Domingo 21 de Octubre de 2012
Un angosto camino de cornisa, el llamado Cuesta de Miranda, convierte a la famosa ruta 40 de La Rioja en un particular atractivo turístico ya que en un trecho de 12 kilómetros tiene 400 curvas y asciende 800 metros.
La cuesta presenta en su entorno formaciones y relieves que el óxido de hierro tiñó de rojo y el "talco" de ese color, que se eleva con la más mínima brisa o movimiento, se adhiere a vehículos y a la ropa.
El rojo domina, pero no es omnipresente gracias al río Miranda, a veces lejano pero siempre visible desde la ruta, que aporta el celeste al reflejar el cielo y el blanco al romper en espuma contra las piedras, además de humedecer una amplia franja del valle de Famatina en la que brota el verde en diversos tonos.
La cuesta comienza a 35 kilómetros de Chilecito, la ciudad más cercana, en el kilómetro 3.838 de la ruta 40, en un puente sobre el río que murmura con sus rápidos en el fondo de una rojiza garganta a unos 35 metros y, tras cruzar la ruta, serpentea plateado en bajada, paralelo al camino que sube.
El Miranda, alimentado por deshielos es uno de los pocos ríos de la región que mantiene agua todo el año, y en su cruce con la ruta es balneario y sitio de acampe de los chileciteños, en tanto los paredones que lo encierran son una atracción para escaladores y practicantes del rappel.
Hasta el puente, la ruta mantiene una relativa horizontal y las curvas son amplias y con buena visión, pero unos kilómetros después del río termina el asfalto y comienza el ripio, que aunque sólido obliga a transitar a una velocidad menor y a poner mayor atención en el manejo.
Aunque se circule al ritmo que indican los carteles y la prudencia (entre 20 y 40 kilómetros por hora), el trayecto parece más vertiginoso por la cercanía de los paredones, las pircas y precipicios a los lados del estrecho y zigzagueante camino.
En el ascenso, a la derecha (noroeste) está el profundo y ancho valle surcado por el río, con su variada flora en contraste con el rojo del suelo y, sobre el horizonte, las montañas azuladas, verdosas y hasta ocres según la luz del día del cordón del Famatina.
A la izquierda, el paredón pegado a la ruta oculta la otra cara del valle, con el Cordón del Velazco que lo bordea por el sureste, y sólo se pueden ver en lo alto los cactus que asoman como vigías que observan al visitante allá abajo.
En algunas curvas se ve la cuesta desde "afuera", con cientos de cardones enhiestos en la empinada y abrupta ladera, como una infantería en ascenso para el asalto a las pircas que hacen de defensa o contención de vehículos en los bordes más riesgosos.
Camino difícil. Las curvas y contracurvas, subidas y bajadas se suceden con rapidez y se debe alertar a quien viene de frente y también aguzar el oído u observar las polvaredas espontáneas que advierten sobre la cercanía de otros vehículos imposibles de ver.
Quien conduce no puede disfrutar de las variantes del paisaje debido a la concentración que demanda el tránsito por lo difícil del camino, pero hay varios miradores que exponen el valle en toda su extensión, donde la paz y el silencio de la montaña llaman a relajarse y calmar la sed con unos mates o recostarse y cabecear un sueño entre las rocas.
Desde el último y más alto mirador, en Bordo Atravesado y a 2.020 metros de altitud se puede ver hacia atrás, como en un mapa, un panorama del camino de hormigas calado en las laderas en la década de 1920; hacia el oeste, parte de la precordillera, y hacia el sur, las sierras de los Tarjados, donde está el Talampaya.
La cuesta fue hecha sobre un sendero de animales y arrieros que, mucho antes, fue una ruta de los nativos y conformó parte del antiguo Camino del Inca hacia Mendoza y Chile.
Poco antes de llegar a Bordo Atravesado, límite de los departamentos Chilecito y Villa Unión, donde termina la cuesta, un sendero que surge hacia la izquierda permite un paseo por ese camino precolombino de los indígenas.