Del temor a ser parte de la solución: la IA y la crisis climática

Entre su huella ambiental y su potencial transformador, la Inteligencia Artificial plantea un desafío central: orientarla hacia un desarrollo sostenible

14:31 hs - Lunes 30 de Marzo de 2026

El tres veces ganador del Premio Pulitzer, Thomas Friedman, advertía en su columna de The New York Times titulada “We Are Opening the Lids on Two Giant Pandora’s Boxes” (2023) que la humanidad está abriendo simultáneamente dos fuerzas de una magnitud inédita: el cambio climático y la inteligencia artificial. Ambas nos otorgan capacidades casi divinas. Pero, al mismo tiempo, abren riesgos sistémicos difíciles de controlar. Y lo más inquietante es que están ocurriendo al mismo tiempo.

Frente a este escenario, la gobernanza internacional muestra signos evidentes de agotamiento. En materia climática, tras décadas de negociaciones y más de treinta conferencias globales (COP), el mundo no ha logrado revertir la crisis climática. En materia de inteligencia artificial, el problema es igualmente crítico: no se ha alcanzado aún un marco regulatorio que permita avanzar en innovación, pero que al mismo tiempo contenga sus riesgos. Entre la inacción y la sobrerregulación, el sistema internacional parece correr siempre detrás de los hechos.

Paradójicamente, mientras lo global se estanca, lo local comienza a mostrar mayor capacidad de respuesta. Gobiernos subnacionales, ciudades y actores territoriales están avanzando con más pragmatismo, entendiendo que los desafíos ya no son abstractos, sino materiales, a niveles que exceden a la escala humana.

Lejos de ser un fenómeno “virtual”, la IA tiene una huella concreta. En 2024, los centros de datos de Google consumieron más de 30,8 millones de MWh de electricidad según sus propios informes de sostenibilidad, aproximadamente doce veces el consumo total de una ciudad como Rosario. Es decir, una sola empresa puede demandar más energía que múltiples ciudades intermedias combinadas. A esto se suma el consumo de agua: cerca de 31 mil millones de litros anuales, utilizados principalmente para refrigeración.

Este dato revela una tensión estructural: la inteligencia artificial, que promete optimizar sistemas y hacer más eficiente el uso de recursos, es al mismo tiempo intensiva en energía y agua y aumenta los residuos electrónicos. Es un fenómeno dual, ya que por otro lado, ofrece soluciones innovadoras para enfrentar el cambio climático: desde la optimización de redes energéticas hasta la agricultura de precisión, la gestión de recursos hídricos o la mejora en la respuesta ante catástrofes. Un ejemplo es la iniciativa The Ocean Cleanup, una organización que utiliza IA para mapear la contaminación plástica y optimizar su recolección en océanos y ríos.

Esta tensión ya está redefiniendo la geografía de la infraestructura digital. En California, uno de los grandes polos tecnológicos del mundo, las restricciones energéticas, hídricas y regulatorias están limitando la expansión de nuevos centros de datos, desplazando inversiones hacia regiones con mayor disponibilidad de recursos. El problema, entonces, no es solo tecnológico, es territorial y geopolítico.

Frente a estos límites, comienzan a surgir soluciones que hace pocos años parecían improbables. Elon Musk plantea que el futuro de la IA podría estar fuera del planeta, con centros de datos en órbita alimentados por energía solar. Otras iniciativas han explorado el fondo del mar, aprovechando la refrigeración natural del océano. Todas estas propuestas, con distintos niveles de viabilidad, parten de un mismo diagnóstico: la Tierra empieza a quedar chica para sostener el crecimiento exponencial de la IA. Sin embargo, también existen oportunidades más cercanas. Países con disponibilidad de energías renovables, recursos hídricos y condiciones territoriales adecuadas —como Argentina— podrían posicionarse estratégicamente en esta nueva economía digital, siempre que lo hagan bajo criterios de sostenibilidad.

El desafío, en definitiva, no es elegir entre inteligencia artificial o ambiente, sino entender su interdependencia. Como señala Gustavo Béliz, uno de los referentes argentinos en la materia, la clave está en construir una gobernanza que permita canalizar el potencial de la IA hacia el desarrollo humano, sin profundizar las desigualdades ni los impactos ambientales.

Las “dos cajas de Pandora” ya están abiertas. La cuestión ya no es si podemos cerrarlas, sino si estaremos a la altura de gobernarlas. Porque en un mundo donde la tecnología y el clima están redefiniendo las reglas del juego, todavía estamos a tiempo de orientar esa transformación: no para frenar el cambio, sino para conducirlo hacia un desarrollo más justo, sostenible y humano. Bajo este paradigma, desde la FNGA trabajamos para aportar a ese camino y para que nuestra región se prepare, de modo que estos cambios no deriven en una catástrofe para la humanidad, sino en una solución global hacia un mundo mejor.