Sábado 26 de Junio de 2010
El boliche estaba colmado. No se podía respirar por la humareda tabacal y había que
cuidarse de que nadie nos volcara un gin tonic en la campera. En el aire sonaba una voz afinada y
detrás una banda que parecía un relojito. “Ella usó mi cabeza como un revólver/ e incendió mi
conciencia con sus demonios”, cantaba Gustavo Cerati. Y uno le daba un largo trago al Jack
Daniels. Ya era 1995.
Los años que se van no se van solos: suelen llevarse consigo a aquellos que alguna vez nos
iluminaron. En el desértico paisaje de un rock nacional que parece haberse divorciado de la poesía
y la sutileza, el ACV que golpeó al ex líder de Soda Stereo y lo mantiene postrado en una sala de
terapia intensiva del Instituto Fleni funciona como un directo a la mandíbula. Nocaut.
Cerati es un gran compositor, un sensible guitarrista y un notable cantante. Aunque se le
puedan cuestionar cierta tendencia al esnobismo y una leve pátina de artificialidad, esos
componentes son centrales en su estética. Yo nunca me desgarré las vestiduras por Soda: para mi
gusto, eran demasiado fríos y adolecían de un exceso de porteñidad concheta. Pero en el 86 el trío
me derrotó con “Signos”. Ese disco me pudo. Y en aquella época salvaje, de noches y más
noches de alcohol, lo escuché con el pulso acelerado.
Las chicas estaban todas de negro y fumaban como vampiros. “No seas tan cruel/ no
busques más pretextos”, cantaba GC. Y uno se sentía tentado de repetirles la frase a las
bellezas que nos miraban con ojos helados mientras se escudaban detrás de un Marlboro y un vodka.
Algunas eran crueles. Otras, apenas parecían. Pero ya no están más en las pistas, ni las crueles ni
las otras. Y yo tampoco.
La segunda explosión llegó en 1988. La primavera democrática estaba en retirada después del
“felices Pascuas” alfonsinista y la noche se había puesto cínica y amarga. Era el
momento ideal para letras como la de “Corazón delator”: “Un señuelo/ hay algo
oculto en cada sensación/ ella parece sospechar/ parece descubrir/ en mi debilidad/ los vestigios
de una hoguera/ oh mi corazón se vuelve delator”. No lo sabíamos, pero eran los momentos
previos al gran viraje, al cambio de timonel que casi termina por hundir al país-barco. Faltaba
poco para el menemato.
Los discos de GC como solista también tienen belleza. A mí me gustan sobre todo los primeros.
Me enternece, todavía, esa cosa spinetteana de “Amor amarillo” (1993). Y me emocionan
“Te llevo para que me lleves” y una joya llamada “Lisa” (para su hija, que
ahora tiene 14 años): la estoy escuchando mientras escribo.
Por no hablar del disco con Daniel Melero: “Colores santos”, de 1992, es una
perla secreta.
En los últimos años, tanto brillo se apagó un poco. Pero Cerati siempre estaba preparado para
despertar.
Acaso sea el gran descendiente del Flaco Spinetta. El rock argentino, que sabe bien lo que es
perder a los mejores cuando son jóvenes, lo necesita y está cabizbajo.
Cuando lo pienso inconsciente en una habitación de sanatorio, durmiendo un sueño que quién
sabe si tiene sueños, me entristezco y me rebelo. Quiero que quede claro que estas palabras no son
una despedida sino un abrazo, y sobre todo un ruego. Un ruego laico por la vuelta, como dice el
tango. Que Cerati no se vaya. Que se quede para cantar en la ciudad de la furia.
Hombres y mujeres alados lo esperan en la noche. En la noche que es nuestra, como Cerati.
Porque aunque nadie sepa de él, su música es parte de todos.