El leguaje de los puños cerrados
¿Podemos reflexionar sobre los modos de paternar que no promuevan el blindaje emocional o la comunicación desde los golpes?

Sábado 08 de Abril de 2023

Luego de que mi madre falleció, las conversaciones con mi padre giraban en torno a temas que abordaban sus padecimientos durante su infancia, su juventud y sus estrategias de supervivencia, en tanto varón de clase social media baja. Una tarde me confió que cuándo murió su papá le dijeron que como era el hombrecito de la casa tenía que ir al velatorio y llevar el cajón. “Ese día me compraron zapatillas. Esas fueron mis primeras zapatillas, de color marroncitas, me acuerdo”, dijo. Luego mi padre, cambiando de tono, confesó: “Ni ese día pude llorar”. Su rostro, algo ensombrecido, parecía controlar sus emociones. Vaya uno a saber quién le dijo qué cosa acerca de andar emitiendo manifestaciones de vulnerabilidad emocional. Quebrarse no es buena señal, me aseguró.

Cuando yo era un niño, mi padre colgó en mi casa de Pueblo Esther una bolsa de boxeo, algo rústica, pero a los efectos de poner en marcha algunos preceptos como el de resolver ciertos conflictos a las trompadas, venía muy bien. Recuerdo que no me hacía mucha gracia hacerme la idea de pelear, pero era impensable echarme hacia atrás ante una afrenta. Tenía la mirada de mi padre que era la misma de todos mis congéneres varones, atentos a mis titubeos que se traducirían inmediatamente en certeros indicadores de falta de hombría.

Los episodios pugilísticos podían suscitarse en la escuela, el club o en la calle. Recuerdo peleas en todos esos ámbitos. En la escala de valoración de mi padre, no me iba mal, hasta que me topé con uno que me dejó el ojo en compota, y ahí tuve que vérmelas con la vergüenza ante mis compañeros y también en casa, ante las palabras admonitorias y lacerantes de papá.

Mi viejo, con apenas ocho años, tuvo la responsabilidad social de cargar a mi abuelo muerto y lamentar su orfandad hasta sus últimos días sin derramar una lágrima. Asumió su propia paternidad con estos “debe” en su historia. En mi caso, traté de no quedar atrapado en mi propio relato y transmitirle a mis hijos algo diferente de lo que había aprendido. Para mi padre aprender boxeo fue una forma de sobrevivir, para mí la práctica de kung fu y de karate fue una experiencia más ligada a lo recreativo, al dominio de mi cuerpo y a lo estético, más allá de la competitividad en esas artes marciales. Que la amenaza sartreana de que un hijo sea aplastado por el peso de su padre tuviera un efecto preventivo y que nuestro involucramiento en la crianza de nuestros hijos forje otros mandatos. ¿Podemos reflexionar sobre los modos de paternar que no promuevan el blindaje emocional o la comunicación desde el rudimentario y peligroso lenguaje de los puños cerrados? Se me ocurre que tal vez una de las certezas que deberíamos cultivar sea la de que tus hijos “nunca duden de tu amor”.

(*) Docente, psicólogo, capacitador en ESI y autor de “En el ojo de la tormenta: preguntas, confidencias y otras disquisiciones sobre el «deber ser» de los varones y la construcción de las masculinidades” (Laborde Editor).