"La pasión por el fútbol no cambia en un clásico de pueblo o de ciudad"

Así lo remarca Nicolás Cefarelli, el premiado cineasta que bucea en el mundo futbolero y se radicó en Funes para priorizar la tranquilidad

Domingo 16 de Junio de 2024

“Con «Empate eterno» quise reflejar que la pasión por el fútbol es la misma en un clásico de pueblo que en uno de una gran ciudad”, advierte el actor y director teatral, dramaturgo, docente y realizador audiovisual Nicolás Cefarelli, quien vive y trabaja en Funes desde hace ocho años.

  “Empate eterno” es el último cortometraje escrito y dirigido por el alcortense Cefarelli, quien ganó premios en los festivales de cine Lanterma de México y Latinoamericano de Rosario y compite en el Cinefut de Brasil. Narra la historia de “dos hinchas de los equipos de Alcorta que juegan un clásico inédito en una final, antes de la cual ambos recorren siete iglesias católicas para bendecir una estampita de San La Muerte, con el pedido de ganar el partido y de que el rival de toda la vida desaparezca”.

  Cabello canoso, barba reciente, pullover negro, pantalón de corderoy y borcegos marrones, 1,89 de altura. “Un 2 patadura” con sonrisa de pueblo. A los 42 años Cefarelli vive con su esposa, la trabajadora social Georgina Pedemonte, y sus dos hijos pequeños en una típica casa de los primeros Procrear en un amplio terreno del barrio Funes City, frente al aeropuerto.

  Nacido el 11 de marzo de 1982 en Alcorta, Nicolás es hijo de Osvaldo “el Lalo” Cefarelli, quien tiene una marmolería, y de Marilyn Paolucci, dueña de una boutique en el pueblo, y atesora una vasta carrera como actor, en la que se destacan los 15 años en el grupo rosarino The Jumping Frijoles, dirigido por Cristian Marchessi.

  —¿Cómo fue tu infancia en Alcorta?

  —Hermosa. En un pueblo chico en el que vivíamos con mis amigos entre la escuela y el Club Los Andes, y en las vacaciones entre los juegos en la vereda y la pileta del club.

  —¿Cómo llegaste al teatro?

  —Por curioso. A los 18 años vine a Rosario a estudiar Ciencias Económicas, donde hice hasta quinto año y dejé cuando me faltaban siete materias. En realidad, empecé la carrera porque si decía que quería estudiar Teatro en mi casa me iban a sacar de vuelo. Además en Alcorta no había teatro. Y mientras cursaba Ciencias Económicas también trabajaba en una empresa como un contador y estudiaba Publicidad.

  —¿Cómo decidiste dejar Ciencias Económicas?

  —A los 24 años vivía en Maipú y Córdoba. Un día a las 7 de la mañana tomé el 127, que iba por Laprida hasta 3 de Febrero, pero cuando llegué a la facultad pasé por delante y dije “yo no quiero estar acá”, así que seguí de largo y me tomé el otro colectivo de vuelta.

  —¿Cuáles fueron tus primeros pasos en el teatro?

  —En esa época estudiaba Ciencias Económicas a la mañana, Publicidad a la tarde y Teatro a la noche. Empecé a los 24 con un taller de Cristian Marchessi, que me encantaba, y quien me convocó a trabajar en The Jumping Frijoles, así que empecé una carrera muy vertiginosa y de mucho trabajo, junto a Juan Biselli, Germán Basta, Maru de Rosa y Homero Chiavarino. Entre 2008 y 2015 hacíamos cuatro días: jueves, viernes, sábado y domingo, lo cual es inusual en Rosario. Ibamos a Berlín, a Macnamara, a Sinatra y al viejo Café de la Flor, entre otros.

  —¿Cómo siguió tu carrera teatral?

  —Cristian (Marchessi) me sugirió que fuera a la Escuela de Teatro, empecé en 2007 y me llamó para una obra (El enfermo imaginario), con Quique Saggini y Adrián Giampagni. Hice un año en un taller y al otro año ya trabajaba en dos obras, mientras seguía trabajando en el estudio contable.

