El riesgo climático obliga al agro a repensar su estrategia de negocio

El fenómeno de El Niño reinstala un desafío que ya afecta seguros, crédito e inversión. Expertos proponen tratar a la naturaleza como capital estratégico.

14:05 hs - Miércoles 02 de Septiembre de 2026

El agro argentino está acostumbrado a convivir con la incertidumbre. La variabilidad en los precios, los costos de financiamiento y los cambios regulatorios forman parte del día a día del productor. Sin embargo, hay un factor que gana protagonismo año tras año y que amenaza con redefinir las reglas del negocio: el riesgo climático. La Universidad Austral viene siguiendo de cerca esta transformación. La Encuesta de Necesidades del Productor Agropecuario (ENPA) y el Ag Barometer del Centro de Agronegocios y Alimentos ya muestran indicios de que los factores climáticos se convertirán en el principal desafío para los próximos años, independientemente de la escala de la explotación.

En el agro, los fenómenos climáticos extremos como sequías, inundaciones o altas temperaturas pueden afectar severamente los rindes, y con ello comprometer ingresos, capacidad de repago, el acceso al crédito y la rentabilidad para el productor y para toda la cadena de valor. Ejemplos de esto fueron el fenómeno de sequía que se encadenó por tres campañas seguidas entre 2020 y 2023 o el impacto brutal de la chicharrita en la campaña 23/24. Por eso, es momento de empezar a integrar el riesgo climático desde nuevas perspectivas.

El riesgo climático amplifica el riesgo productivo

Cuando un evento extremo golpea el rendimiento de un cultivo, las consecuencias no terminan en el lote, se trasladan a otros segmentos de la economía. En particular, cuanto más impredecibles e intensos son los eventos climáticos, las compañías aseguradoras encuentran mayores dificultades para estimar pérdidas y diseñar coberturas. Como resultado, las primas aumentan o ciertos productos no se ofrecen.

Sin seguros adecuados, el acceso al crédito se vuelve más complejo y costoso. La presión se traslada entonces al sistema financiero. El resultado final recae sobre el productor, que paga más caro cada préstamo y cada póliza, y sobre la economía en general, que ve enfriarse la producción y la inversión en sectores dinámicos.

Por eso, cada peso que se invierte en reducir vulnerabilidades frente al clima no es un gasto ambiental aislado: es una inversión para bajar costos financieros, estabilizar al sector y destrabar crecimiento.

Del recurso natural al capital natural

Frente a este escenario emergen nuevas preguntas: ¿cómo ajustar estrategias de producción cuando los eventos climáticos son más intensos, frecuentes y difíciles de anticipar? En ese sentido, ¿estamos mirando a la naturaleza de la forma correcta?

Históricamente, el suelo, el agua y otros recursos naturales fueron percibidos como bienes disponibles e inagotables, para ser utilizados en la producción sin límites. Esa mirada hoy muestra sus costos.

Cerca de la mitad de la economía mundial depende de manera directa de la naturaleza, y prácticamente toda la producción de alimentos depende de la salud del suelo. Cuando ese capital se degrada, no se resiente solo el campo: se resiente la economía entera.

Este cambio de paradigma empieza a ganar terreno: dejar de pensar la naturaleza como un recurso que se explota y empezar a tratarla como un activo económico y, al mismo tiempo, un organismo vivo capaz de regenerarse si se lo gestiona bien. El suelo, bajo esta lógica, no es una superficie sobre la que se siembra: es un sistema biológico que puede recuperarse, fortalecerse y volverse más resistente. O, por el contrario, puede agotarse hasta perder su capacidad productiva si no está bien gestionado.

Cuando el capital natural se deteriora, también se deteriora la capacidad del sistema productivo para resistir y recuperarse frente a eventos climáticos adversos. El efecto amplificador del riesgo climático sobre el riesgo productivo es sistémico: el acontecimiento climático es el disparador, pero sus consecuencias finales dependen de la historia y las condiciones actuales en las que se encuentra el propio sistema. Un suelo saludable, una adecuada gestión del agua y una mayor biodiversidad pueden aumentar la capacidad de un campo para absorber y recuperarse de determinados shocks.

Pensar la naturaleza como capital natural implica reconocer que la rentabilidad futura depende, en buena medida, de la calidad de los activos ambientales disponibles hoy.

Tecnología para la gestión de riesgo

En este contexto, la tecnología aparece no como una promesa abstracta sino como una herramienta concreta en manos del productor para gestionar riesgos.

Las tecnologías digitales, de precisión y las prácticas regenerativas suelen asociarse a mejoras de eficiencia y reducción de costos. Sin embargo, su aporte de valor es mucho más amplio cuando se las analiza desde la perspectiva de las funciones ecosistémicas que ayudan a fortalecer.

La pregunta clave es qué desafío contribuye a resolver cada tecnología. ¿Ayuda a mejorar la retención de agua? ¿Reduce la erosión? ¿Favorece la biodiversidad? ¿Contribuye a recuperar la salud del suelo? Esta mirada permite construir sistemas productivos más robustos, resilientes y capaces de absorber un shock climático en lugar de quebrarse frente a él.

Sin embargo, la evidencia muestra que muchos productores todavía no identifican plenamente estas prácticas como herramientas de gestión del riesgo. Superar esa brecha exige también un cambio de rol.

El desafío para el productor es pasar de una lógica centrada en la explotación de recursos a una visión empresarial orientada a la gestión del capital natural, buscando maximizar su rendimiento y servicios ecosistémicos en el tiempo, sabiendo que, si lo agota, agota también su propio negocio. Esto significa tomar decisiones pensando no solo en la próxima campaña, sino en el largo plazo.

Avanzar en esa dirección requiere mayores instancias de capacitación, servicios de extensión, acompañamiento, acceso a información y, sobre todo, un paquete de incentivos adecuados. Si preservar y regenerar el capital natural produce beneficios para toda la sociedad, esos beneficios deben ser reconocidos en las reglas económicas que orientan las decisiones privadas.

La discusión que hoy atraviesa al agro argentino forma parte de una tendencia global. Gobiernos, empresas y mercados financieros observan con creciente preocupación los riesgos climáticos y sus implicancias económicas. La Encuesta de Percepción de Riesgos del Foro Económico Mundial (2025) ubicó a cinco riesgos ambientales entre los diez más relevantes a nivel global, y el sector privado señaló a los eventos climáticos extremos como principal amenaza para los próximos años. América Latina y el Caribe, además, aparece como la región más preocupada por los riesgos climáticos.

Los relevamientos de la Universidad Austral refuerzan esta tendencia y enfatizan que, si bien los productores perciben el riesgo climático con claridad, todavía no logran traducirlo en estrategias concretas de gestión. Cerrar esa brecha entre la percepción de riesgo y su gestión es un gran desafío que tiene por delante el sector.

El Niño volverá a poner a prueba al campo argentino, pero también, como cada fenómeno climático extremo, puede convertirse en un incentivo para acelerar un cambio que ya está en marcha. La pregunta no es solo cómo resistir esta temporada, sino qué tipo de agro se quiere construir para las próximas. Transformar la amenaza en oportunidad significa animarse a pensar los activos naturales no como límites a sortear, sino como el capital sobre el que se construye la productividad, la rentabilidad y el crecimiento sostenible. Cuidar la naturaleza ya es parte del negocio.

En cuanto al autor:

Lara Colombo

Economista especializada en análisis ambiental y financiamiento climático. Investigadora del Centro de Agronegocios y Alimentos de la Universidad Austral, donde trabaja en el análisis económico del sector agropecuario, sustentabilidad y gestión de riesgos.