Viernes 05 de Abril de 2013
La verdad que no conozco muchos personajes famosos que rindan tributo a su lugar de nacimiento. Tampoco noto que gente de otras partes tenga un sentimiento de pertenencia por su ciudad tan importante, capaz de excluirse de la provincia donde está ubicada. Mucho menos, estando en el exterior que la presenten como lugar de providencia, como si fuera otro país: “¿De dónde sos?, de Rosario, Argentina”. Pareciera que todo el tiempo estamos intentando resaltar, mostrarnos como únicos e irrepetibles, y generar una curiosidad en los demás que provoca querer conocer Rosario. Un claro ejemplo se da en relación al fútbol –pasión que nos caracteriza de un modo lamentable últimamente–, cuando uno está de vacaciones en cualquier parte y se encuentra con otro argentino de una provincia o ciudad distinta, una pregunta obligada que nos hacen es “¿es cierto que en Rosario son muy enfermos de Central y Newell’s?”. Lo que lleva a una respuesta unánime: “Sí, es tremendo, ya ni un clásico amistoso se puede jugar, están todos locos”. Otra particularidad que nos simboliza es que estando fuera de la ciudad tendemos a comparar absolutamente todo. “Rosario es como el barrio más lindo que tiene Capital Federal; Córdoba no sé si es más grande, pero más linda seguro que no; Santa Fe no puede ser la capital de la provincia porque te morís de calor y te comen los mosquitos; Barcelona es muy parecida, pero tienen el mar que es lo único que nos faltaría; las esquinas y calles de París son como la zona de la Aduana y la intersección de Mendoza con Laprida; los parques tienen tintes londinenses e italianos con llanuras muy verdes, algunas fuentes y caminitos; somos una ciudad gay friendly como Amsterdam”. Somos poco más de un millón de habitantes, pero no importa adonde uno viaje, siempre se encuentra con un rosarino, es como si fuéramos 400 millones. Rosario es una ciudad pueblo en la que se mantienen muchas costumbres, tendencias y quilombos dignos de cualquier pueblo del país. En los barrios todos saben cuál es el quiosco carero y el que te vende alcohol a cualquier hora, la vecina que siempre jode con los ruidos molestos y la vereda limpia, el chanta que anda en algo turbio pero no se sabe bien en qué. La famosa ley del triángulo se cumple a la perfección, porque todos tenemos un amigo que conoce al “desconocido”, que deja de serlo cuando nos enteramos que es el primo, hermano, novio o conocido de alguien. Es imposible pasear por peatonal Córdoba un jueves a las seis de la tarde y no cruzarte con alguien de tu entorno, o salir a correr, caminar por el parque España y no ver una sola cara familiar. Rosario es una ciudad muy interesante para cualquier turista que tenga ganas de comer, beber, divertirse, pasear, tomar sol en la playa, ir al río, ir a tomar mates a los parques, jugar al fútbol, desestresarse de los problemas de las distancias porque en 20 minutos se llega a destino. Pero sobre todas las cosas los rosarinos somos atractivos porque llevamos un gen que nos caracteriza, nos hace distintos e inentendibles, odiosos y queribles al mismo tiempo. No sé si Rosario es la mejor ciudad para vivir, pero para un rosarino no hay nada mejor.
Ignacio Pellizzón