  —¿Qué te dijeron tus viejos cuando dejaste Ciencias Económicas?

  —Zapatearon, pero ya laburaba y era grande, y al final de 2012 Regi, mi pareja, me dijo: “Pero si a vos lo que te gusta es el teatro”. Entonces empecé con un taller en Alcorta, donde no había teatro. Hubo obras en la Sociedad Italiana y en la Sociedad Española, a las que iba de pibito y me encantaba. Eran obras a las que iba todo el pueblo. Siempre fui recontracurioso. Como no había nadie dando un taller, empecé con uno, me llamaron de la secundaria y de la terciaria, y me terminé de definir. Había muchas obras y muchas ganas.

  —¿Cómo surgió la idea de “Empate eterno”?

  —Empate sale para contar la historia de un clásico de pueblo, en el que los hinchas se apasionan casi hasta la locura, peleándose con amigos el domingo, pero el lunes vuelven a ser amigos otra vez. Trata sobre la pasión que genera el fútbol y ese sentimiento de pertenencia que no existe de la misma manera en una ciudad grande con un River-Boca.

  —Rosario es una de las ciudades con mayor identidad futbolera del país, donde no hay hinchas de dos equipos: sos ángel o demonio.

  —Es cierto. Soy de River, tengo amigos de Central y de Newell’s, y cuando les digo de quién soy hincha me preguntan: ¿De River? ¿De dónde sos?

  —¿Cómo llegaste al “Empate eterno”?

  —Jugué en Los Andes, de 2 patadura, donde también hice vóley, tenis y natación y donde ahora mi hermano Alejandro es presidente del club. Siempre me llamó la atención que en esas canchas chicas y polvorientas, en medio del desierto y con jugadores de pueblo, se genere tamaña pasión.

  —Pinta tu aldea y pintarás el mundo.

  —Buscaba un clásico y conté el de Alcorta, un clásico de pueblo chico, entre chacareros, en medio del campo. Alcorta está a mitad de camino entre Rosario y Venado Tuerto. En Alcorta hay tres lugares que son “turísticos”: el canal de la Adela, el Palomar de Angelozzi y el camino de la Virgencita, pero en realidad Alcorta sólo tiene tres cosas: el clásico, el bar y la plaza.

  —¿Por qué “Empate eterno”?

  —Nació con la excusa de contar el clásico de Alcorta en una final que no existe. Hubo una sola final en 20 años y la ganó Blanco y Negro. En la supuesta final, Diego, un hincha de Los Andes, lleva una estampita de San La Muerte a siete iglesias católicas. Su abuela lleva una estampita escondida al cura del pueblo.

  —¿Por qué a San La Muerte?

  —Porque es el único santo al que se le pueden pedir cosas malas. El cuento llega hasta la quinta iglesia, donde Diego entra y ve a un hincha de Blanco y Negro que tira una estampita y se da cuenta de que los otros estaban haciendo lo mismo. Antes de la sexta iglesia se cruzan con un Rastrojero de Blanco y Negro lleno de turistas, pero cuando llegan a la iglesia estaba cerrada, con un cartelito que decía “En cinco minutos vuelvo” y un peruano comiendo hostias que les dice: “El cura está viendo el partido”. Entonces vuelven a Alcorta, donde el ayudante les dice: “Si no son siete el cura no da la misa”. Van a buscar a unos turistas franceses al canal de la Adela y los traen, pero cuando les faltaba la última, la iglesia estaba cerrada y atrás había un pibito pateándole penales al Cristo de la iglesia.

  —¿Cómo se define el “Empate eterno”?

  —Cuando venían con los turistas se les rompió el Rastrojero y a 100 metros al otro Rastrojero le pasó lo mismo, así que ninguno pudo ganar porque no llegaron a visitar las siete iglesias. Y después de 657 minutos de partido, el relator le dice al comentarista: “Yo me voy: tengo que llevar los pibes a la escuela”.

  —¿Cómo le fue en los festivales?

