La otra Dolly: tres nuevos casos de una partera de barrio Parque que escapa de la Justicia

Ana, Paola y Romina están detrás de sus orígenes, arrebatados por la obstetra Olga, que está por cumplir 90 años y se desempeñó en dos sanatorios de la ciudad y en varios hospitales de Rosario y la región

18:56 hs - Viernes 02 de Octubre de 2026

El caso de la partera Dolly Viale de Garrido, del hospital Roque Sáenz Peña, destapó las más atroces historias de una Rosario que estaba callada y que no tenía sólo a Dolly como macabra protagonista: la exposición de esta mujer llevó a conocer otras redes de apropiación y venta de bebes. Entre la zona centro y el barrio Parque se movía Olga, quien está cerca de cumplir 90 años y se escapa de las autoridades.

Ana lo sabía desde pequeña, a Paola le contaron de golpe y Romina se enteró siendo adulta. Con 45 años, Ana recorrió oficinas durante décadas, Paola, de 50 años, hizo lo mismo y Romina a los 44 años está enfrentando por primera vez la burocracia. Ana siempre supo que sus padres eran del corazón, Paola nunca dudó y Romina, aunque lo dudaba, esperó años para que le confirmen que no era hija de su papá ni de su mamá. El camino de las tres se une en la incógnita por sus orígenes, de cómo llegaron a sus familias, de justicia. Ana, Paola y Romina van en búsqueda de su identidad, arrebatada por Olga.

La televisión mostraba a las víctimas de Dolly, una partera de la zona sur de Rosario que recibió al menos ocho denuncias por supresión de identidad. Romina veía el caso y se sentía identificada. Intercambió mensajes con Ana y apostaron por dar a conocer sus historias. Paola quiere lo mismo. Las mujeres quieren dar a conocer sus casos ya que además de enfrentar a la Justicia, enfrentan al paso del tiempo: Olga, la partera a la que acusan, ronda los 90 años y “cuánto tiempo más vamos a tener para conseguir justicia”, repiten las dos ante La Capital.

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Por otro lado, Ana, Paola y Romina exponen sus historias e instan: “Si alguien ve en su partida el nombre de Olga Artale de Silva u Olga A. de Silva y duda de su identidad, pueden contactarnos”.

Ana, Paola y Romina

Ana, Paola y Romina intercambian sus historias. Cada una por su lado, pero con un punto en común: la partida de nacimiento de ambas estaba firmada por Olga Artale de Silva. Las tres llegaron a los brazos de sus padres sin estar provistas de ropa, con el cordón umbilical y con un magro estado de salud. Fue en invierno. Las familias abrazaron a sus hijas y las acobijaron. De todas formas, algo retumbaba. Ellas no fueron adoptadas, fueron apropiadas.

La historia de Ana, Paola y Romina llegó hasta los juzgados federales de Rosario. Luego de declaraciones de familiares, amigos y las propias, resultados de ADN negativos y más pruebas, el Juzgado Federal Nº3 de Rosario procesó el 3 de agosto de 2026 a Olga Concepción Artale de Silva por alteración y supresión de la identidad, haciendo incierta su verdadera identidad biológica.

Según la notificación de la fiscalía a cargo de Hernán Flores a la que pudo acceder La Capital, Artale de Silva firmó partidas de nacimientos apócrifas, algo que está penado por el artículo 292 y 293 del Código Penal, y cometió el delito de alteración y supresión de identidad de menores de 10 años, que está encuadrado en el artículo 139 del Código Penal. Por otro lado, la fiscalía aseguró que el accionar de Artale de Silva no se trató de un descuido administrativo, ya que utilizó documentos públicos “para dotar de apariencia de legalidad a una filiación falsa”. Y a pesar de haber procesado a la partera, dispusieron que siga en libertad.

Ana y un largo camino

Ana Carolina Alzugaray recordó sus primeros años en Maciel y aseguró que sus padres dijeron siempre que “eran del corazón”. Lo naturalizó hasta la adolescencia y los cuestionamientos de una etapa de cambios la llevaron a cuestionar sus orígenes, sin dejar su núcleo familiar, al cual aún recuerda con emoción y cariño. “Muchos casos sienten que son ingratos con sus padres”, remarcó Ana a La Capital.

