Jueves 23 de Mayo de 2013
Hace unos días murió el dictador Jorge Rafael Videla. Se lo encontró sentado en el inodoro de su celda sin signos vitales. Videla fue quien encabezó el golpe de estado más sangriento de nuestra historia nacional, destituyendo el gobierno democrático de Isabel Estela Martínez de Perón, el 24 de marzo de 1976. Fue el primero en utilizar el término “desaparecidos”. Cuando en una conferencia de prensa se le preguntaba por la vida de las personas buscadas por sus familiares, respondió muy suelto de palabras: “No están ni vivos, ni muertos, están desaparecidos”. La expiración lo encontró juzgado y condenado por la Justicia, la sociedad y la historia. El fallecimiento del represor más sanguinario es el símbolo más fuerte y claro del “nunca más” que hoy exhibimos los argentinos. El desenlace del repudiable jerarca militar trajo innumerables sentimientos y reacciones, las que algunas de ellas no comparto. No fueron pocos los que celebraron y festejaron. Los que estamos seriamente comprometidos con la democracia, los derechos humanos, la dignidad de las personas, la justicia, la verdad y la memoria, honramos la vida. ¿De qué nos diferenciamos los que honramos la vida a los que han cometido crímenes de lesa humanidad? Nos diferenciamos en que repudiamos los actos de criminalidad, pero tenemos la capacidad de respetar la vida, aun la de un asesino como el mencionado, porque la vida está por encima de todo odio y rencor. Es el valor supremo que poseemos, incluso va más allá de la persona en cuestión. Si yo pudiera hablar cara a cara con Videla le diría: ¿sabe lo que me distingue de usted?, que repudio sus actos, pero respeto su vida, porque es algo que lo trasciende y que va mas allá de su persona, es un regalo del que usted no ha hecho mérito alguno…por eso festejar su muerte sería ponerme a su altura…”. No festejemos la muerte. Demostremos que somos mejores. Por nuestros hijos, por nosotros, por los que vendrán, ¡nunca más un Videla!
Dario Maruco