Talapazo, una aventura milenaria escondida en las montañas tucumanas
Una propuesta de turismo rural comunitario permite descubrir los secretos de una pequeña localidad ubicada a 2100 metros de altura, en los valles Calchaquíes, donde viven unas 25 familias de la comunidad india Quilmes

Martes 23 de Noviembre de 2021

"Algunos ven un cartel que dice 'Turismo' y deciden subir con su auto. Desde abajo no se aprecia lo que hay acá, muchos ni se imaginan lo que encuentran al llegar”. A 200 kilómetros de San Miguel de Tucumán, unas 4 horas de manejo -o más, según la pericia del conductor- se encuentra Talapazo. No es fácil llegar. Está ubicada a 2100 metros de altura, en la ladera de las montañas Quilmes, en los valles Calchaquíes. Es necesario pasar primero por El Infiernillo -no es casualidad su nombre- que está a 3 mil metros. Quien asuma el desafío de transitar el sinuoso camino de montaña será acompañado por paisajes hipnóticos en tonos verdes, marrones y amarillos donde se multiplican cardones y piedras. Al final del largo y lento recorrido el aventurero será recompensado: descubrirá los secretos de esta pequeña localidad, donde viven unas 25 familias de la comunidad india Quilmes, de la etnia de los Diaguitas.

Sandro Llampa, el guía local, recibe con una gran sonrisa a quienes arriban a Talapazo. Una sonrisa que mantendrá durante toda la jornada. Él es quien cuenta que algunos aventureros suben sin saber lo que les espera, aunque otros ya llegan con información y contactan primero a la comunidad para coordinar la visita. "Pueden venir 5 personas, hasta grupos de 20 algunas veces. Teníamos visitantes extranjeros pero con la pandemia eso frenó y luego empezó a llegar gente de la provincia", precisa. "Se quedan unas horas o pasan la noche. También tenemos gente que viene y le gusta tanto que vuelve. Hasta una pareja decidió venir a pasar su luna de miel", subraya con felicidad. El plan se adapta a los visitantes. “La idea es que se sientan parte de la comunidad”, resalta.

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Sandro es el guía oficial en Talapazo, quien recibe a los visitantes.

Él es el guía oficial del proyecto de turismo rural comunitario que la comunidad emprendió en 2014, aunque en realidad las gestiones comenzaron incluso unos años antes. Una propuesta distinta que busca aportar más que un álbum de fotos curiosas al visitante, quien durante el tiempo que dure su visita es tratado como uno más del pueblo. Una experiencia que además de fomentar el contacto con la naturaleza favorece la desconexión tecnológica: en Talapazo no hay wi fi, apenas si hay datos: una empresa prestadora de servicio de celular funciona bien, otra no tanto y la restante nunca.

Sandro tiene 34 años y un hijo de 5 junto a Judith Agüero, quien también participa del proyecto. “Mi familia es india Quilmes. Nací y me crié aquí. La mayoría de la gente antes vivía en lo alto, los abuelos con los animales. Con el tiempo, sus hijos empezaron a bajar de la montaña. Y algunos descendientes más jóvenes se han ido”, precisa. El mismo Sandro tuvo la oportunidad de irse y trabajar unos años en Buenos Aires pero decidió volver. “Me tiraba mi tierra, Talapazo es parte de mi identidad. Vivir lejos me sirvió para valorar el lugar de donde soy, extrañaba la montaña, la cascada, todo”, admite. Primero fue guía de la ciudad sagrada de Quilmes, hasta que pudo hacer el salto junto a otros miembros de la comunidad y encarar el proyecto de turismo comunitario, que comenzó como algo muy chiquito pero fue creciendo.

Un pueblo de piedra que rescata su historia

A medida que el visitante es presentado a los diferentes miembros de la comunidad, se le brindan algunos datos del lugar, su historia y sus costumbres.

Talapazo significa “lugar de piedra” o “pueblo de piedra”. En la zona hay muchos petroglifos, piedras con dibujos o figuras. Hay algunas que incluso tienen mapas. Los primeros pobladores no tenían escritura y por eso se expresaban con dibujos en piedra. La lengua original era el kakán. “Fue similar a la Aymara. Muy difícil de hablar por ser gutural. Cuando llega el Inca le es muy difícil comunicarse. Ya cuando llega el español encuentra un traductor inca. Luego en la zona se imponen en español, hoy quedan palabras sueltas”, cuenta Sandro. Pronuncia algunas que ningún visitante se anima a repetir, por la dificultad en la pronunciación.

