Miércoles 21 de Agosto de 2013
Es evidente que el sabor del reconocimiento lo desacomoda. No se siente a gusto con la notoriedad. Este presente de bolsillos abultados y postergaciones archivadas no cambió su sencilla manera de vivir. Tampoco le hace caso a ese coro adulador que lo señala como el boxeador del momento, que llegó para ubicarse en otra vereda mediática a la que se para habitualmente Maravilla Martínez. Correr con la simple compañía de su perro Pirata, disfrutar cada momento con su hija Priscilla y refugiarse en una hostería en las afueras de Junín es la combinación ideal en la vida de Matthysse.
También la rotundidad de aquellos inicios en el boxeo le transforma el rostro a Lucas. Ya esa fiereza que transpira en un ring le da paso a ese chico que supo tallar la humildad en los moldes del sacrificio. Cuenta que todavía convive con las secuelas que le provocó la separación de sus padres cuando él tenía apenas 11 años y no le quedó otra que parar la olla de la familia peleando contra las necesidades y repartiendo verduras en un camión jaula por los pueblos: "Sufrí cuando mis viejos se separaron. Me fui a vivir con mi mamá y mi hermana Jennifer a Esperanza. Muchas veces no comíamos. Por suerte después conocimos a Juan Keller, una persona muy importante porque cumplió la función de mi papá. Me enseñó cómo debía conducirme por la vida y me marcó cuáles eran las cosas malas y las buenas.
"El boxeo es mi vida. No me imagino sin estar arriba del ring. A los 11 años empecé a ir al gimnasio para ver entrenar a mi viejo Mario, quien llegó a pelear con el Roña Castro. También aprendí mucho de mi tío Miguel Steimbach (ex boxeador) y hasta de mi mamá, quien llegó a realizar un par de peleas. Mi familia siempre estuvo ligada al boxeo. Lo llevamos en la sangre. Hasta mis hermanos Walter y Soledad llegaron a pelear por títulos mundiales. Mi hermana está casada con Mario Narváez, uno de los hermanos de Omar. Mi sobrino, el hijo de Walter, también ya tiene algunas peleas", detalla como si armara el árbol genealógico.