Martes 28 de Julio de 2009
La aparición del libro póstumo de Cortázar, “Papeles inesperados”, despertó gran
curiosidad y después, comentarios.
Los más honestos coincidieron en que no se trata de ningún aporte fundamental, y acaso ni
siquiera necesario, en la obra del autor de “Bestiario”, “Los premios”,
“Las armas secretas” y “Rayuela”.
La pregunta es: ¿por qué, entonces, sabiendo que son sólo textos complementarios, el libro se
vende, se comenta y hasta se lee?
La respuesta no parece ser difícil: a Cortázar, simplemente, se lo extraña.
No sólo por su talento único, feroz, irreemplazable: también por su frescura, por su actitud,
por su sabiduría, por su irreverencia, por su luminosidad, por su juventud, por su cultura, por su
sentido del humor, por su bondad, por su compromiso.
Además de un gran escritor, era un tipo metido en la vida. Y que jugaba en el equipo de la
vida. Sin importar que peleara el descenso.
Qué falta nos hacen escritores así ahora, cuando la gran mayoría parece haber nacido de una
probeta para criarse en los pasillos de alguna facultad. Qué falta nos hacen los provocadores, los
tiernos, los locos, los que no tienen miedo y, si lo tienen, lo admiten con valentía. Qué falta nos
hacen los que apuestan fuerte, los que se saben reír, los que se queman en cada palabra, los que se
animan a desgarrarse. Los buenos. Los verdaderos. Los muertos.
Los que saben que el temor al ridículo es el peor de los temores. Los que entran en los bares
y hablan con la gente. Los que no se preocupan por encabezar las listas de best sellers, tienen
algo que decir y lo dicen en voz alta. Los que no se desviven por los premios sino por los libros.
Los que (casi) ya no existen.
Tanto Borges y Bioy, más Aira, Piglia y Pauls, horribles traducciones españolas o soporíferos
novelistas españoles que escriben en castellano “neutro”, han terminado por dejarnos
sin sangre. Nos hace falta una buena dosis de Sarmiento, José Hernández, Quiroga, González Tuñón,
Arlt, Manzi, Marechal, Martínez Estrada, Conti, el Saer de “Cicatrices”, el Gelman de
“Gotán”, Paco Urondo.
Y mucho Cortázar, hasta del malo.
Leamos otra vez a los que brillan, a los que sueñan, a los que se ensucian, a los que hacen
el amor, a los que nos aman.
A los que escriben para nosotros porque hablan como nosotros. Y porque son como nosotros.
Leamos a Cortázar. Una y otra vez.
Y otra vez.