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Los cardones cubren las laderas en Talapazo. Y los habitantes cuentan sobre ellos historias.

El asentamiento data, según los expertos, del año 800 después de Cristo. Algunos incluso dicen que nació mucho antes. “Esta tierra sufrió varías invasiones y conquistas. Mucho de la cultura se perdió, por eso buscamos rescatarla”, resalta.

En 2010, algunas familias Quilmes comenzaron a gestionar fondos para poder organizar un proyecto propio de turismo. Esos fondos iniciales permitieron construir alojamientos (hoy tienen espacio para 20 huéspedes). Luego, un salón comunitario. La marcha era lenta. En aquel entonces todos tenían sus trabajos y además le dedicaban tiempo al proyecto, con la idea de en algún momento meterse de lleno. Con el apoyo del Ente de Turismo de Tucumán se pudieron capacitar y promocionar el emprendimiento. Definieron entre todos formas para compartir la cultura de sus antepasados. Armaron circuitos para recorrer la zona, eligieron historias para contar a través de mitos coplas, se propusieron compartir sus tradiciones culinarias. Y los visitantes comenzaron a llegar.

Té de hierbas, frangollo y dulce de cayote

Una de las claves del turismo comunitario es la parte gastronómica. En esta jornada, cuando los visitantes llegan, se les ofrece un té con hierbas de la zona, que aliviarán los malestares eventuales que algunos puedan desarrollar debido a la altura. Es una combinación de incayuyo, cedrón y muña. La mayoría lo acepta de buen gusto, mientras conversa con miembros de la comunidad.

Poco después, se huele en el aire un aroma particular. Pronto se devela el secreto: están preparando frangollo, un plato típico que se asemeja a un guiso. Los turistas son invitados a asistir a las expertas de la comunidad en la preparación. Los curiosos aprenderán que el maíz -estrella del plato- debe ser “pecaneado”, triturado con una antigua herramienta tipo mortero: se trata de la “pecana”, una pesada piedra de rìo que muele el maíz tras haberle quitado la cáscara y lo convierte en pequeños trozos.

Paola Agüero, la responsable de la parte gastronómica del proyecto, aclara que “frangollo” es tanto el nombre del plato como el nombre del maíz triturado por la pecana. “El maíz es muy valioso para nuestros pueblos, cultura y patrimonio, nunca falta. Tiene proteínas, vitaminas y fibras. Además, es antioxidante y combate el envejecimiento”, destaca. Dicen, los que saben, que es el secreto de la longevidad del pueblo Quilmes.

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El frangollo es el plato típico de los Quilmes, una especie de guiso.

Zapallito, choclo, cebolla, comino, pimentón, ají. Los ingredientes se van sumando a la olla mientras se detalla la historia del plato. "El frangollo lleva de tres a cuatro de horas preparación", resalta Paola. Bastante poco si se lo compara con el locro, que en esa comunidad demanda unas siete horas. Platos soperos con frangollo se reparten en mesas distribuidas en el quincho de la comunidad y también al aire libre. Los visitantes prueban el plato y la aprobación es generalizada: muchos piden repetir. Y hay todavía lugar para más: sirven de postre dulce de cayote con nueces, elaborado con productos de la zona.

La Loma, La Mina y Las Cascadas

Pese a que el sol invita a una siesta, más después de haber degustado el guiso, la propuesta que continúa es elegir uno de los circuitos para recorrer la región. Hay varias alternativas, con diversos niveles de dificultad y duración. “No son circuitos libres, se debe ir acompañado siempre, porque la idea es preservar nuestro lugar. Evitamos que pinten con aerosol o roben cardones. Y también que se pierdan los visitantes”, explica Sandro.

Una opción, la más simple, es caminar hasta el Mirador La Loma, desde donde se puede ver el pueblo y el valle, también vestigios de antiguas edificaciones. Se llega en 15 minutos. La alternativa intermedia es recorrer el sendero a la antigua mina de mica que funcionaba en la zona. La dificultad es intermedia, demanda esfuerzo porque se asciende hasta los 2500 metros pero puede hacerse en unas 3 ó 4 horas. Finalmente, para los más entrenados o arriesgados está el circuito de cascadas, unos 7 kilómetros. Puede demandar hasta 6 horas. Según la condición física se llega hasta la segunda cascada, tercera o cuarta. Pocos han llegado a la quinta.

