"Hace falta un congreso pedagógico con temas del siglo XXI"
El investigador Nicolás Arata reflexiona sobre los desafíos de la educación de la pospandemia en un continente desigual.

Sábado 09 de Abril de 2022

América Latina exhibe una triste cicatriz: la de ser una de las regiones más desiguales del planeta. “Eso significa que la persona más rica y la más pobre viven en nuestras sociedades”, advierte Nicolás Arata, licenciado en ciencias de la educación por la Universidad de Buenos Aires (UBA) y director de formación del Consejo Latinoamericano en Ciencias Sociales (Clacso). Las desigualdades en América Latina y el Caribe serán ejes del próximo encuentro de la 9ª Conferencia Latinoamericana y Caribeña de Ciencias Sociales, que Clacso organiza del 7 al 10 de junio en la Ciudad de México.

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Docente de posgrado e historiador de la educación, Arata estará presente en el encuentro regional, que contará entre otros con la conferencistas como Adriana Puiggrós, Dora Barrancos, Enrique Dussel, Rita Segato, Boaventura de Sousa Santos, Elizabeth Jelin, Karina Batthyány y Pablo Gentili. Desde Clacso advierten que el acceso al conocimiento se convirtió en uno de los nudos centrales de la desigualdad, al punto que según estimaciones de la Unesco, un 2,3 por ciento de los y las estudiantes del segundo ciclo de secundaria en América Latina y el Caribe no retomarán sus estudios luego de la pandemia. Para Arata, la clave pasa en no quedarse en el diagnóstico de esta dolorosa realidad, sino en pensar también posibles vías para su transformación. Y propone para el país un congreso pedagógico con desafíos del siglo XXI, como el medio ambiente, el combate al patriarcado y el rescate de raíces de la cultura local.

—Pensando en la desigualdad y en la construcción de narrativas opuestas al discurso neoliberal, el año pasado se cumplieron cien años del nacimiento de Paulo Freire y hubo mucha producción académica que propuso recuperar su legado en clave actual, como pasó en su momento también con Simón Rodríguez. ¿Cómo piensa la relectura de estas figuras?

—Traés dos figuras muy vibrantes para el pensamiento pedagógico latinoamericano. Situarnos dentro de esas tramas de la desigualdad en lo que hace a la dimensión educativa es fundamental. En el contexto de la pandemia una enorme cantidad de niñas, niños y adolescentes se quedaron sin escuela y no tuvieron las mismas posibilidades de conectarse y seguir vinculados a sus maestros y maestras para seguir aprendiendo. Aquí hay que decir dos cosas: en primer lugar, que esos maestros y maestras han tenido un rol absolutamente protagónico y fundamental en sostener la continuidad pedagógica en contextos muy complejos y para los cuáles no estábamos preparados. Y por otro lado, los Estados han dejado —a nivel regional— una serie de deudas para garantizar el derecho a la educación. Un derecho que está sancionado y presente en nuestras constituciones. No es algo que un Estado puede decidir hacer o no, lo tiene que garantizar. Entonces, ahí tenemos por un lado grandes protagonistas —los docentes— y por el otro debemos que hacer un balance crítico sobre el rol de los Estados en cómo garantizan ese derecho a la educación para la población. Lamentablemente el resultado de esa evaluación no nos va a dar bien. Es un tema que hay que pensar, porque así como imaginábamos no hace mucho tiempo que no íbamos a repetir una guerra de las proporciones que estamos atravesando como humanidad, tampoco hoy me atrevería a decir que no vamos a repetir una pandemia como la que nos encontramos. Creo que hay una cuestión fundamental de que los Estados diseñen y se anticipen a esos escenarios y formen, inviertan y se comprometan en poder trabajarlos. Es fundamental recuperar figuras como la de Paulo Freire para pensar estas cuestiones. El año pasado fue el centenario del nacimiento de Freire y él decía algo muy importante: que no solo había que interpretar el mundo, sino también transformarlo. Y ese es un mensaje que sin lugar a dudas puede ir hacia el discurso neoliberal, pero hay que tener en cuenta que ese mensaje es fundamentalmente para nosotros, porque la política neoliberal se encargó de transformar el mundo, y lo hizo de una manera absolutamente eficiente. Han transformado a la sociedad, en el lapso de las tres o cuatro últimas décadas de una manera categórica. Han creado e instalado una forma de entender, pensar y sentir el mundo que es hoy moneda corriente. Nosotros somos los que nos hemos quedado atrás en esa batalla, que primero es cultural y también es política, de cómo transformamos el mundo. Ahí me parece que es importante convocar a la historia. No solo Freire o Simón Rodríguez, sino irnos y reconocernos en ese legado cultural, político, pedagógico y social que lejos de ser una rémora que nos detiene y nos impide avanzar es nuestra plataforma para poder ir por más.

