"No vuelvo más a una mina, basta de oscuridad, basta de tierra"
Mario Gómez quiere estar todo el tiempo con su familia y piensa en comprarse un camión.  También desnudó a una industria que operaba sin rigor en el cuidado de los mineros.

Domingo 24 de Octubre de 2010

“No vuelvo más a una mina, basta de oscuridad, basta de tierra”, aseguró Mario Gómez, el minero que junto a 32 compañeros estuvo atrapado en el yacimiento chileno de oro y cobre San José, a escasos kilómetros de Copiapó, y protagonizó la más extraordinaria historia de supervivencia al permanecer 69 días bajo 700 metros de roca sólida en el corazón de una mina colapsada.

  Durante un reportaje del Canal 7 Mendoza, Gómez se reveló como un hombre de gran fortaleza mental que decidió cambiar de vida. También desnudó a una industria que operaba sin rigor en el cuidado de los mineros. Guardó sin embargo los detalles más íntimos de lo vivido junto a sus compañeros durante la odisea, aferrándose a un pacto colectivo de reserva que sobrevoló toda la charla y que, sin embargo, todo indica que está a punto de romperse.

Carta premonitoria. Aurora de Chile 2083. Población Villa Manuel Rodríguez. Zona de casas bajas, calles estrechas y veredas bien limpias. Como en cada rincón de Chile, varias banderas flamean en lo alto de los techos. Quien vive en esa humilde casa de frente color mostaza no es otro que el minero Mario Gómez, quien envió la primera carta a la superficie y así el mundo supo del profundo amor por su mujer Liliana y su familia. Luego, en la misma sonda venía el ya mítico pedazo de papel con la leyenda inscripta de “Estamos bien en el refugio los 33”.

  “La carta la escribí como una semana antes de que la sonda nos encontrara. Estaba triste pero no sentía miedo, siempre tuve fe y esperanza. Yo sabía que iba a salir, tenía fe, pensaba en mi familia, en mis hermanos. Metí la carta en una bolsa plástica, la amarré con un elástico para que con el roce al sacarla no fuera a romperse, pero igual se carcomieron los márgenes” de la hoja.

  Mario viste saco marrón y remera roja. Tiene modales suaves y una voz firme, aunque más bien queda. Su historia es la de cualquier chileno trabajador del Norte que tuvo que internarse en una mina cuando aún tenía edad de escolar, y todavía le quedaban varios manuales por conocer.

  “Yo he sido minero desde los 13 años”, dice con un dejo de orgullo. Incluso el trabajo en las minas le ha costado un gran sacrificio y hasta tres dedos de su mano izquierda que perdió tras una explosión en 1990.

  Mario Gómez se muestra cauteloso durante la charla. Es que tiene mucha historia debajo de la tierra pero aún es un novato frente a las cámaras y los micrófonos. Y enseguida revela su flanco más sensible. Deja en claro, para alivio de su familia y en especial de sus hijas, que tras la epopéyica historia de los 33 no vuelve más a una mina.

  “A las minas no vuelvo más. Basta de oscuridad, basta de tierra. Quiero disfrutar lo que me queda porque no es mucho, entonces quiero estar con mi señora, mis hijas, mis nietos; disfrutar el máximo con ellos, donde yo vaya ellos irán conmigo a todos lados”, insiste.

  Es muy creyente y en todo su relato se cruza su devoción católica, mientras no suelta de sus manos el rosario que le obsequió durante la entrevista con Canal 7 Mendoza su mejor amigo Raúl Villegas, ese que pudo haber sido el minero atrapado número 34 y que por milagro escapó con su camión cuando la polvareda del derrumbe le cubría la espalda.

  “El (por Jesús) fue quien nos dio fuerzas, el que nos dio otra oportunidad; este rosario lo voy a poner en la cabecera de mi cama para siempre”, dice Mario con la mirada fija en el crucifijo. Detrás de cámara lo contemplan Liliana, su mujer, sus hijas y sus nietos.

  “Yo pensaba en mi familia y mis hermanos, sabía que ellos estaban sufriendo mucho porque pensaban que estábamos muertos; ahí abajo sentía la impotencia de no poder avisar que los 33 estábamos bien”, explicó.

