Domingo 06 de Febrero de 2011
La galería de arte que desde hace ocho veranos se instala en las alturas del Aconcagua exhibe esta temporada su flamante diploma de Record Guinness, por ser la más alta del mundo, y recibe a los andinistas con una nueva fachada con palmeras y césped, por supuesto artificiales.
Se trata de la carpa Nautilus, a 4.300 metros de altitud en el refugio Plaza de Mulas, donde los andinistas hacen su última parada antes de la escalada final hacia la cumbre más alta de América, a casi 7.000 metros sobre el nivel del mar.
Esta estructura parece un oasis en medio de la dureza y la monocromía de la nieve andina, ya que en la entrada resalta el verde de las palmeras y el pasto sintético, sobre el cual se ven varias reposeras y a veces a su dueño, Miguel Doura, tomando sol, como si se tratara de un solarium veraniego.
Este artista plástico porteño, formado en la escuela Prilidiano Pueyrredón, contaba ayer por teléfono que “tenemos por estos días un clima excepcional, con 10 grados (8 de sensación térmica) y sin viento, cuando lo normal es cerca de los 2 grados y nieve; eso sí, hay muchísima radiación ultravioleta”.
Doura dijo que muchos andinistas le habían sugerido que presentara su galería al libro de récords ya que estaban seguros que era la más alta del mundo, cuestión que en un primer momento había desestimado “porque me parecía medio cholulo hacer eso”.
“Pero por otro lado —siguió— era un certificado internacional. Entonces, me contacté via mail, les mandé material para que chequeasen lo expuesto, y luego varios faxs y mails. Cuando pensé que ya se habían olvidado de mí recibí un mail para que confirme mis datos personales porque tenía aprobado en un 90% el récord”.
A mediados de noviembre último, “un par de semanas antes de subir, recibo un sobre con el certificado y una nota diciendo que me felicitaban por pasar a formar parte del selecto club de personas con records”, agregó.
Sobre la decoración de la carpa comentó que “hace dos temporadas traje una palmera de plástico, que junto con un par de metros cuadrados de pasto que subí permiten a los ojos disfrutar de una imagen completamente exótica, rodeados de montañas nevadas y sin otro verde a varios kilómetros a la redonda”.
“Aquí también tengo instalada una cámara web que envía imagen del campamento en tiempo real cada tres minutos a mi sitio no comercial www.aconcaguanow.com; aquí se reciben mensajes de todo el mundo y también hay información meteorológica”, agregó.
Ecléctico. Dentro de la carpa, tiene colgadas obras propias relacionadas con el Aconcagua, “mucho en color (pastel al óleo), óleo y grafito”, precisó, realizadas en la montaña, en su taller del barrio porteño de San Telmo, o en su segunda residencia de Mar de las Pampas, en la costa bonaerense.
Doura señaló que “entre ellos se encuentra uno que realicé en la cumbre hace un par de años atrás; bueno, a decir verdad, había realizado otro también en la cumbre, pero se lo vendí a un coleccionista chino”.
“Aquí, en mi mesa de trabajo, tengo colgadas reproducciones de Rembrandt, Matisse, Van Gogh, Kandinsky, Gauguin, Munch, que traje de un reciente viaje a Holanda, a donde fui invitado”, contó.
Un planisferio, en el que la Patagonia está arriba y Groenlandia abajo, cuelga en una de las paredes, sobre lo cual acotó divertido que “muchos se quedan mirándolo y yo les comento que en el espacio no hay arriba ni abajo, son sólo convenciones”.
Por supuesto, también exhibe el certificado que le dio el libro Guinness, del que dice que “muchísima gente se asombra y le saca fotos, al igual que a la galería, lo ven como algo completamente exótico, fuera de la realidad que nos rodea”.
Sobre los días que pasa en la altura (desde hace ocho años) entre principios de diciembre y fines de febrero, sostuvo que “estar aquí arriba te permite conocer y charlar con gente de muy diferentes partes del planeta, aunque el idioma es el inglés, ya sea el de Cambridge o el de La Salada”.
“Las noches —continuó— son muy estrelladas y con estrellas fugaces, pero con la luna llena todo se ilumina casi como de día, con largas sombras”.
En el refugio “los días transcurren en función de la meteorología, casi nunca sabemos qué día de la semana es, pero sí sabemos cuándo viene una tormenta o si va a levantar viento, somos muchos los que venimos y nos reencontramos cada temporada y nos saludamos como si hiciera sólo un par de semanas que no nos viéramos”.
Describe a ese ambiente “como un gran barco con marineros de diferentes partes del país: Salta, Tandil, Mar del Plata, Mendoza, Bariloche, Córdoba, El Bolsón, Capital Federal”. l (Télam)