El caso en inferiores abre un debate profundo. Cómo cierta cultura futbolera moldea vínculos, jerarquías y formas de violencia desde la infancia. La mirada de una especialista
16:20 hs - Jueves 23 de Abril de 2026
La denuncia anónima de un grupo de padres por abuso, agresiones y hostigamiento entre chicos de 12 y 13 años de las inferiores de Rosario Central conmociona a la ciudad y también al país. Lejos de focalizarse en los colores del club, expone un problema mucho más profundo y abre una pregunta incómoda: ¿qué están aprendiendo los chicos cuando entran a una cancha?
El fútbol argentino naturaliza históricamente una iconografía de la violencia. Cuando una hinchada, sea cual sea, despliega muñecas inflables, banderas con alusiones a la violación del rival o cánticos misóginos, no está solo "bromeando", está impartiendo lo que la antropóloga Rita Segato denomina "pedagogía de la crueldad".
Entre otras cosas, esta pedagogía enseña a los niños que están en las inferiores una lección básica para su supervivencia social. Para ser, hay que dominar. Para un chico de apenas 12 años, la aprobación no viene solo del técnico de su categoría, sino de la "cofradía" de pares. En ese esquema, los expertos subrayan que el abuso entre menores no busca el placer sexual, sino la exhibición de poder.
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Consultada sobre este fenómeno, Florencia Rovetto, del Centro de Investigaciones Feministas y Estudios de Género (CIFEG) de la UNR y Conicet, explica que el deporte es un escenario "virtuoso" para la demostración de una masculinidad hegemónica que debe ser fuerte, competitiva y heterosexual. "Denigrar al otro con discriminaciones basadas en su género, en su sexualidad o en sus cuerpos es parte de fomentar esa voluntad de dominio o de inferiorizar al rival", señala la especialista.
Además, el sistema se retroalimenta por el silencio. El menor violentado sabe que denunciar es "romper los códigos", algo sagrado en el fútbol. En ese código, la víctima es doblemente castigada: por un lado por el abuso sufrido y por el otro por la supuesta "debilidad" de no haberlo soportado o resuelto "como un hombre".
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Un aprendizaje temprano
La violencia que estalla en los vestuarios no nace de un vacío, sino un aprendizaje que se instala desde la infancia. "Si en un partido de fútbol donde están jugando niñeces, los propios padres o madres estimulan el 'rompelo todo' o 'pasalo por encima', es un aprendizaje violento que se instala desde muy temprana edad", advierte la investigadora. Según plantea, es sumamente difícil erradicar estas conductas cuando ya están "pregnadas" en la cultura deportiva en la que el niño se formó.
La competencia, aclara, debería estar ligada al rendimiento y a las reglas, no a la denigración física o al uso de estereotipos homofóbicos. "No se deja de ser competitivo si no se denigra al otro", sentencia.
El conflicto actual también encuentra un catalizador en las redes sociales y grupos de WhatsApp, donde el hostigamiento se vuelve constante y deslocalizado. "Lo que sucede en la virtualidad tiene impactos concretos en la vida material", explica Rovetto. El clima de tolerancia a las violencias discursivas genera un daño subjetivo que, en muchos casos, termina alejando a las víctimas del deporte por miedo o maltrato.
Además, el deporte, y el fútbol en particular, funciona históricamente como una escuela para la socialización temprana en materia de género. "Aprendemos desde temprano qué deportes pueden practicar varones y cuáles mujeres, pero también cómo deben practicarlos. Las consecuencias son maltratos que salen de la cancha y se manifiestan en todos los ámbitos de la vida", recuerda.
El retroceso de las políticas de prevención
El análisis de lo ocurrido en los clubes de la ciudad no puede escindirse del contexto. La especialista de la UNR alerta sobre el impacto del desfinanciamiento de las políticas de género y el recorte en la Educación Sexual Integral (ESI). "La retracción de todo lo que se avanzó en materia de capacitación tiene como resultado estos acontecimientos que, aunque no siempre lleguen a los medios, están calando muy fuerte en las nuevas generaciones", subraya.
El fútbol sigue siendo un ámbito que resiste las transformaciones. Si históricamente funcionó como una "escuela de socialización temprana", hoy esa escuela falla muchas veces en su deber de cuidado. Mientras la simbología de la tribuna siga celebrando la cosificación y la vejación, el vestuario seguirá siendo el escenario donde los más chicos intentan, a veces con una crueldad devastadora, cumplir con el guión que los adultos les escribieron.