Jueves 06 de Octubre de 2011
En el año 2010, Alejandro y yo decidimos tener nuestro primer hijo. Quedé embarazada y a las 16 semanas supimos que era nena. Todo marchaba bien hasta que nos enteramos que Uma no estaba creciendo bien. A las 30 semanas de embarazo nació de urgencia con muy bajito peso. No sabíamos las causas, la placenta se estaba desprendiendo. Hoy sabemos que se formaron obstrucciones en la sangre que no permitieron que se siguiera alimentando correctamente. Luego de dos meses y medio en neonatología de la UOM Uma falleció el 14 de febrero de 2011 mientras la trasladábamos a La Plata para una operación intestinal. En medio del dolor, el abrazo interminable, la desesperación, decidimos salir adelante; la otra opción era morir, no queríamos permitirlo. Elegimos una estrellita en el cielo que lleva su nombre y nos acompaña cuando buscamos un lugar donde mirarla. Hoy sé que lo que tengo se llama trombofilia. Ese es el principal motivo de mi carta. Con un análisis que no se hace de rutina podés saber si tenés trombofilia y es importante para mí que todas las mujeres tomen conciencia y pidan a su médico una orden para hacerlo, ya que la trombofilia no es una enfermedad, es un estado predisponente de la sangre que afecta el estado de embarazo y se previene con una aspirineta infantil, y si es muy aguda con una dosis de heparina diaria. Podés salvar la vida de tu bebé. El segundo motivo de mi carta, es dar las gracias a los doctores y enfermeros que luchan diariamente con las pocas herramientas que ofrece el sistema de salud actual para sanar y salvar vidas. A las enfermeras de neo, aquellas que aman a los bebés como si fueran propios. No me olvidaría de la encargada de limpieza: mi bebé reconocía su voz mejor que la mía: Yamila, ¡gracias! Gracias a nuestros amigos, hermanos, cuñados, tíos y a mis padres, que están allí incondicionalmente para sostenernos. No me queda más que agradecerte a vos Uma, por enseñarme a sentir este amor tan puro y despojado de todo egoísmo. Por ser tan fuerte en todo momento, que hasta los médicos se sorprendían. Gracias por sonreír en el último instante de tu vida como dándome las gracias por dejarte partir. Con vos aprendí el amor y el dolor más grande, uno que jamás pensé que existía, pero también aprendí a sobreponerme, a seguir adelante a pesar de todo y en definitiva que así es la vida. A pesar del dolor indescriptible, sé que vendrán muchas cosas buenas por las que vale la pena vivirla y esperar. Hasta el día que nos reencontremos.
Marisa Arellano,
marisaarellano904@hotmail.com