Domingo 25 de Junio de 2023
La pared, tapizada con fotografías en las que destacan los ojos de Ernesto Guevara –profundos, chispeantes y, los últimos y definitivos, inertes– continuará igual. Por un tiempo nada se moverá del lugar que hoy tiene asignado. La operación para vender el 2º D, en la señorial propiedad de Entre Ríos 480, se detuvo. Sin tiempo preciso. Quizás hasta mediados del año que viene, esperando que las condiciones del país sean otras. Más amables, menos turbulentas.
La propiedad donde distintos relatos suscriben que vivió el Che en sus primeros meses de vida, a la que llegan a diario grupos de extranjeros con el afán de visitarla, aguarda un repunte de la economía para conocer su próximo destino.
Por el departamento, adquirido en una Argentina que parece ya prehistórica, previa al estallido de 2001, se pagaron más de 600 mil dólares. Tiempos de videoclubs, pádels y la caricatura de una convertibilidad con su lógica del uno a uno ya ajada.
Después de dos décadas de intentar abrir una fundación por la que se interesaron Gabriel García Márquez, Roberto Fontanarrosa, Mercedes Sosa, Joan Manuel Serrat o César Luis Menotti, en junio de 2020 los dueños decidieron desprenderse de ese capital y lo tasaron en 400 mil de una moneda que cotizaba en el mercado paralelo a 129 pesos por cada dólar. El precio fue bajando y finalmente la vivienda estuvo a punto de ser cedida en los últimos meses a cambio de 225 mil. Lógicas de un mercado inmobiliario algo desquiciado.
Entre tantas variantes alteradas, los propietarios decidieron por el momento enfriar el negocio y conservar el departamento, una masa de ladrillos con valor arquitectónico y el plus de una historia potente detrás. Formalmente lo retiraron de la venta: no hay en la actualidad ningún corredor que se ocupe de ofertarlo. Según estiman sus dueños, será por unos meses y sin negarse a la posibilidad, algo remota por las condiciones actuales, de que aparezcan interesados dispuestos a abonar lo que ellos consideran que vale.
Conocidos de Rodríguez Larreta, cuotas y un interés extranjero
En los últimos tres años, desde que se anunció con cierto brío mediático que la casa natal del Che se ponía a disposición de ocasionales interesados, hubo consultas varias, interés, ofrecimientos y tres aproximaciones concretas, destacadas. Aunque una, vale decirlo, nació fallida.
Si bien pocos meses después de salir a la venta se autorizó por las condiciones de la economía una baja considerable del precio –de los 400 mil iniciales se llegó a 250 mil–, la inmobiliaria que manejaba la operación se atrevió en un momento a conceder un precio de oferta para convencer a un cliente firme y cerrar el asunto: aceptó 225 mil.
El comprador, ironías del destino, tenía relación cercana con Horacio Rodríguez Larreta, uno de los dirigentes más encumbrados del liberalismo argentino, espacio ideológicamente alejado de las ideas del Che y de la revolución que protagonizó en Cuba. Aunque a nadie le interesaba conocer detalles acerca de sus simpatías políticas, si quedó claro durante la negociación que el interesado valoraba particularmente la historia que encerraba esa propiedad. No era sólo una cuestión de ambientes, metros cuadrados y ubicación geográfica.
Cuando estaba a punto de bajarse el martillo, el diablo, acostumbrado a intervenir en el mercado de cambio y de capitales, metió la cola: el billete verde se recalentó y el interés se marchitó.
Desechado por los dueños
Hubo otro comprador que se presentó con ínfulas para adquirirlo, pero fue finalmente desechado por los propios dueños. La propuesta que hizo era algo particular. Cuando le comunicaron que podía adquirir el departamento en 225 mil dólares subió la apuesta y dijo que pagaría más: ofreció 250 mil. Una curiosa generosidad que, en un Argentina donde todos cuentan las monedas, levantó sospechas.
Cuando presentó el plan de pago se entendió el porqué de su mano desprendida: pretendía abonar en 25 cuotas de 10 mil dólares. Los dueños dijeron que sí, pero que podría tomar posesión al cancelar el total. El extraño oferente tenía una idea bien diferente, que fue rechazada de plano: buscaba acceder al departamento y hacer uso de él después de entregar los primeros 10 mil.
