Sábado 29 de Agosto de 2009
Rosario es una ciudad que, en términos históricos, apenas está naciendo. Y su juventud, así como
es causa directa de la pujanza y la confianza en sí misma que la caracterizan, también le trae
problemas. Porque como todos los jóvenes, Rosario aún está construyendo su identidad.
Me acuerdo de una hermosa canción del cubano Silvio Rodríguez, “Al final de este
viaje”. Allí, el creador de “Ojalá” dice: “Somos prehistoria que tendrá el
futuro, somos los anales remotos del hombre, estos años son el pasado del cielo”. ¿Podemos
imaginar a Rosario en un futuro lejano?
Hagamos el ejercicio, aunque no esté de moda confiar en el porvenir, al cual se lo suele
asociar crecientemente con el desastre. Pero supongamos que todo sale más o menos bien, y entonces
Rosario se convierte en la previsible metrópoli junto al Paraná. Los cambios físicos, obviamente,
serán enormes. Muchos de los edificios que hoy vemos ya no estarán. (Ojalá duren algunos bares;
ojalá quede algún cine). Acaso sea el Monumento a la Bandera, esa mole de dudoso gusto, el único
testigo del brumoso pasado. Y claro: también quedarán (al menos, eso creemos) las palabras.
Por eso es importante Rafael Ielpi. Porque el Negro, tal como lo conocemos quienes lo
queremos desde hace mucho, es uno de esos tipos que han trabajado duro con las palabras para darle
identidad a este paisaje. Y si bien se ha destacado también en el ejercicio de la política
–de lo cual ha sido testigo este recinto– y de la función pública en el terreno de la
cultura, él se siente y se sabe fundamentalmente escritor. Para ser bien claros: antes que nada,
poeta.
Yo no quiero hacer un recorrido curricular de la vida del Rafa, sino tender cuatro o cinco
líneas que nos lleven hacia el corazón de su búsqueda, que nos conduzcan sin estaciones intermedias
hacia el sentido concreto de sus días. Aquí van: la ética personal incuestionable; la fraternidad
volcada sin cuentagotas; el ejercicio vocacional del pluralismo; la defensa irrenunciable de la
libertad; la convicción innegociable de que la cultura es cultura popular; el amor sin límites por
las palabras.
Y es que con ellas Rafael ha trabajado siempre, y siempre con talento. Ya desde los años
juveniles, cuando sus manos goteaban poesía como si fuera jugo de la misma vida sobre la extensión
fría pero grávida de la página en blanco. Ya desde la época en que entregaba su esfuerzo en el
marco de ese símbolo de la cultura popular que fue la Vigil. Escribió siempre, como letrista, como
periodista, como narrador, como historiador. Y como poeta, por supuesto: es en ese género –el
que más ama– donde produjo una obra inicial cuya resonancia recién comienza: “El vicio
absoluto”. Aunque atento a su propio espíritu, Ielpi siempre avanzó, tenaz, en el mismo
sentido: el que mira prioritariamente a su alrededor, al entorno, a la gente.
Así construyó una obra que, lo sabemos, permanecerá.
(Y aquí conviene detenerse, hacer memoria. Y por qué no: aunque incompletas, aunque
parciales, se torna necesario hacer listas. Ielpi, digamos, juega en el mismo equipo de Felipe
Aldana, de Leónidas Gambartes, de Chacho Muller, de Roberto Fontanarrosa, de Antonio Berni, de
Antonio Ríos, del Tano Eugenio Filipelli, de Juan Grela, de Rosa Wernicke, de Antonio Agri, de
Norberto Campos, de Jorge Riestra, de Facundo Marull, de Gary Vila Ortiz, de Alfredo Guido, de
Cortés y Roger Pla, de Hilarión y Cristián Hernández Larguía, de Fausto Hernández, de Juan Alvarez,
de Héctor Nicolás Zinni, de Manuel Musto, de Augusto Schiavoni. No importa quién va a al arco,
quién dirige ni quién se sienta en el banco: todos ellos, y faltan tantos, manejan la pelota de
manera magistral, gambetean hacia adelante y tienen puesta nuestra camiseta: la de los rosarinos).
El paisaje, sin nombre, no existe. Es abstracción helada, indiferencia cósmica, mundo
entregado a la soledad, puerta que da al desamparo. Ielpi es uno de quienes nombran este lugar por
nosotros y para nosotros, los que habitamos la ciudad y la amamos. Con el oído atento, la mano
diestra y el alma despierta, él construye signos que nos ayudan a seguir. Que nos llevan hacia el
futuro con paso firme y misión cierta. Que son, por su simple presencia y no por su contenido, la
expresión física de la esperanza.
La ciudad seguirá adelante. Nosotros somos el humus de los que vendrán, somos los que estamos
poniendo los cimientos. Pero ya comenzamos a ser, ya nos llamamos de cierta manera. No sólo gracias
al anónimo aporte cotidiano de quienes aquí vivieron sus días y entregaron su esfuerzo, sino
también por los tipos como Rafael, que nos hacen entender que en Rosario hay belleza, verdad y
misterio. Que quedarse vale, justamente, la pena.
Confieso que no me gusta demasiado la palabra “ilustre” porque parece establecer
jerarquías que alguien como Ielpi no valora ni persigue. Pero me parece hermoso y necesario que la
ciudad reconozca a sus mejores hijos. No se trata de haber nacido aquí, sino de haber
sido aquí. Trabajado aquí. Dejado, aquí, la huella y la semilla.
El Negro se merece nuestro agradecimiento y nuestro abrazo. Gracias, Rafa, por el trabajo y
las palabras.