Martes 06 de Octubre de 2020
El método de manipular o alterar la verdad, que hoy suele implementarse de manera rutinaria tanto en el país como en el mundo para condicionar los rumbos de la política, dista de ser novedoso en la historia humana. El nacionalsocialismo alemán, por ejemplo, fue maestro en su aplicación cotidiana: es sobre los basamentos de la mentira que logró construir su triunfo. Esa falsedad –que lo alimentaba desde las mismas raíces– estaba instalada incluso en los fundamentos filosóficos que sostuvieron al régimen asesino de Hitler.
Aún hoy, cuando tanta agua ha corrido debajo del puente, resulta frecuente que se asocien la figura y el pensamiento de Friedrich Nietzsche (1844-1900) con el antisemitismo más feroz, cuya expresión cumbre se construyó en Auschwitz. Al nombre del formidable creador del que acaso sea el libro más inquietante que haya dado la filosofía —nos referimos, claro está, a “Así habló Zaratustra”— se le adhiere habitualmente un aura impregnada de nacionalismo (en este caso, con zeta), transubstanciada en la imagen de fríos verdugos rubios, vestidos con el siniestro uniforme de las SS. Hitler estuvo presente en el velatorio de la hermana de Nietzsche, Elisabeth, en 1935. Ella le había hecho, poco tiempo atrás, un significativo obsequio: nada menos que el bastón que cotidianamente usaba el célebre pensador.
Leamos con atención, sin embargo, estas líneas extraídas de “Humano, demasiado humano”, obra clave dentro de la producción nietzscheana que se editó en abril de 1878 (citamos la traducción de Carlos Vergara en la edición española de Edaf, publicada en 1984): “Diremos de pasada que todo el problema de los judíos no existe más que en los límites de los Estados nacionales, en el sentido de que allí su actividad y su inteligencia superior, el capital de espíritu y de voluntad que amasaron durante largo tiempo, de generación en generación, en la escuela de la desgracia, debe llegar a predominar generalmente en una medida que despierta la envidia y el odio, de modo que en casi todas las naciones actuales —y esto tanto más en la medida que se dan más aires de nacionalismo— se propaga esa impertinencia de la prensa que consiste en llevar a los judíos al matadero como los representantes de todos los males posibles públicos y privados”.
Más claro, imposible: repárese en el certero comentario sobre el rol de la prensa escrita. Pero vayamos a un párrafo posterior dentro del mismo y magnífico texto (es el que lleva el número 475 en el libro): “A pesar de todo, quisiera saber, en una recopilación total, cuánto se le debe perdonar a un pueblo que, no sin culpa de todos, ha tenido entre todos los pueblos la historia más dolorosa, y a quien se le deben el hombre más digno de amor (el Cristo) y el sabio más íntegro (Spinoza), el libro más poderoso y la ley moral de más influencia en el mundo”.
Nietzsche modificaría más tarde su posición en torno de la figura de Jesús, de quien se convertiría en un feroz crítico, aunque si hay algo que resulta transparente es que era tan antisemita como Hitler democrático. En verdad, despreciaba profundamente a quienes cultivaban tan trágica forma del odio.
Pero ya lo sabemos: “Miente, miente, que algo quedará” (frase atribuida a Joseph Goebbels, ministro de Prensa y Propaganda del régimen nazi). También en nuestro país, en el marco de la penosa euforia mundialista de 1978, muchos salieron a proclamar que los argentinos eran “derechos y humanos” mientras en los campos de concentración de la dictadura se torturaba, asesinaba y desaparecía a miles de personas.
Las revulsivas ideas de Nietzsche, que junto con las de Marx y Freud revolucionarían el pensamiento del siglo veinte, fueron otra víctima del nazismo. La gran responsable de la confabulación que motorizó la falacia fue, como se sabe hoy, la misma Elisabeth, quien tras un fallido matrimonio con un furibundo antisemita (Friedrich, nada casualmente, no concurrió a la boda) se dedicó a explotar en su propio beneficio la figura y la obra de su genial hermano. De a poco, y gracias al esfuerzo de destacados especialistas, se ha ido descorriendo el velo. Nietzsche se hundió en las irreversibles sombras de la locura en 1889, dejando manuscritos inéditos de importancia crucial que fueron modificados por los responsables de su legado. Por fortuna, las actuales ediciones son fieles a su pluma y los equívocos se han disuelto, aunque tal como se dijo antes, las mentiras que se sembraron todavía manifiestan su poderosa influencia.
A los dueños del poder —suelen ser también los del dinero— jamás les ha preocupado la verdad: la asimilan irreductiblemente con su propio interés egoísta. Nietzsche fue víctima de las “fake news”, pero también lo han sido naciones enteras. La Argentina puede dar testimonio.