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Arata recupera la figura de Paulo Freire y recuerda que el educador brasileño decía que no solo había que interpretar el mundo, sino transformarlo.

—Implica la construcción de una hegemonía para no quedar rezagados.

—Claro, quedamos rezagados. Fijate el patriarcado como discurso tiene una capacidad de incidir en la cotidianeidad de nuestra vida, y especialmente en la vida de nuestras compañeras de una manera tremenda. Si nosotros no pensamos en una educación y en una pedagogía que transforme desde las bases esa estructura social estamos mal.

—En pandemia se vieron muchas publicaciones con registros de docentes sobre lo que habían vivido. Una necesidad de narrar lo que les estaba pasando. ¿Encontrás huellas de esto en otras épocas?

—Siempre los maestros y las maestras se volcaron a la escritura como una forma de narrar sus experiencias, fundamentalmente para poder compartirlas con otros y con otras. Pero también como una estrategia para elaborar el trauma. La escritura es el lugar que nos permite pensar, registrar y reflexionar sobre aquello que estamos soportando sobre nuestros cuerpos y de alguna manera con ese ejercicio de profunda subjetividad también objetivamos y sacamos fuera de nuestro cuerpo y colocamos en el papel o en la pantalla lo que pensamos, vivimos y nos toca atravesar para compartirlo con otros. Esos documentos son el archivo de una época que se puede pensar también en clave pedagógica. Que es fundamental pensarlo así porque, como venimos diciendo, una de las tramas de la desigualdad donde la pandemia ha incidido es en el campo educativo. Entonces es fundamental contar con ese archivo para poder pensarlo, procesarlo y seguramente discutirlo. Pero con esa información también anticipar escenarios futuros. El mayor drama al que estaríamos condenados es a no contar con esa información, esas reflexiones y la riqueza de ese acerbo, porque estaríamos condenados a repetir la historia. Qué importante, valioso, destacable y notable es que maestros y maestras, que están en la urgencia del día permanentemente, se hacen un tiempo extra que le sacan a su propio descanso para producir un material que es de una extraordinario valor.

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—Recuerdo un libro de Adriana Puiggrós “Qué paso en la educación argentina, desde la conquista al menemismo”. Durante el kirchnerismo se sancionaron muchas leyes (ESI, financiamiento, educación nacional, educación técnica). Desde la historia de la educación, ¿es posible analizar o trazar un balance sobre estas leyes?

—Toda época se puede leer en clave histórica y también vale hacerse la pregunta de qué es una época. Cómo pensar lo contemporáneo y cuán pregnado del pasado está lo contemporáneo. Hace poco la revista Times mostraba en tapa un tanque avanzando sobre Ucrania y el título era “la historia regresa”. Hay una pregnancia del pasado sobre el presente que es permanente, nos rodea. Lo importante es saber interpretarla. Ese es un libro maravilloso, como tantos que nos regaló la querida Adriana Puiggrós. Como historiadores de la educación siempre nuestro compromiso es con el presente. Y muchas veces las posiciones políticas que tomamos en ese contexto histórico específico se alimentan de argumentos que vienen de la historia, de tradiciones pedagógicas en las que nos reconocemos, que discutimos pero desde las que pensamos y asumimos la defensa de la escuela pública, de la universidad pública y del derecho a la educación. Por supuesto, una época tiene novedades y cosas que no han sucedido antes y que nos desafían a repensar sobre aquello que sabemos y sobre aquellas nuevas palabra, ideas o reflexiones que podemos producir en ese contexto. La pandemia de hecho fue un tembladeral en términos de conceptos y nociones a través de las cuáles pensamos la educación. A nadie —no en mi generación ni en la anterior— se le hubiera ocurrido pensar a la educación sin la escuela como espacio físico. Y sin embargo todos pudimos de la noche a la mañana pensar cómo mantener nuestro vínculo con los estudiantes a través de la virtualidad.

