Jueves 31 de Diciembre de 2015
El Mangrullo debe ser el barrio de Rosario que más recuerda el carácter litoraleño escondido de la ciudad. Allí confluyen tres cursos de agua: el Paraná, el Saladillo y el Brazo Seco. Sobre los dos últimos viven unas 30 familias que por estas horas, ante la incesante subida del río, se debaten entre la posibilidad de evacuarse o de permanecer resistiendo la crecida. Gente conocedora del agua, tienen más temor a perder lo poco que poseen a manos de ladrones que a una nueva inundación. Aun así, cada hogar está siendo monitoreado y cuenta con la asistencia del comité de operaciones de emergencia, integrado por una buena cantidad de áreas del municipio, que ayer desembarcó en el vecindario para recorrer a pie los sectores más vulnerables. En algunos márgenes, incluso, ya se empezaron a armar defensas para retardar el avance del agua, ubicada ayer a apenas 34 centímetros del nivel de evacuación.
La altura del río frente a Rosario ayer llegó a 4,96 metros, casi al nivel de alerta, de 5 metros. Pero para enero, ya se sabe, superará largamente la marca prevista para evacuar: 5,30.
Ante ese panorama, meticulosamente monitoreado, más de cien agentes de distintas secretarías municipales recorrieron el único barrio de Rosario que en forma inexorable enfrentará problemas por la altura del río. Hay otros sectores urbanos que también podrían terminar inundados, pero sólo por lluvias extraordinarias.
"Eso haría que los arroyos (como el Ludueña o los canales Salvat e Ibarlucea), al tener el Paraná tan alto, no puedan drenar rápidamente y así se puedan generar anegamientos por desborde en otros lugares de la ciudad, como el norte y noroeste", explicó ayer el subdirector de Defensa Civil, Gonzalo Ratner, virtualmente al frente del operativo en El Mangrullo.
Todo bajo control. El centro de salud, sobre la propia cortada que da nombre al barrio, funciona ahora, además, como punto de referencia al que por protocolo deberán acudir los vecinos que requieran información o asistencia directa ante un eventual desborde del río, del arroyo o del brazo muerto del Saladillo.
En las costas se hamacaban ayer coloridas canoas de pesca y chinchorros, cuyos dueños habitan —en su mayoría— ranchitos construidos en las orillas. Los sauces vencidos sobre el agua y los carteles escritos a mano con leyendas como "carnada", "hay lombrí", "mojarrero" o "tripa" reafirman que se está en un barrio de pescadores.
De todas las familias que viven en él, hay unas 30 que por haber levantado sus casas a la vera del agua prácticamente ya la tienen en el patio. O como se quiera llamar al pedazo de tierra o material donde se ponen las sillas para tomar aire, por el que pasean gallinas, perros y gatos, donde a veces se cocina o se limpia el pescado, el mismo lugar donde se lava y se tiende la ropa.
Desde ahí cada familia toma alguna referencia para mensurar cómo va creciendo el río —un tronco, un poste, a veces los mismos árboles— y su percepción va determinando el momento de instalar defensas con arena, escombro o lo que haya a mano.
Esos hogares, con una "cultura muy identificada con el río", dice Ratner, fueron visitados ayer por unos cien funcionarios y empleados municipales de Defensa Civil, Hidráulica, Higiene Urbana, Salud Pública, Desarrollo Social, Control de Vectores, Servicio Público de la Vivienda, Dirección de Cooperativas y el propio Distrito Sur.
Aunque desde el municipio ya se les ofrece ayuda para evacuarse (movilidad para poner a resguardo bienes familiares y lugares cercanos donde hospedarse hasta que el agua baje), hay quienes han vivido otras inundaciones y decidieron que en esta no se irán.
En primera persona. "¿Irme para volver después como si fuéramos gitanos? No, yo me quedo a cuidar las pocas comodidades de mi ranchito", dice Marta Vanegas (64), acompañada por su marido, Carlos Alcará, quien padece secuelas de un ACV, y su nieto Pablo. Precaria, la vivienda posee un asombroso segundo piso de madera donde los tres resistirán la inundación sin dejar sus cosas.
A pocos metros de esa casa se levanta lo que quedó de la de Alejandra Silva (39), luego de que en agosto pasado la corriente arrasara con la otra mitad. Sobre la costa, para afirmar lo que permaneció en pie, la Municipalidad ha vertido camionadas de tierra.
"Pero el problema es que deberían venir cuando el río está bajo para hacer una valla de contención, porque a esta tierra suelta se la va a llevar la primera correntada, así no sirve de nada", razona preocupada la mujer, abuela ya de cuatro nietos chiquitos.
Tampoco los Silva dejarán lo poco que queda en su vivienda de material. "Acá está nuestra herramienta de trabajo, que es la canoa, y además ya sabemos que si nos vamos nos roban la mitad de lo que dejamos", cuenta. Como prueba, evoca que tras el derrumbe de su casa, lo que los vecinos le fueron ayudando a rescatar desapareció rápidamente en manos de gente que llegó de "otros barrios, haciendo como que también ayudaban".
En cambio, la familia de Héctor Palavecino (54), ex pescador y actual nochero de una guardería náutica, ya tiene todo embalado.
Ratner, en tanto, sabe que si llega el agua habrá que lidiar con otros riesgos, como la leptospirosis. Pero es cosa del día a día.
Panorama a nivel provincial
En cuanto al panorama en toda la provincia, el ministro de Gobierno de Santa Fe, Pablo Farías, adelantó que el río Paraná seguirá creciendo en los próximos siete días, aunque aclaró que la emergencia en territorio santafesino “está controlada”. Ayer se registraron 871 evacuados por la crecida de las aguas, entre la capital provincial y departamentos del norte (ver sección La Región).