Miércoles 10 de Noviembre de 2010
Cuando al anochecer del pasado jueves José Martín se dispuso a asegurar su caballo en la plazoleta del batey (casas del ingenio) de Vanguardia, al sur de la ciudad de Sancti Spíritus, habían transcurrido 57 minutos desde que los 61 pasajeros y siete tripulantes del vuelo de Aerocaribbean se ajustaran sus cinturones en la pista del aeropuerto internacional Antonio Maceo, en Santiago de Cuba, publicó el periódico digital Escambray, de Sancti Spíritus.
"Sentí un ruido gordo, duro −relata el lugareño− y cuando miré al cielo a principios no vi nada porque había unas nubes, pero luego sí, el avión estaba plano, parecía que iba a caer aquí mismo, entonces empezó a dar tumbos, a bajar rápidamente y se fue pegando al suelo hasta que explotó como una bomba. Salí y me encaramé en un tanque y vi que todo se encendió, sabía que allí no podía haber sobrevivientes".
Vanguadia, Paredes, Mayábuna, Guasimal... Las versiones se cruzan, se contradicen, convergen y se van tejiendo como los mismos marabuzales que debieron atravesar sus autores, machete en mano y en medio de una oscuridad infernal, para mirar con sus ojos lo que José Martín supo desde el mismo momento en que sintió aquel estampido.
El ATR-72-212 de Aerocaribbean que cubría la ruta entre Santiago de Cuba y La Habana había caído de panza en el fondo de los marabuzales impenetrables que cubren esa parte del territorio espirituano, una zona ganadera situada en las inmediaciones de las comunidades de Vanguardia y Mayábuna, a un costado de la presa Zaza.
Hasta ese sitio, afortunadamente deshabitado, pero de muy difícil acceso, intentaban llegar de inmediato decenas, quizás cientos de pobladores de lugares cercanos, rescatistas venidos desde Sancti Spíritus, fuerzas del Minint, las FAR, y las autoridades de la provincia.
"Fuimos a tratar de salvar a alguien, pero aquello estaba explotando, era una bola de candela que se veía a varios kilómetros y no se podía hacer nada", relata Jorge Luis Rosendo.
"Nunca había visto una candela tan grande −recuerda Lisvany Pérez, otro de los vecinos que llegó hasta el avión siniestrado rompiendo el marabú con el pecho del caballo y también con el suyo−, las llamas eran de un amarillo fuerte y después todo se ponía blanco como si fuera de día".