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Nicolás Arata, docente e investigador.

—En ese imaginario de una escuela distinta a la de la prepandemia, ¿qué posibilidades hay de establecer consensos vinculados a la educación? ¿Es posible avanzar en esto más allá de lo discursivo? Recuerdo una entrevista a Silvia Finocchio donde ella planteaba que la historia de la educación era de confrontación más que de consensos.

—Voy a tener que disentir con la querida Silvia, a quien respeto y quien ha producido grandes trabajos en el campo de la educación. Creo que la política es consenso y que la confrontación en todo caso nos tiene que servir como una instancia previa para poder llegar a acuerdos. Por lo menos así lo aprendí de mi maestra que es Adriana Puiggrós, que uno tiene que ponerse contento cuando dos políticos de fuerzas opuestas se sientan a hablar en la Cámara baja, porque implica que se está trabajando en construir esos consensos. Ahora bien, hay que pensar de qué están hechos esos consensos. Y en el caso educativo vuelvo a la historia. Este año se cumplen 140 años de la celebración del primer Congreso Pedagógico internacional. Julio Roca, 1882, se acaba de constituir el Estado argentino como tal, se federaliza la ciudad de Buenos Aires y un conjunto de escuelas de la Capital y de los territorios nacionales no tenían ley de educación. Entonces el gobierno de Roca, un gobierno conservador, llama a un congreso para que se debatan las bases educativas de lo que luego va a ser la ley 1.420 de educación, una ley conocida por todos y todas y querida. Una ley progresista, que estableció que en la Argentina la escuela primaria era pública, gratuita y para ambos sexos, que era laica. Esa ley surgió de una época que estaba marcada por fuertes matices conservadores, pero también de un gran consenso social que puso a la educación en manos del Estado, como un hecho que debía estar por encima de cualquier confrontación política e ideológica. Ahí creo hay una figura interesante para rescatar de la historia y qué interesante que, saliendo de una pandemia, nuestro Ministerio de Educación pudiera convocar a un congreso pedagógico con las características del siglo XXI, para poder llevar adelante un gran debate relativo a esto.

—Tengo que hacer una salvedad: Silvia Finocchio lo decía contra ese imaginario de que hubo una época dorada de consenso y que los grandes debates se dieron sin fricciones, cuando en realidad había proyectos en pugna.

—Totalmente. De hecho estoy contando del congreso pedagógico y fue una instancia en donde liberales y católicos confrontaron a muerte respecto de si nuestra escuela tenía que enseñar contenidos religiosos o no. Y se impuso una postura. Lo que digo es que hay una instancia de la política que implica un acuerdo, articular y definir un “vamos para allá”. Lo recorto sobre lo educativo pero lo podríamos hacer sobre la cuestión ambiental. Cómo no vamos a esperar de nuestros políticos que lleguen a un consenso respecto de una transición justa hacia un modelo ambiental diferente de este que nos está llevando al precipicio. Ahí sigo confiando mucho en la política como una instancia de acuerdos, aunque obviamente está atravesada por los conflictos.

—Y en este hipotético congreso pedagógico del siglo XXI ¿qué temas deberían estar presentes?

—La cuestión ambiental. La escuela tiene que ser ese espacio en donde se formen las nuevas generaciones, y que éstas nos transmitan a nosotros y nosotras un saber vinculado al ambiente y de los otros seres vivientes. Con respecto a la ESI, una escuela que combata desde el primer momento el patriarcado, que es la base y fuente de todas las desigualdades. E imagino una instancia que piense en una escuela que enseñe a reconocer las raíces, tradiciones y herencias de nuestra propia cultura, para de ahí pensar cómo conectarnos con el mundo. No significa hacer algo encerrado sobre sí mismo que dialoga con lo propio, sino reconocer y valorizar nuestra cultura para desde ahí conectar con ese ideal humanista de poder aportarle al mundo nuestros conocimientos y saberes, y dialogar con ellos.