“Éramos una familia que fabricaba el diario y que también lo vendía. Fuimos el clan Capacio porque éramos 12 que trabajábamos en el diario”. Lo cuenta el mecánico de linotipos Hugo Capacio, de 83 años, quien mantiene las máquinas del Museo del Diario La Capital desde su fundación, en 2003, tras haber trabajado 44 años como gráfico en el Decano.
“Yo tenía el kiosco de diarios en Entre Ríos y San Lorenzo, donde está (la fábrica de sandwiches) Monreal, donde empecé a trabajar a los 13 o 14 años, y enfrente (por San Lorenzo hacia Mitre) estaban los diarios Rosario y Democracia, de la cadena Lea, dos diarios que después hicimos andar para sacar el diario Hoy”, recuerda Hugo una parte de la historia de los diarios rosarinos.
Nacido el 31 de julio de 1943 en una casa de la avenida San Martín al 3000, en el límite oeste del barrio Tablada, Hugo es hijo del ama de casa Rosario Inés Sánchez y del trabajador gráfico José Capacio, quien trabajó 47 años en La Capital. “Nací en la cuadra de la Panadería Santa Fe, enfrente del Club Calzada. Aunque muchos no me creen, jugué muchos años al básquet para el Club Calzada. Incluso en las famosas finales con Rosario Central. Yo fui un muchacho, un pibe que más de una vez tuve que ir corriendo porque no tenía ni para el tranvía. Y más de una vez tenía que jugar con las zapatillas bollero y taparlas porque no había plata. Entonces había que pagar todo. ¡Los trofeos que ganamos!. Y ahora fui al club, y a las fotos y a los trofeos los han tirado a todos. Entonces, ¿vale la pena el sacrificio que uno hizo?”.
Consultado sobre la vida en Tablada en los 50 y 60 Hugo recuerda que “entonces el (Club) Social (Zona Sur) hacía en la calle carreras de bicicletas y de motos. Todos los aniversarios venían los pibes del Hogar del Huérfano y les daban el café con leche” a una cuadra de donde vive Carlitos Ismael, un vecino del barrio de 90 años que contaba a La Capital algunas anécdotas de antaño, como cuando gritaban “¡Con toco!” y le arrebataban la bolsa de facturas que un amigo de la barra traía de la panadería Santa Fe. “A Carlitos lo conozco. Imaginate que en ese entonces más de una vez íbamos presos —es una forma de decir, claro— porque nos llevaban a la estación de trenes de Gendarmería y ahí nos largaban porque entonces venían en el tren las frutas a granel. Ahí estaba la estación de trenes, íbamos y nos metíamos. No robábamos sino que recogíamos la fruta que se caía. Y venía la policía, como no se podía sacar fruta del tren te agarraba y te llevaba en el camión” confía Capacio.
Hugo fue a la Escuela Dorrego, de San Martín y Amenábar, donde cursó hasta quinto grado y luego comenzó a trabajar como canillita en el kiosco de Entre Ríos y San Lorenzo. “Aprendí el oficio de mecánico de linotipos con quinto grado, y trabajé como maestro en el Colegio San José durante 18 años”
Su padre, José Capacio, era mecánico de linotipos y Hugo aprendió el oficio de pibe. “Tenía 13 años cuando entré acá en el 57. Yo no sé si fui vivo o inteligente, pero cuando entré acá me di cuenta de que este era un gran trabajo porque no tenía nada que ver con lo que es hoy. Pensé: «Tengo que aprender bien este oficio porque podría ser mi futuro y puedo llegar a ser jefe joven». Porque antes se respetaba mucho la antigüedad. Cuando entré acá no podía trabajar porque esto era insalubre, por el plomo”.
El clan Capacio
De pibe, José Capacio era cadete de una verdulería y le llevaba a los pedidos a María Angélica Lagos, la esposa de uno de los dueños del diario. “Mi papá era muy amigo de la señora Lagos, que era una de las dueñas. Ella hacía el pedido y él se lo llevaba con la canastita. Entonces mi papá le pidió si lo podía hacer entrar en el diario y la mujer aceptó y lo hizo entrar. Ahí empezó el clan gráfico, el clan Capacio, porque éramos como 12 de la familia. Algunos eran gráficos hermanos de mi papá, otros eran carpinteros, otros trabajaban en expedición. Antes se respetaban mucho la familia, había primos y sobrinos. Pasaba lo mismo con la familia Ferrari, que eran un montón”.