Ella no lo vivió así. Buscaba y busca saber cómo llegó a los brazos de José Alzugaray y Clorinda Ceresole, sus padres de crianza, los del corazón, según la partida de nacimiento firmada el 11 de junio de 1981. La familia de Ana lo dijo desde el primer momento y hasta consultaron a profesionales de la salud cuál era el mejor camino. Desde hace más de 20 años está detrás de la búsqueda de su identidad, suprimida por una partera y un incontable número de secuaces. Recorrió silenciosas oficinas estatales en cada rincón de Rosario. Su ADN tampoco estaba en la base de datos nacionales de Abuelas de Plaza de Mayo y se esperanza con saber que son registros que se actualizan constantemente.

Sus padres de crianza, José y Clorinda buscaban adoptar un hijo y se cruzaron con Susana Artale, hermana de Olga, que era intermediaria entre mujeres embarazadas y personas que quisieran “adoptarlos”. El 11 de junio de 1981, la pareja fue convocada a Richieri 2030, en Barrio Parque de Rosario, y sorprendidos recibieron una beba, que resultó ser Ana. “Me contaron que me entregaron desnuda y pesaba 1,6 kilo”, declaró ante la Justicia.

Tiempo más tarde, José llamó a Olga para preguntar por los orígenes de los progenitores de Ana y la partera cortó. Ana comenzó a preguntar y su círculo íntimo no tenía respuestas. Un último llamado a Olga hace más de diez años fue el último arrebato de José, con quién tenía una relación “divina”. En su última esperanza decidió publicar su historia en Facebook.

Ella tuvo que habilitar la exhumación de los cuerpos de sus padres para poder tomar la prueba de ADN que confirmó que fue apropiada, lo que demoró su denuncia unos seis meses.

Paola y una duda eterna

Paola Andrea Gianmaría tiene 50 años y según su DNI, la fecha de nacimiento es 31 de julio de 1976, pero ella festeja su cumpleaños el 8 de agosto “porque ese día llegué a mi familia”.

Paola era vendedora y tenía una vida normal en septiembre de 2001. La televisión mostraba una y otra vez el impacto de dos aviones sobre las torres gemelas de Estados Unidos y la conmoción del mundo. La mujer llegó a la casa de su madre y le comentó que había hecho una buena venta a un abuelo que celebraba la llegada de tres nietas adoptivas. “Claro, igual que vos”, le dijo la madre sin pensarlo demasiado. El cimbronazo fue total para Paola. “Papá traía cosas y un día te trajo a vos”, agregó. Paola quedó atónita.

Hasta ese entonces, no dudó de su identidad pero reconoció que se sentía extraña. No podía abrir placares, ni puertas, sin permiso. No tenía acceso a fotos y mucho menos a documentos de su infancia. En su casa de barrio Alberdi, era ella sola y sus padres. Con la noticia fresca comenzó a buscar respuestas.

En Abuelas de Plaza de Mayo le dijeron que su ADN no era compatible con la base de datos. Su abuela paterna le ofreció la mayor cantidad de datos: llegó el 8 de agosto, fue a la noche, la fueron a buscar a la zona del bajo en Rosario y había costado “lo que un departamento vale”. Pidió la partida de nacimiento en el registro civil y leyó: “Olga Artale de Silva”. En ese momento no fue importante.

La infancia de Paola estuvo rodeada de la época. Su familia administraba agencias de loterías, que cuando cerraban sus puertas, abrían la posibilidad para aquellos apostadores que se lanzaban al juego clandestino: “Tengo recuerdos de ver las botas de policías o militares en la agencia. Iban a jugar al póker. Mi bautismo fue en el Círculo de la Marina y solíamos ir a pescar a la Fábrica Militar de Fray Luis Beltrán. Mi familia iba a las fiestas de la Fábrica de Armas en la zona sur”.

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A mediados de 2024, Paola decidió contar su historia como un arrebato para llegar a más personas, buscando un dato que la acerque a sus orígenes y a su nacimiento. Dos años más tarde, se enteró que Olga Artale estaba detrás de su apropiación: “Quiero que salga a la luz. Hay gente que ni siquiera sabe lo que pasó en su vida. Solo los que nos arrebataron la identidad sabemos lo que es pasar por eso. Uno busca su rostro en otros porque yo no me parezco a nadie de mi familia y a mí el médico me pregunta antecedentes familiares y no puedo responder”.