El grupo de visitantes encara en esta jornada el ascenso a la mina. No se necesita ser experto para realizarlo pero implica cierto esfuerzo. El camino es demandante, no apto para quienes tienen vértigo pero tampoco tan extremo como para que los entusiastas de ciudad no se animen.

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El camino hacia la antigua mina de mica, uno de los posibles recorridos para conocer la zona.

Al llegar a la cima, el grupo realiza una ceremonia. Ofrenda vino, agua y cigarrillos a la Pachamama. “Vamos a hacer una corpachada. Es una pequeña ofrenda. Hemos podido llegar a este lugar, agradecemos a la Pachamama por habernos protegido y permitido llegar hasta acá y también pedimos. Es un momento especial”, resalta Sandro.

Los visitantes aprovechan además para recuperar el aliento, descansar e hidratarse. Las vistas panorámicas son irresistibles, la sesión de fotos es larga. Luego se encara la bajada, mucho más relajada y rápida que el ascenso.

La principal ceremonia a la Pachamama es el primero de agosto. Allí se cava para “abrir la boca de la Pachamama”, enfatiza Sandro. Se le ofrenda lo mejor que se ha producido durante al año. “Se le ofrenda con el corazón para que lo que uno pide se cumpla, se le da un poco de agua para que haya lluvias y haya pastos para los animales, también lo mejor de la cosecha para que sea exitosa”, explica el guía.

El café de los abuelos

Al bajar de la mina, los visitantes ocupan el quincho de la comunidad. Allí los espera una degustación de cafés naturales. Hay de higo, algarroba y tusca.

Rubén Soria muestra los materiales y detalla el proceso que lleva convertirlos a café. “Nuestros abuelos ya hacían estos cafés molidos con pecana, con todos productos naturales de la zona", cuenta. "La algarroba y la tusca crecen en el campo, al higo lo cultivamos. Llevan un proceso de secado, selección, un tiempo de tostado y molienda. Tienen propiedades curativas”, destaca.

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Cafés artesanales elaborados con tusca, higo y algarroba.

Resalta el valor medicinal de estas bebidas. “La tusca ayuda con las infecciones, se la usa como cicatrizante, para mejorar las cuestiones digestivas. El higo es antioxidante. La algarroba es un alimento muy completo que comían ya nuestros antepasados”, cuenta.

Durante la tarde, los visitantes pueden hacer pan casero, moldearlo en la forma que elijan y esperar a que el horno haga su parte, para acompañar con ese producto la degustación de café. Los visitantes prueban las diferentes variedades y las comparan con el café tradicional. Repiten del que más les gusta mientras las nubes se despejan y dan paso al sol. También la comunidad elabora su propio vino, que venden junto a otros productos de la región como las nueces.

Mitos, coplas, leyendas y fuego

Cae la tarde y la jornada va llegando a su fin. "Es hora del fogón de mitos. coplas y leyendas", anuncian.

Mientras el fuego va tomando fuerza en el centro del círculo conformado por locales y visitantes, Judith comienza a relatar la leyenda del viento zonda. Desgrana la historia en frases lentas, marcando pausas y enfatizando algunas palabras. Los visitantes la siguen atentos.

También grafica con historias cómo la Pachamama recompensa o castiga el comportamiento de los habitantes de esa tierra. Y cuenta la leyenda según la cual los cardones son antepasados transformados en cactus que los protegen desde las laderas de las montañas.

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A la hora de las coplas se le suman otros integrantes de la comunidad. Rimas que hablan de amor, chistes a las suegras, reflexiones sobre la vida, todo tiene su lugar. El visitante es invitado también a sumar la copla que conozca. Tras una jornada completa juntos, el ida y vuelta es fluido en el grupo.

El fuego es un símbolo estabilidad y fortaleza, purifica el espíritu”, explica Sandro, quien encabeza la ceremonia del fuego, broche de la jornada. Reparte entonces una pequeña rama a cada visitante, se sopla en dirección de los puntos cardinales y luego entre todos se agita el fuego. El guía precisa que este ritual busca alejar las malas energías, salir renovado de la experiencia, que el visitante se vaya liviano. El objetivo se cumple y va un poco más allá: el visitante se va renovado, liviano y también con ganas de regresar.

Para los interesados: la comunidad Quilmes de Talapazo tiene un perfil en Facebook donde se pueden consultar actividades y precios antes de emprender el viaje.