  “El tiempo en la mina fue interminable para la gente de afuera, por eso de no saber qué pasaba. Para nosotros era distinto; yo me encomendé a Dios y a mi hermano, entonces el tiempo pasó rápidamente”.   Al señalar que se encomendó a su hermano revela un dato fascinante: Mario tiene siete hermanos, uno de los cuales murió hace dos años. Se llamaba Manuel.

  Durante su largo encierro Mario sintió en todo momento la “compañía” de Manuel, convencimiento que comparte su otro hermano, Segundo, quien se entrevistó con el equipo de UNO Medios poco antes de la charla televisiva del minero.

  “Nunca estuve solo, siempre pude sentir la presencia de Manuel. El murió en 2008 por un cáncer de pulmón; nunca lo saqué de la mente y me va acompañar siempre, como el primer día del derrumbe. El nos protegió a los 33”, asegura.

  El encierro lo marcó, como al resto de sus compañeros. “Antes del 5 de agosto los trabajadores de la mina San José éramos humildes, como siempre, pero hoy nos ha cambiado mucho la vida”.

  Y tras tantos días de encierro, la incógnita que se posó sobre los mineros era si saldrían indemnes o no de tamaña prueba, si no quedarían con secuelas psicológicas serias.

  “Psíquicamente me siento bien, perfecto. Y si ahora llego a tener dinero es algo a lo que no le tengo miedo; hay que saber distribuirlo. Si me alcanza voy a comprarme un camión, pero no para conducir en una mina porque como dije, ahí no vuelvo, eso fue lo que prometí. Sí pienso trabajar en camiones, pero en la superficie”.

  Mario revela que hay un pacto que sellaron los 33 para no hablar sobre lo que pasó dentro de la mina en los 69 días que permanecieron sepultados.

  “Sí hay un pacto, pero sospecho que en algún momento se va a romper y ahí vamos a hablar de todo lo que sucedió desde el 5 de agosto hasta que salimos de la cápsula” Fénix 2 que los sacó a la superficie.

  Precisamente aquel 5 de agosto Mario se hallaba en un momento de descanso en su habitual jornada de trabajo en las profundidades de la mina. “Yo estaba almorzando dentro del camión. Esperaba que me largaran (desobligaran), y de pronto, no es que sentí ruidos sino una onda expansiva que me tapó los oídos, una onda expansiva del aire que me dejó como sordo, atontado. Yo no sabía lo que había pasado, no intuí qué pasaba, pero algo andaba mal. Las revoluciones del motor del camión bajaron y casi se detuvieron; tenía un ventilador en el camión y también pasó lo mismo, se detuvo con la onda expansiva. Entonces, terminó de cargar el operador, salí al otro nivel y ahí se me vino la tierra encima. Me encontré con el jefe de turno (Luis Urzúa) y nos hizo bajar. Hasta ahí puedo contar por el tema del pacto”, dijo Mario.

Máscara salvadora. Mario fue quien peor estuvo tras el rescate por un cuadro de fuerte neumonía. Pero se recuperó muy pronto. “Debido a los problemas por haber trabajado toda la vida en mina, sufro de silicosis (enfermedad pulmonar irreversible). El miedo de los rescatistas era que yo no resistiera lo estrecho del túnel y que me faltara oxígeno. Fui sacado con una máscara especial traída desde Canadá que me daba oxígeno. Fui el primero en el mundo en usarla y realmente me ayudó, con eso me sentí bien”.

  Mario Gómez tiene esperanza de que la odisea que se vio obligado a vivir junto a otros 32 trabajadores sirva para motorizar un cambio para bien en las condiciones de trabajo en los yacimientos, consideradas precarias hasta por las mismas autoridades chilenas. “La empresa (minera San Esteban, que ahora enfrenta varios juicios por responsabilidad civil y penal, presentados tanto por los mineros como por la administración de Sebastián Piñera) nos dejó abandonados y el gobierno se hizo cargo de toda la operación. Incluso dicen que nos dieron por muertos. Con esto la historia va a cambiar. En Chile va a haber una fiscalización rigurosa. En pocos días, desde la tercera región hacia el Norte hubo 18 minas paradas; se está ejecutando con todo el rigor la ley de control porque esto nos ha servido de ejemplo para que fiscalicen lo mejor posible. Esto es un ejemplo para el mundo entero”, concluyó.