Romina ya lo intuía

Romina Elisabet Lobos nunca se sintió cómoda en su familia. Se sentía distinta. Aunque le daba importancia, nunca imaginó el desenlace. Recién a los 30 años comenzó a cuestionarse su identidad. Algo daba vueltas en su cabeza, pero no fue hasta los 37 que parte de su familia de crianza se lo contó en una reunión orquestada para esa revelación.

Entre sus primeros cuestionamientos, mencionó la falta de fotos de su madre embarazada. Romina preguntó, pero su madre de crianza, Esther Candusso, se lo negaba y su padre de crianza, José Lobos, ya había fallecido como para responder preguntas.

Parte de su familia la convocó en mayo de 2022 y le contó toda la verdad. Para esa época, Candusso ya había sido diagnósticada con demencia y permanecía en un geriátrico. Las primas le confesaron a Romina que siempre lo supieron, pero que era un tema cerrado en el núcleo familiar, que años antes intentaron que Esther se lo dijera pero la mujer se negaba rotundamente y hasta amenazó con autolesionarse si Romina se enteraba.

Romina tomó la noticia con destacable entereza y cuando llegó a su casa comenzó a averiguar. Llamó de inmediato a su mejor amiga María Eugenia, que también sabía, y juntas a través del teléfono comenzaron a investigar. Fue María Eugenia que encontró la publicación de Facebook de Ana.

Romina no dudó en contactarla y coordinaron para encontrarse. En poco tiempo entendieron que habían atravesado por la misma situación y desde hace cuatro años comenzaron el sinuoso camino de la Justicia.

Por la misma red social, Romina leyó la historia de Paola, que contó en Facebook en 2024, y cuando encontró el nombre de Olga Artale de Silva la contactó de inmediato.

Romina confirmó que no era hija de sus padres el día que falleció Candusso. Horas antes de que entierren el cuerpo de su mamá de crianza, tuvo que permitir la extracción de sangre y la prueba de ADN. Ella sabía que era negativo, pero la Justicia lo solicitaba.

Olga, la partera

La Capital accedió a los registros de actividad de Olga Artale. Tiene registros en los sanatorios Plaza y Rosendo García, además de varios nosocomios públicos: de 1973 al 1976 en el hospital Provincial, de 1992 al 2001 en el Samco de San Lorenzo, de 1994 a 2001 en el hospital de Cañada de Gómez, y desde 2002 hasta su jubilación en 2011, lo hizo en el hospital de Casilda.

Lo curioso es el agujero negro que se produce entre 1976 y 1992, ya que según Anses presentó aportes entre julio de 1978 y mayo de 1991 en Ospim, la obra social de la industria maderera en San Nicolás. Sin embargo, tanto la obra social como el Colegio de Médicos de Buenos Aires niegan actividad alguna entre sus registros de aquella época. En 1981 entregó a Ana y en 1982 a Romina. Y en 1976 a Paola, que hoy reside en Córdoba. Existe un cuarto caso, aún más incipiente y en estudio.

Olga nunca reconoció sus actos. Los padres de Ana la contactaron y no respondió. Hace diez años, su hermana Susana dijo que Olga padecía de demencia. De todas formas, la Justicia la llamó a declarar y desconoció todo. Con la denuncia sobre sus espaldas, presentó en 2025 un recurso para declararse inimputable. Un certificado médico explicaba que Olga se había golpeado la cabeza y se había olvidado de todo, además de presentar signos de demencia.

Ni a las víctimas ni a la abogada que las representa, Julia Giordana, le avisaron que la habían declarado insana. Romina y Ana lucharon por dar vuelta esa prueba médica y lo lograron, por eso la Justicia llegó a procesarla.

De todas formas, la partera ya jubilada no pudo ser notificada por los delitos que se la acusa ya que no respondía a los llamados de los funcionarios judiciales que la visitaban en su casa del centro de Rosario. Hasta llegó a mudarse para no enfrentar las consecuencias.

El próximo paso de Giordana es pedir la detención de la mujer, que pisa los 90 años. Y aunque sea domiciliaria, permitirá que Olga enfrente a la Justicia y responda por los casos de supresión de identidad por primera vez en su vida.