  —La estrenamos en 2022 en el Festival de Cine Latinoamericana de Rosario –que este año vuelve—–y ganó el primer premio del público y el premio Cinear, que es un Netflix de cine argentino gratuito. El recorrido es de festivales, estuvo en la India, en Bangladesh. “Empate” se pasaba en (el Cine) El Cairo antes de los partidos del Mundial, desde que le ganamos a México. Iban muchos grupos de pibes. Un día un pibe dice: “Uh, ¿otra vez esto?”. Y otro le contesta: “Calláte, ¿no ves que es cábala?”.

  —¿Cómo llegó a México?

  —Porque ya está subida a Cinear, lleva un mes y participó del Festival Lanterma en México. No podíamos ir y fue en representación nuestra Romina Frenzoa, la directora de fotografía. Un día me llamó llorando y me dijo: “¡Eh, boludo, ganamos el premio de comedia!”

  —¿Ahora compitió en Río de Janeiro?

  —Sí, se genera esto de hasta dónde llega, y ahora compitió en Río, en Cinefut (cine y fútbol), un festival de diez días donde también anduvo muy bien.

  —¿Tiene algo de Fontanarrosa?

  —Siempre hay una influencia de él, pero también de (Osvaldo) Soriano, de Saccheri y de todos los que escriben literatura futbolera. Se me hace que tiene más influencia de Soriano por “El penal más largo del mundo”.

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  —¿Qué opinás del trabajo del Instituto Nacional de Teatro?

  —Fue excelente. El INT permitió abrir muchas salas independientes. El teatro independiente genera un montón de puestos de trabajo directos e indirectos: la gente sale el sábado a ver una obra y después va a comer algo al bar de la esquina. Lo mismo pasa con el Inca (Instituto Nacional de Cine Argentino), que no hay más, y era un ente autárquico que se financiaba con un impuesto directo sobre la entrada al cine, que era mucho mejor que pagar una plataforma. Es lo mismo que hacen con otros organismos, como la Agencia Télam, que nadie entiende por qué los cierran.

  —¿Qué pasó con la ley de cine en Santa Fe?

  —Ahora se demoró y Santa Fe debe tenerla porque hay varias provincias que ya la tienen como Jujuy, Buenos Aires, Mendoza, San Luis y Córdoba. Aquí no salió el año pasado, pero con el cambio de gobierno ahora todos se cuidan. Ahora es más fácil pegarle al ambiente artístico y te cuestionan el gasto en una película. ¿Cuántas películas por año tira Hollywood? Es como en el fútbol, donde somos una potencia mundial. Si no tenemos potreros no vamos a sacar un Maradona.

  —¿Cómo llegaste a Funes?

  —En 2016 salimos sorteados en los primeros Procrear –los que valían la pena– y vinimos a hacernos la casa. Pedimos plata para el terreno. Un día lo estábamos viendo, el vecino me vio y me dio el contacto del dueño. Lo llamé, nos pusimos de acuerdo, y resultó que había sido un compañero de equipo de mi viejo en Los Andes de Acorta.

  —¿Por qué eran mejores aquellos Procrear?

  —Porque te daban la posibilidad de construir o de comprar el terreno y hacer tu casa, y porque pagabas poco y podías seguir con la obra, por eso en esa época se hicieron un montón de casas como esta en Funes y en todos lados. El Procrear fue tomado por gente joven con hijos de clase media trabajadora, con los que nos hicimos amigos de los padres.

  —¿Cómo te recibió Funes?

  —Cuando vinimos en 2016 esto era campo, por eso cuando vino la pandemia dijimos: “Si el virus llega hasta acá, fuimos”. Conseguí dar talleres para niños y adultos en la Municipalidad y en un par de barcitos. Los sábados podías ir a tomar una cerveza a Old Murray. Desde la pandemia Funes explotó porque no quedan terrenos o te piden una huevada. La gente de Rosario que tenía una casa se vino a vivir. Antes tardabas 25 minutos hasta la terminal y ahora no bajás de 40. Tarde o temprano la ciudad te va chupando por estudio o por trabajo, pero cada vez voy menos a Rosario. Me encanta Funes porque mi hijo va al jardín y puede volver solito y puede jugar en la vereda con sus amigos del barrio, lo mismo que viví en Alcorta.