Viernes 08 de Octubre de 2010
El otorgamiento del Nobel de literatura a Mario Vargas Llosa ya disparó las primeras polémicas. Es que el narrador y ensayista peruano se ha ganado numerosos y acérrimos enemigos a partir de sus conocidas posiciones políticas e ideológicas, afines con el conservadurismo. Sin embargo, sus intolerantes críticos olvidan que se están refiriendo a un gran escritor, a alguien que maneja la lengua castellana del derecho y del revés, con majestad, legitimidad y astucia. Basta releer su primera novela, "La ciudad y los perros", potente, visceral, exacta. En sus páginas, tal como en las de "La casa verde", "Conversación en La Catedral" o "La tía Julia y el escribidor", Vargas Llosa da pruebas de elevada maestría. Y sobre todo combina de modo excepcional su vasta cultura literaria y dominio del español con el ingrediente al que
ineludiblemente debe apelar un escritor si pretende probar su relación con la vida: el habla. A pesar de su erudición, de su conocimiento profundo de la matriz cultural europea, Vargas no es un plumífero de biblioteca. En sus mejores obras se percibe una vinculación raigal entre la palabra y el pueblo del cual esas palabras provienen. ¿Y cómo no recordar con admiración su brillante ensayo sobre "Madame Bovary" y Flaubert, "La orgía perpetua"? Ya está: con eso y las novelas anteriores alcanza para justificar el Nobel. A pesar de que el paso de los años haya mellado el filo de su prosa, acentuando el oficio y mermando el riesgo, a pesar de que la adrenalina se haya tornado, en ocasiones, naftalina, el peruano tiene la estirpe de los grandes, de aquellos creadores que asumen sin miedo el gigantesco desafío que supone Hispanoamérica. No importa qué piensa, sino cómo escribe. Y sobre todo, cómo escribió. Acaso esa sea la síntesis que Vargas Llosa necesita para ser respetado y valorado.