Alejandro Caprioglio habló sobre su abuelo con La Capital como un ciudadano ilustre y remarcó el ingenio y la creatividad de quien proyectó el ícono máximo de Rosario
10:00 hs - Domingo 21 de Junio de 2026
Sus descendientes lo evocan como un ciudadano ilustre y se asumen herederos de la pasión, el ingenio y la creatividad del hombre que dejó su impronta en el monumento más importante del país dedicado a la bandera. Ángel Guido y el siglo XX nacieron casi juntos y compartieron los momentos más fuertes de la primera mitad de ese período. Ingeniero, arquitecto, urbanista y poeta; en ese vaivén de incumbencias hay que ubicar una personalidad inquieta y sutil como su seudónimo Onir Asor (rosarino) con el que publica la novela La ciudad del Puerto Petrificado, sobre la urbe donde nació y vivió hasta la década de 1950. “Sí, ilustre, así lo llamaba mi tía Beatriz Guido”, dice a La Capital su nieto, Alejandro Caprioglio, y destaca la importancia de la flamante restauración y puesta en valor de distintas áreas del Monumento a la Bandera.
“Para nuestra familia eso es algo profundamente simbólico, de alguien capaz de ser el autor de una obra que puede durar mil años; es algo increíble, algo que va a durar siglos, es emocionante”, explica Caprioglio y dice que de algún modo, a nivel familiar, quedan trazas como improntas de ese espíritu creativo que les legó el abuelo Guido. “Imagino lo que habrá sentido él cuando terminó esa obra, lo intuyo, porque administraba bastante bien sus vanidades (risas)”.
Inquietudes
“Ya de joven tenía muchas inquietudes por el arte latinoamericano”, dice Caprioglio, abogado y también escritor como su abuelo, mientras evoca la casa de calle Colón al 1300, residencia rosarina de Guido, y su atmósfera de museo colonial, con palomar, jardín, muebles, pinturas y objetos del arte pre y poscolombino que Ángel y su hermano Alfredo traían de sus viajes a Perú. Fue esa inquietud temprana la que vertebró pasión, vida y obra del creador del Monumento, amigo y admirador declarado de Ricardo Rojas, a quien consideraba su maestro y de su concepción de identidad nacional como Eurindia, una fusión armónica de la herencia europea y americana.
En las escenas más recordadas de la casa-museo de calle Colón, Caprioglio relata las veladas artísticas de su abuela Bertha Eirin Saracho, a quien Guido conoció siendo muy joven en Montevideo. “Ella solía recitar Casa de Muñecas del dramaturgo noruego Henrik Ibsen para un improvisado público familiar”, recuerda. Y agrega: “Allí había unos retablos muy lindos, con unos Cristos; también ahí el cardenal Antonio Caggiano casó a mi mamá y mis tías, y hasta se cuenta que el pintor mexicano (Alfredo) Siqueiros dijo que la blancura de la piel de mi abuela era un atentado a la Revolución”. A la anécdota suma las visitas de poetas, escritores y pintores en tertulias en las que el arte lucía en las salas y libros. No fue la única residencia en la ciudad: la familia Guido también vivió en Montevideo 2120. Y beca Guggenheim mediante, también vivió en California, Estados Unidos.
“Cuando termina esa beca, regresa y comienza su gran carrera como arquitecto, con un estilo muy propio. También vivió en Alemania, de donde retornó en 1939. Me acuerdo haber visto cartas de aquel viaje, y parte del estilo del Monumento refleja la monumentalidad alemana”, comenta. Y repasa los distintos cargos, proyectos y obras de Guido en la academia, el urbanismo, la arquitectura y la historia del arte: rector de la Universidad Nacional del Litoral, primer Plan Regulador del país, residencias y edificios, trabajos en el Museo Histórico Provincial de Rosario, sólo a modo de ejemplo.
“Mis recuerdos de niño se evaporan, son las anécdotas que quedaron en la familia las que retornan y rescato de las tradiciones orales que lo tenían como ilustre, como urbanista, porque consideraban que era una categoría superior a la arquitectura”, dice sobre la personalidad de su abuelo quien murió de un infarto a los 63 años, en 1960.
Además, cita el texto “El redescubrimiento del arte en América” como el más importante de los escritos por Guido y “un libro que se estudia en las universidades del mundo”. No pasa por alto que su abuelo fue un activo militante de la Reforma Universitaria de 1918 mientras estudiaba en Córdoba donde se graduó como ingeniero y arquitecto y forjó su incumbencia más preciada, la de urbanista, que lo convertía en muy requerido”.
En busca del lenguaje propio
La amistad más intensa de Ángel Guido fue la que tuvo con Ricardo Rojas, trabajando juntos en lo que significaba la presencia y la invasión del arte europeo, como lo muestra el estilo francés e italiano de las construcciones de aquel momento frente al que oponían la mirada de Eurindia (neologismo), un ensayo de 1924, donde Rojas propone que la identidad nacional y americana debe ser una síntesis que fusione ambas herencias. En el marco de esa amistad, Guido construye la famosa Casa de Rojas, hoy museo, en Charcas 2837, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
“¿Qué hay en mí de mi abuelo? Mi inclinación a escribir historias y analizar las costumbres del argentino medio. Mi hijo Oliverio, que es arquitecto y cursa bellas artes, sí tiene influencias de su bisabuelo”, concluye Caprioglio sobre un antepasado que se codeaba con los cauces donde abrevan las musas y que seguramente sintió Guido cuando escribió en su juventud “Señor, Señor, yo quiero ser ya ingeniero para poner una placa en mi puerta que diga austeramente: Guido ingeniero-poeta”. Consideraban que era una categoría superior a la arquitectura”, dice sobre la personalidad de su abuelo quien murió de un infarto a los 63 años, en 1960.