Domingo 06 de Julio de 2014
Norman Briski se define, apenas comienza la charla con La Capital, como un “mafioso del arte”. Y explica: “Porque para hacer algo lindo en la Argentina tenés que tener un carácter artístico fuerte, si no, no se puede hacer nada”. El actor regresó a Rosario para rodar “Brisas heladas”, la película del director rosarino Gustavo Postiglione, un policial adaptado de la obra de teatro del mismo nombre.
Briski, con una trayectoria reconocida en teatro, cine y televisión en Argentina, España y Estados Unidos -sus últimas intervenciones en el país fueron en cine en “Betibú”, en televisión en “En terapia” y tiene dos obras en cartel en su teatro Calibán- habló del “privilegio” de trabajar en una película del realizador de “El asadito” y “La peli”. Amable o irónico, pero siempre sensible y atento, no esquivó ningún tema, desde el cine y la pantalla chica, el teatro comercial y el independiente, hasta la actualidad, el desencanto y las utopías.
—Reincide con filmar en Rosario...
—Esta es la número cinco que hago con Gustavo. En esta quinta tenemos una de pistoleros y yo vendría a ser uno de ellos en un relato de tipo mafioso. Lo que siempre fui en mi vida: un mafioso del arte.
—¿Por qué se define así?
—Porque para hacer algo lindo en la Argentina tenés que tener un carácter artístico fuerte; si no, no se puede hacer nada.
—¿Considera que cumplió ese objetivo?
—No me dedico a llegar a ningún puerto, sino que voy viendo a donde me parece que es divertido trabajar. Te podría decir que elijo.
—¿Y por qué eligió este trabajo?
—Primero trabajar con Postiglione sería la garantía de que voy a hacer algo que me permite libertad de accionar. Después están los desafíos de roles. Hacer estas cosas me quedan lejos y por lo tanto me divierte acercarme. Además, el grupo con el que trabaja Gustavo siempre ha sido tan eficiente y tan cerca del trabajo nuestro que, aunque parezca mentira, por lo que nos pasa en la televisión y en otros lugares, jugar con gente entusiasmada es un privilegio. Además, soy santafesino.
—¿Cómo es su su personaje?
—La parte que me toca a mí es un personaje al que le roban un bolso, y lo interesante es que todo transcurre a partir de que yo quiero reconquistar mi bolso, y se entiende que los medios son violentos.
—Recién destacaba que en Rosario puede jugar o trabajar de manera distinta a como lo puede hacer en Buenos Aires. ¿Es una forma de trabajo menos estandarizada?
—Sin dudas. Empezando por las locaciones y por el compañerismo y la camaradería, es totalmente distinta. Más amigable, menos tensa en términos de que en la producción en cine en general, el capital produce tensiones. En este tipo de producciones eso desaparece. Aparecen más intereses artísticos que intereses de desarrollo industrial.
—El capital intenta también encontrar un rédito. ¿Cómo se articulan los objetivos artísticos y los comerciales?
—Sin duda, y está bien que se busque, pero que la obra no sea una especulación de mercado, sino que tenga un propósito creativo, de juego más libertario si se quiere.
—¿Se puede hablar de industria de cine en Argentina?
—Creo que sí porque la tecnología relacionada al cine hace que sea más accesible a los que quieran hacerlo. Eso ha cambiado mucho y favorece que los jóvenes puedan realizar sus cuentos.
—En ese contexto, ¿hace una diferenciación entre el cine comercial y el independiente que generalmente se encuadra en otros parámetros artísticos?
—Sí, es verdad, y eso se puede hacer porque la tecnología se modificó mucho para que pueda suceder. De todas maneras solamente pueden hacer cine los que están ligados a poder reunir los elementos tan cuantiosos que tiene el cine. En esta filmación hay casi 40 personas que veo alrededor, así que eso ya significa no solamente solventar esos trabajos sino una dinámica con lo grupal que es compleja.
—¿Cómo cree que se posiciona el cine argentino en la cartelera?
—Creo que hay una industria que está en transición. ¿Hacia dónde vamos con ese cine? En ese sentido hay tantos productos que tienen que ver con la especulación del mercado, que tiene que ver con hacer películas como si fuesen norteamericanas, y hay otro sector que cree que el mercado real de la Argentina tendría que estar hablando de lo que nos pasa, de lo que estamos atravesando y estar más ligada al fenómeno social, digamos.
—¿La televisión es una competencia para el cine o son dos elementos incomparables?
—Me parece que la aparición de la televisión, la ficción dentro de la televisión, ocupa el lugar del cine, que era quien estaba expresando con calidad determinada temática. Hoy me parece que no compiten, sino que son andariveles que cuando más separados estén mejor le va a hacer al cine.
—De acuerdo a su experiencia en televisión, ¿cree que cumple con objetivos artístico, culturales o comerciales?
—En general están todos intoxicados con la especulación de mercado. Son raras excepciones y en general podría decir que se mezclan calidades cinematográficas con temáticas sin demasiada densidad. Y lo mismo le pasó al cine de la industria norteamericana que se van alivianando los contenidos.
—¿Usted participó en “En terapia”. ¿La Televisión Pública está tan atenta como la privada a los ratings?
—Creo que sí, aunque puedan buscar formas estéticas distintas, pero no demasiado cambio. Creo que la televisión pública está buscando ser un canal de consumo.
—¿Que sea rentable o que se autofinancie es un objetivo viable?
—Está clara la intervención del Estado en la ficción y creo que es una ecuación que realmente es estudiable.
—Sin embargo a algunos sectores la palabra mercado les resulta irritante ¿Siempre debería ser así?