Una averiguación de sus movimientos comerciales en Capital Federal, incluso con la asistencia de uno de los más reconocidos juristas del país –viejo amigo de los propietarios–, terminó por cerrarle la puerta del 2º D en las narices.
La tercera aproximación seria, la única proveniente del extranjero, tuvo como protagonista a un español. El sondeo lo realizó directamente con uno de los dos empresarios que adquirieron la propiedad en 2000. La oferta, sin embargo, no llegó a materializarse en Argentina. La idea nació y pereció en Europa.
El departamento, sus fotos, sus 188 metros cuadrados divididos en cuatro habitaciones, dos baños, una cocina remozada, dos escritorios y un living comedor, puertas y pisos de madera originales, permanece montado de la misma manera desde hace años. Posee, entre otras curiosidades, una tina de baño, de loza y con sus patas antiquísimas, y perillas de luz que son una reliquia: pertenecen a la época en que se construyó el edificio, en 1927.
El diseño fue obra del arquitecto Alejandro Bustillo, padre de otras criaturas edilicias fantásticas: el Monumento a la Bandera, el hotel Llao Llao o el Casino de Mar del Plata. Como parte de una decoración intacta hay una pequeña estatuilla de Guevara, con rasgos caricaturescos y ropa militar, que le aporta al lugar un rasgo de frescura entre tanta formalidad.
Sobre una amplia biblioteca, que parece desnuda, se exhiben tres libros. Sólo tres: “La crisis non e finita”, “Punta del Este” y “Brasil, una biografía”. Completan la despojada decoración una estatuilla con dos bailarines de tango, dos billetes que homenajean al revolucionario y una fachada en miniatura de ese mismo edificio ubicado sobre la calle Entre Ríos.
En el living están dispuestas ocho sillas alrededor de una mesa. A un costado, una vitrina señorial en la que descansan tres monedas y una llave antigua. Los muebles intentan recrear una época, un año, un momento: junio de 1928, el mes en el que de acuerdo a la partida de nacimiento –otro dato que algunos historiadores ponen en duda– el revolucionario vino al mundo. O vino a Rosario, que fue su primer lugar en este mundo al que buscó luego agitar con sus acciones.
El cartel de venta que colgó durante más de dos años de uno de sus balcones, con colores rojos y negros y una serigrafía con el rostro del Che, fue retirado para una remoción dispuesta en la fachada del edificio. Para muchos consorcistas fue un alivio. Demasiado ya con la cartelería ubicada en el ingreso de la propiedad, una de las escasas señales que marcan el trazo de vida que Guevara compartió con la ciudad.
El departamento se abre una vez por mes para su aseo. A veces requiere de algún arreglo ocasional. Se pagan por las expensas unos 70 mil pesos. Sumado a impuestos y servicios, aunque permanezca sin uso, deben abonarse unos 100 mil pesos mensuales. Para ser más exactos: en los últimos tres meses fueron 108, 112 y 123 mil pesos. Muy por encima de un salario mínimo, vital y móvil que, con las últimas actualizaciones, asciende a los 87.987 pesos.
Al lugar siguen llegando peregrinos, fanáticos de Guevara y de la historia que preguntan, que quieren ver, que desean un ingreso a la propiedad natal del revolucionario que siempre termina siendo fallido: es un sitio privado, no un museo, se les explica. Hay días en los que pasan entre seis y ocho personas. Hace poco, entre otras, hubo una pareja de mexicanos. Hay gente que proviene de Cuba y de Estados Unidos. Hay colombianos y chilenos.
"Vienen de todos lados. Se sacan una foto, pero se van un poco tristes", cuenta a La Capital Ignacio Piedra, 57 años de edad y treinta y dos como portero del edificio. ¿Argentinos? Pocos
Piedra les regala alguna historia, los consuela con un dato. Antes de que manos extrañas la robaran, les exhibía a los visitantes más interesados una carpeta prolija, en la que se destacaban imágenes de la vivienda, la misma que ahora fue retirada de la venta. Las postales que atesoraba permitían hacerse una idea, resumir el interior de una propiedad que ahora, a la espera de un nuevo dueño, reposa, como detenida en el tiempo. Nadie sabe bien hasta cuándo.