La memoria, ese pan cotidiano
Una evocación del golpe del 76 y sus trágicas consecuencias. Los recuerdos luminosos y los oscuros del pueblo argentino. El primer paso hacia la felicidad colectiva

Miércoles 24 de Marzo de 2021

Cuando el gran escritor estadounidense Edgar Allan Poe (1809-49) escribió su célebre poema “El cuervo” (The Raven) difícilmente hubiera sospechado que el lúgubre estribillo que recorre el texto se transformaría, mucho tiempo después, en la consigna que refleja el rechazo visceral del pueblo de una nación de América del Sur hacia una parte de su pasado. “Nunca más”, repite el ave negra del poema de Poe, como un oscuro augurio. “Nunca más”, reiteran como un mantra los argentinos para expresar su repudio por la dictadura cívico-militar que sometió al país entre 1976 y 1983: el siniestro régimen dejó un saldo de decenas de miles de desaparecidos, destruyó la industria nacional y cerró su ciclo con una guerra desastrosa donde la mayoría de las víctimas fueron conscriptos jóvenes, que antes de morir a manos del poderoso ejército británico recibieron indiferencia o maltrato. Nunca más, entonces: nunca más.

Hoy se cumple un nuevo aniversario del día en que comenzó la pesadilla. Fue en la mañana del 24 de marzo de 1976 cuando la Junta Militar integrada por Videla, Massera y Agosti ocupó el blanco y negro de las pantallas televisivas de la época para lanzar el “Comunicado Nº 1”. Insólitamente, muchos ciudadanos respiraron aliviados: se habían acostumbrado, acaso, a los golpes de Estado y sintieron que llegaban las soluciones de la mano de los militares. Pero la “solución” se pareció mucho, en este caso, a la “solución final” de los nazis: se avecinaban años trágicos para la Argentina.

Conviene remarcarlo: solo la catástrofe de Malvinas provocó el retroceso de la dictadura, que antes de abandonar el poder sancionó una ley de autoamnistía para los protagonistas de la salvaje represión que había perpetrado. Acaso la única consecuencia positiva de la derrota en las islas del Atlántico sur haya sido que gracias a ella, junto con la resistencia popular, se recuperó la democracia.

Los pueblos tienen memoria y se alimentan de ella. En el recuerdo de los argentinos están, por ejemplo, las voces de Carlos Gardel y Mercedes Sosa; los goles de Mario Alberto Kempes y Diego Armando Maradona; las estrofas del “Martín Fierro” de José Hernández; los bandoneones de Aníbal Troilo o Astor Piazzolla, y también la guitarra de Luis Alberto Spinetta; la abnegación ilimitada de Manuel Belgrano, el severo heroísmo de José de San Martín, los brazos levantados de Eva Perón y las manos unidas de Raúl Alfonsín, después de recitar el preámbulo de la Constitución nacional. Y en esa memoria popular también están, marcados a fuego para siempre, los horrores que se vivieron durante el autodenominado “Proceso”: son parte ya de una arraigada conciencia civil, que suele expresarse en las calles de manera multitudinaria.

68802605.jpg

Los pueblos tardan en comprender cuál es el camino hacia su propia felicidad: después de muchos sufrimientos, el argentino todavía está en esa búsqueda, que suele ser ardua y se cimenta, inevitablemente, sobre grandes consensos colectivos. Una de esas imprescindibles coincidencias sociales es, sin dudas, la que acabamos de mencionar: el “nunca más” nítido, contundente, definitivo. La memoria –pan cotidiano, ventana abierta hacia todo lo que nos salva– es también el primer paso para construir el futuro.