—Hay un mercado, que es un mercado especulativo y que tiene como propósito producir dividendos y también hay un mercado que se produce naturalmente en las sociedad que no está involucrado en tanta especulación. Es divertido, por ejemplo, un mercado de verduras. Hay un mercado que tenés que ir al supermercado, pero hay otro mercado que puede estar cerca de tu casa.
—Algo más cerca de la escala humana...
—Así es. Todo lo que está en los bordes, o lo que está fuera de la góndola parece que tiene mejor vinculación con el trabajo de la gente. Desgraciadamente hay un mercado popular, digamos, al que le resulta difícil tener la potencia que tienen los supermercados.
—Usted tiene en cartel “El barrio se subleva” y “Cincuenta Nereidas”. Con el teatro, ¿pasa algo similar en cuando a lo comercial y lo artístico?
—Mirá, también se podría caracterizar al teatro independiente como un mercado de teatro más ligado a las novedades culturales o estéticas, pero también ese teatro independiente empieza a tener características de teatro de consumo del privilegio, digamos. O sea que se complejiza todo en sentido de que hay un teatro de calle Corrientes, hay un teatro de un subsuelo, y hay un teatro que quiere ganar la plata de calle Corrientes en el subsuelo.
—Lo que dice suena a cierto desencanto...
—No, no, desencanto total, digamos. Falta de canto (risas).
—¿Este desencanto es transferible a otros ámbitos de la sociedad, de la política?
—Ni duda, claro. Es el negocio por la pobreza. Hacer negocios con la pobreza. El banco de los pobres, el crédito a los pobres. Y eso podría significar “pero ¿vos no querés que los pobres entren en el mercado?”. La respuesta sería: ¿entrarán en ese nuevo mercado de los pobres todos los estamentos de la pobreza o solamente un nuevo privilegio para pobres que sepan leer y escribir, tener el televisor, poder aplicar para una computadora?
—¿Qué le produce esto a alguien como usted, que siempre tuvo muy presente lo social, que vivió en el exilio?
—Me parece que es parte de las maniobras de los capitalismos sofisticados. Salimos del modelo neoliberal pero los autos que se hacen en Argentina solamente tienen el 15 por ciento de productos argentinos. O sea, estamos con alto grado de dependencia...
—¿Son nuevos nichos o segmentaciones del mercado?
—Lo que vos considerás segmentación es la idea del dominio. Si segmentamos vamos a dominar. El que divide, el que segmenta, porque la idea de esta segmentación es pobres que pueden, pobres que no pueden, ricos que son generosos... no hay segmento para eso... La segmentación es una idea del dominio: si segmentamos vamos a poder arreglar algunas cosas porque no hay una idea de igualdad en el sentido de que nadie viva del trabajo del otro, que no exista la heredad, que son las pautas para producir una sociedad estructuralmente distinta. Así lo que vamos a hacer es segmentar la lombriz porque sabemos que algunas partes de la lombriz pueden seguir sobreviviendo (risas). No trato de ser gracioso, pero me sale igual.
—¿Encuadraría eso en el terreno de la utopía, de la ilusión?
—Lo encuadraría siempre como lo que hay que buscar. No hay que buscar tanto el gatopardismo de arreglar algo para que todo siga igual. Hay una latencia en cualquier sociedad que está buscando eso porque hemos nacido para ser libres. Entonces no es una utopía sino que nos es natural, vital, buscar libertades nuevas. Lo que se llama utopía es porque de pronto vemos tan lejos, desilusiones, 30 mil muertos, tanta derrota, que me resulta casi imposible pensar que podemos construir sociedades más justas.
—La sociedad busca siempre ese sentido de justicia. ¿Lo está encontrando?
—Ahí me ponés en una pregunta que por suerte tengo la respuesta: no sé (risas).
—Pero es honesta...
—Desgraciadamente no sé. Puede ser que la esté buscando. Te digo por qué: todo cambio en serio es una discontinuidad, es algo que no se puede prever, no es previsible, como el afecto, el amor, no es previsible. Por suerte. Y también pasa con las cosas sociales. No es previsible cuándo vamos a tener la capacidad de producir una sociedad más igualitaria, más libertaria. Entonces lo único que tiene que hacer uno es colaborar para que esa cosa imprevisible en algún momento se pueda dar. Es como el amor: no se puede estar organizando para enamorarse. Tenés ganas y las ganas es el entusiasmo, la medida de tener la pauta de que a esta sociedad le falta menos.
—¿Desde el teatro se puede hacer algo con respecto a eso?
—Ahí se arma una cosa más teórica, que sería la capacidad de la subjetividad, de lo que no se ve, de lo que no se puede tocar. El teatro se dedica a mensajes no tangibles. No se la eficacia de todo eso porque también la subjetividad, el mensaje subiliminal y todo eso está a disposición de todos, no sólo de los que quieren cambiar sino de los que quieren que vos tomés una gaseosa. Pero el teatro tendría ese lugar: no cambia nada, pero produce movilizaciones en el pensamiento. Y tal vez con las características de convocar a la resistencia, de convocar a ver cómo sería una sociedad distinta o cómo irse de una familia que no te enseña nada.
—¿En “El barrio se subleva” tiene que ver con estos temas?
—Muchísimo. Es una persona que no sabe cómo, con otros, hacer una sociedad más linda. No sabe. Yo tampoco lo sé.
—Y mientras tanto, ¿queda la esperanza?
—Yo no soy esperanzoso... más bien soy de hacer lo que te entusiasma, lo que te gusta. Eso es el gran aporte para que aparezca el entusiasmo en otros, que aparezca la causa.
—Además esperanza implica esperar y eso genera mucha ansiedad, nada bueno para la salud...
—No lo dude (risas). Y yo esperar, no espero a nadie.