Domingo 31 de Enero de 2010
En las 385 páginas de su descargo ante imputaciones ventiladas en Tribunales y medios de prensa,
Mario Segovia posa los ojos en cosas pendientes. Lo más elemental: cómo había hecho para amasar un
patrimonio formidable un hombre que pocos años antes había sido mozo en los salones del Club
Provincial. Y que ahora es acusado de ser el mayor contrabandista nacional de estupefacientes.
En un texto en primera persona y colmado de jurisprudencia invierte las
acusaciones que lo llevaron a juicio con un contragolpe táctico. Se lo había acusado de haber
gastado fortunas que lo ponían al descubierto y dejado huellas en mensajes electrónicos y llamados.
El absorbe la crítica y la da vuelta: si no se preocupó en ocultar es, justamente, porque todo es
lícito. Nada había que esconder.
Afirma entonces que jamás vendió estupefacientes. La efedrina que alguna
vez negoció es, antes que un insumo para drogas sintéticas, una materia prima de la industria
farmacéutica “que ha resuelto enfermedades centenarias y salvado vidas”. Si en sus
archivos aparecían anotaciones sobre efedrina es porque en su momento, asegura, estudió “con
denuedo” el tema y realizó algunas compraventas que quedaron en la nada.
Con una tarjeta Visa suya se pagó la estadía en el Ros Tower de Rosario
de dos mexicanos detenidos veinte días después en Ezeiza con 9,5 kilos de metanfetaminas y presos
hasta hoy. Segovia dice que ese pago prueba la limpieza de su accionar, “dado que si fueran
criminales que preparaban un gran delito nunca los habría alojado en un gran hotel”.
Dice que él no es Héctor Germán Benítez, nombre que, según tres jueces
de distintas jurisdicciones, es la identidad bajo la que enmascaró su actividad ilegal. Que el
Rolls Royce es un vehículo que nunca compró. Que los testigos que lo implican “son todos unos
mentirosos” y que no hay certezas sino suposiciones en su contra. Este año se verá si las
cosas así enunciadas convencen a los jueces que lo aguardan en tribunales orales.