales porque lo daban en Arroyo y me invitaron. Estuve trabajando un poco en control de buques en los puertos con mi amigo, el Lele Maroni. Ahora son regrosos. Cuando me ve me dice: “Palmerita, si hubieras seguido serías el gerente”.

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  –¿Cómo elegiste Veterinaria?

  –En el trabajo de las ferias me volvía loco y ganaba dos mangos. Entonces pensé que tenía que estudiar algo porque cuando tenés familia te cuesta más dejar un trabajo de esos, a lo mejor la pasás mal pero tenés que seguir porque no tenés otra. La familia de mi esposa tenía una granja educativa y habían conseguido una vaca lechera, pero no tenían cómo llevarla. Mi amigo Marcos Villagra, del barrio Güemes, tenía un carrito para llevar caballos que vio mi suegro y le preguntó si se lo prestaba. Como no tenía para tirarlo mi amigo le dijo que me pidiera llevarlo con la chata de mi viejo. Entonces fuimos a buscar la vaca con Marcos, se la llevamos a mi suegro, me preguntó cuánto era, le dije que nada, salió mi suegra y se puso hablar conmigo. Le conté que me gustaban los caballos y que teníamos un campo que nos quedaba medio lejos, así que me ofreció llevar el caballo y me presentó a la hija. La verdad que me interesaba más la hija que el caballo. Así que nos conocimos, la llevé a un evento como promotora para estar juntos y nos enamoramos. Y mi vieja me dijo: “Siempre te gustó Veterinaria. ¿Por qué no arrancás?” La verdad que me daba miedo porque venía de mucho tiempo sin estudiar. Y arranqué.

"En Veterinaria me decían el Viejo"

  –¿En Veterinaria eras el mayor?

  – Sí. Me decían el Viejo. Fue intenso porque si bien mis viejos me iban a ayudar, lo iban a hacer hasta ahí. Yo tenía amigos que estudiaban y trabajaban de noche en un bar. Así que dije: “Me voy a poner a desbazar y a herrar caballos. Desbazar es recortar las uñas. Es un oficio muy importante.

  –¿Cómo herrás un caballo?

  –Es un tema físico. Primero tenés que tener mucho manejo del animal. Después laburás mucho tiempo agachado. Así estás todo el día, hacés mucha fuerza con las piernas y la cintura. Ser flaquito me ayudó porque me metía abajo. Primero se nivela bien el casco del caballo con una tenaza larga, una escofina y las gubias. Primero limpiás todo, cortás el candado de ranilla, que es un tejido tedumentario fibroelástico, y después recortás con la tenaza, le pasás la escofina, lo dejás bien plano y empezás a presentar la herradura. Siempre hay que adaptar la herradura al casco y no a la inversa. Hay que forjar la herradura, si son muy duras se calientan. Ser herrador es un oficio apasionante.

  –¿Cómo aprendiste el oficio?

  –Los que herraban en Rosario habían aprendido el oficio del abuelo o del padre, no había profesionales. Acá no hay escuela de herradores, hay una en Buenos Aires y otra en La Plata, entonces hablé con Jorge Meirelles, el tío de María, y le dije que quería aprender a herrar porque quería hacer algo que esté relacionado con la facultad y que me sirviera para hacer una changuita. Me presentó al número 1 de Buenos Aires, el veterinario Federico Oyuelas. El Flaco es una eminencia, especialista en pie equino, que tenia la Escuela de herradores argentinos, en San Isidro. Me llevaba a todos lados como el protegido de Meirelles. Ahí me llevó a Santa Margarita, la estancia de los Pérez Companc, a la de Narváez, donde tenés que pasar un montón de seguridad antes de llegar al caballo, donde tienen animales con aire acondicionado, detalles como un mueble para guardar la tijera en la farmacia al lado del box del caballo o un candadito con el logo de la estancia grabado.

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  –¿Cuándo clavás la herradura el animal siente dolor?

  –No, porque el clavo entra por un tejido que no tiene sensibilidad. Estudiar Veterinaria te sirve para aprender a herrar.

  –¿Hiciste la carrera trabajando como herrador?

  –Sí, tenía un Clío, entonces cursaba en la facultad a la mañana y a la tarde me iba a herrar, a hacer unas changuitas por la región. Así terminaba destruido. O los hacía el fin de semana porque al principio no me conocían.

"Estudiar Veterinaria es más difícil que herrar un caballo"

  –¿Qué es más difícil: estudiar Veterinaria o herrar un caballo?

  –Estudiar Veterinaria es mucho más difícil. Depende para quién. Para mí porque soy un tipo de calle y de trabajo de campo y me cuesta más sentarme a estudiar ocho horas. Uno generalmente está cansado por el trabajo y ponerte a estudiar es un doble esfuerzo, pero siempre que me propongo algo le pongo todo para salir adelante.

  –¿Qué le dirías a un joven o una joven que quiera estudiar Veterinaria?

  –Que se anime porque si es tu sueño nunca se es grande para hacer algo a lo que te vas a dedicar el resto de tu vida.

  –¿El oficio de herrador te abrió las puertas como veterinario?

  – Sí, porque conocí a mucha gente muy piola como el de los quesos Canut, en Roldán, que fue uno de los clientes que dejé como herrador porque ya no doy más de la cintura. El herraje también me abrió las puertas de la cátedra de Clínica Médica y Quirúrgica de Grandes Animales, de sexto año, donde tengo un amigo, Marito Taboada, que me invitó a sumarme como concurrente, que es un trabajo ad honorem, donde estuve un año y me ofrecieron quedarme como ayudante de primera. Económicamente no te sirve, pero está bueno y estoy de profe ahí. Ahora hicimos un convenio para hacer más prácticas porque salíamos muy pelados de práctica. Hicimos un convenio con una empresa de engorde de Arroyo Seco y llevamos a los alumnos que se anoten para hacer prácticas.

  –¿Cómo es tu trabajo actual?

  –Estoy muy agradecido a la empresa de un pueblito, de Pavón Arriba, que me dio trabajo como veterinario hace un año. Es un feet lot de unos 20 años, cuando los feet lot son casi todos nuevos. Es un laburo que me encanta. Llego y voy a caballo con dos paisanos con los lazos detectando enfermos entre los animales que hay en muchos corrales. Entonces les digo que a ese hay que curarlo porque tiene neumonia. Los gauchos te esperan con el mate y el caballo ensillado. Lo disfruto mucho. Después paramos a tomar mate con todo el grupo de caballo. Siempre valoro el grupo humano. Si voy a un campo y la paso mal no me interesa el trabajo.

 –¿Con qué soñás?

  –Estoy con el proyecto de hacer una Escuela de Herradores en Veterinaria. Lo iba a hacer acá, pero hice el proyecto y se lo di a mi amigo y les encantó. Es importantísimo tener una facultad gratuita, así devolvemos un poquito de lo que recibimos con este oficio que tiene mucha salida laboral.