La agricultura frente a su hora decisiva: producir más en un mundo con menos margen

En un contexto de policrisis, en el que impactos climáticos, geopolíticos y económicos se masifican a través de los medios de comunicación globales, la agricultura deja de ser únicamente un sector productivo

14:22 hs - Lunes 27 de Abril de 2026

Hoy ocupa un lugar en el centro de la agenda de seguridad, competitividad y reorganización de la base productiva bajo presión climática y ambiental.

La convergencia, en 2026, de las COPs de clima, biodiversidad y desertificación abre una ventana política para alinear estas agendas. La bioeconomía aparece ahí como un modelo de desarrollo basado en la bioeconomía, que no se limita a reducir impactos, sino que busca reorganizar la producción a partir de la conservación, la regeneración y el uso sostenible de los recursos biológicos. En este modelo, la generación de adicionalidad de naturaleza, es decir, la ampliación de la propia base ecológica, se integra al proceso productivo.

En enero, en el Foro Económico Mundial de Davos, el primer ministro canadiense Mark Carney afirmó que un país que no puede alimentarse, abastecerse de energía o defenderse tiene pocas opciones. La alimentación, junto con la energía y la defensa, ingresó al vocabulario de la soberanía. Sin embargo, la autonomía alimentaria no se construye únicamente con política comercial. Depende de la integridad de los sistemas naturales, que hoy están bajo presión creciente.

De la dependencia de insumos a la resiliencia productiva

La agricultura representa cerca de un tercio de las emisiones globales, es el principal factor de pérdida de biodiversidad —asociada a la simplificación de paisajes y al uso intensivo de insumos químicos— y concentra niveles crecientes de degradación de tierras. Según la FAO, aproximadamente un tercio de los suelos agrícolas del mundo ya está degradado, con impactos proyectados de hasta un 10% en la productividad global hacia 2050.

En los países tropicales, esta tensión se manifiesta de manera aún más evidente. El modelo agrícola dominante fue estructurado a partir de un paquete tecnológico concebido para climas templados, con baja incorporación de la biodiversidad y de las condiciones ecológicas locales. Este proceso permitió importantes ganancias de productividad e inserción en los mercados globales, pero también generó una alta dependencia de insumos externos, cuya vulnerabilidad se vuelve evidente frente a shocks recientes en las cadenas globales, agravados por los conflictos actuales en Medio Oriente. Como sintetiza Luis Barbieri, fundador del Instituto Folio, organización dedicada a la transición regenerativa en la cadena de granos: “La agricultura que nos trajo hasta aquí no es la que nos llevará al futuro”.

En la práctica, señales de esta transición ya aparecen en el propio sistema productivo. El avance de los bioinsumos modifica la base tecnológica al reducir la dependencia de insumos químicos y fortalecer la salud del suelo. En Brasil, este movimiento ya alcanzó escala: el mercado superó los 6.000 millones de reales en 2025, mientras que la superficie tratada con productos biológicos se aproxima a los 200 millones de hectáreas, según CropLife Brasil.

Esta lógica se extiende a la recuperación de áreas productivas. Brasil estableció la meta de restaurar 40 millones de hectáreas de tierras degradadas en la próxima década, con el objetivo de reincorporarlas a la producción sin expandir nuevas fronteras agrícolas. Para viabilizar esta escala, se estructuró el instrumento financiero Eco Invest Brasil, que combina recursos públicos y privados para financiar la conversión de estas áreas en sistemas productivos sostenibles. En cuatro licitaciones, el programa asignó cerca de 30.000 millones de reales para la recuperación productiva de 1,4 millones de hectáreas, señalando que restauración y producción comienzan a operar bajo una misma lógica económica.

La transición que Argentina no puede mirar de lejos

Visto desde el terreno, esto no es una discusión abstracta. Pensemos en un productor mediano de soja y maíz del centro argentino. Durante años logró sostener su rentabilidad con un paquete tecnológico convencional, pero hoy enfrenta costos más volátiles, suelos más exigidos y mayor exposición a eventos extremos. En ese escenario, incorporar bioinsumos, recuperar cobertura del suelo y reducir dependencia externa deja de ser solo una decisión ambiental: pasa a ser una estrategia de continuidad productiva.

En este contexto, la bioeconomía deja de ser una agenda sectorial y pasa a operar como estructura de organización de la producción. Como señala Marcelo Behar, Enviado Especial para Bioeconomía de la COP30, el desafío central radica en alinear clima y naturaleza dentro de una misma lógica económica, articulada entre política pública, producción y financiamiento. Para la agricultura, esto implica tratar el suelo, el agua y la biodiversidad no como externalidades o condicionantes, sino como activos productivos que deben ser medidos, valorizados y financiados.

Brasil reúne condiciones que permiten observar esta transición en la práctica. La articulación entre instrumentos financieros, regulación y transformación productiva indica que es posible reorganizar la producción sobre nuevas bases. No como un modelo a replicar, sino como evidencia de que escala e integración son alcanzables cuando existe decisión política y alineación de instrumentos.

Para países como la Argentina, con una base productiva consolidada y expuesta a los mismos impactos globales, este cambio redefine el debate. La cuestión ya no es solo cómo aumentar la productividad dentro del modelo actual, sino cómo encarar una transición frente a límites cada vez más visibles. En este escenario, la decisión deja de ser incremental y pasa a ser estructural: insistir en un modelo que pierde eficiencia bajo presión creciente o reorganizar la producción para operar bajo nuevas condiciones.

Para conocer más sobre los 5 pilares de la Bioeconomía desarrollados para COP30, por Marcelo Behar haz click acá.

Visto desde el terreno, esto no es una discusión abstracta. Pensemos en un productor mediano de soja y maíz del centro argentino. Durante años logró sostener su rentabilidad con un paquete tecnológico convencional, pero hoy enfrenta costos más volátiles, suelos más exigidos y mayor exposición a eventos extremos. En ese escenario, incorporar bioinsumos, recuperar cobertura del suelo y reducir dependencia externa deja de ser solo una decisión ambiental: pasa a ser una estrategia de continuidad productiva.