Otro mundo por donde se lo mire, los linotipistas —trabajadores cultos, muchos de ellos inmigrantes con una sólida formación literaria— eran el corazón del taller gráfico. “Era cuestión que uno se levantara porque no le gustaba algo y todos se levantaban. Podían estar todos peleados, pero cuando había un problema eran todos uno. Eran muy unidos. Era muy difícil meterse con el linotipista. Un día pasó el jefe de Personal por el taller y no les gustó a los linotipistas. Al día siguiente volvió a pasar, entonces todos se pararon, dejaron de trabajar y llamaron a su jefe y le dijeron: «Si ese señor vuelve a pasar por el taller no vamos a trabajar hasta que se vaya». Y el jefe de Personal no volvió a pisar el taller”.
“La linotipo era un paraíso porque era todo joda. Ellos eran tipos muy cultos y tenían una gran habilidad para tipear muy rápido, hasta jugaban carreras a ver quién tipeaba a mayor velocidad” rememora Capacio. Los gráficos vivían en su mundo. “En Carnaval jugábamos a tirarnos globos inflados con leche de la lechera —una máquina colocada obligatoriamente porque entonces se creía erróneamente que la leche mitigaba los efectos nocivos del plomo— hasta que un día cayó un globo encima del plomo caliente, hizo una explosión bárbara” rememora Hugo como si fuera la travesura de un niño.
Una broma típica de los gráficos era cargarlo al Gallego Valfré desde el día que apareció con un grano enorme en la cara. “Nos juntábamos todos los feriados patrios y desfilábamos por «Belgrano». No sabés cómo nos puteaba el Gallego”.
Capacio participó de la historia gráfica rosarina, donde trabajó en varios diarios de la época y hasta en otros del interior. “Con las máquinas de Crónica y Tribuna armaron el Diario Hoy, y cuando se cerró el Diario Hoy vendieron las máquinas y armaron el Diario Época, de Corrientes. Después a esas máquinas las traje a Rosario y armamos el Diario El País en la Noticia, en Alem entre Riobamba y La Paz”.
Los canillitas son una gran parte de la historia de los diarios rosarinos. “Cuando teníamos el kiosco de diarios con mi papá vendíamos 247 Capitales. Mi hermano menor, José Emilio Capacio, hace 50 años que es canillita en la puerta de El Cairo”.
Cuando La Capital se imprimía en las máquinas del viejo edificio de Sarmiento 763, las pareces temblaban cuando arrancaba la rotativa. “No sé si era tan así, pero se sentía cuando arrancaba. En el taller no se podía hablar. Era tanto el ruido que todo se manejaba con el sonido de un fierrito. De acuerdo a los golpes era si le tenían que dar más o menos velocidad porque no podían hablar”.
La extensa huelga de los trabajadores gráficos de La Capital –de un mes durante la dictadura– marcó el preludio del fin de la impresión en caliente y su reemplazo por el sistema de impresión en frío y la decadencia del otrora poderoso sindicato gráfico. “La fuerza eran los linotipistas. Eran muy preparados y además no había. Si hoy en el diario echan a todos y dicen: «Necesitamos gente que sepa manejar la computadora” ¿Cuántos aparecen? Aparecen un montón. En el diario había 56 linotipistas. Si los echaban a los 56. ¿Cuántos creés que podían aparecer? No había linotipistas. Ellos no sólo debían saber tipear al tacto sino que además debían escribir las palabras al revés para que la máquina las imprimiera al derecho”, advierte. Y ante la pregunta por el diario de antaño, revela que “en el 57, cuando entré, en el taller éramos cerca de 200 personas y en el diario éramos como 600 en total. El diario tiraba 120 mil ejemplares los domingos. Era muy importante en esa época, todo el mundo ponía un aviso”.
Interrogado sobre la costumbre de leer el díario en un café, Capacio advierte que “el problema no es que la tecnología mató al diario sino económico: hoy necesitás 90 mil pesos para comprar el diario todos los días. No es que la gente no lo lea porque vas a un bar y la gente está desesperada buscando el diario. Ahora está de moda que tomás un cafecito y aprovechás a leer el diario. En la época nuestra había que sumar el colectivo, el diario y el café. ¿Cuánto te sale ahora?”.
Desde 2003, cuando comenzó a funcionar el Museo Diario La Capital a partir de una idea del extinto jefe del Archivo Nicolita Yuvone, Capacio mantiene las rotativas y las linotipo. “No hace mucho tiempo, entré acá un sábado y no te digo que lloré, pero casi se me pianta un lagrimón porque estaba solo. El diario no paraba nunca, trabajaba las 24 horas. Vos venías un sábado y esto era una romería”, remata.