Lunes 03 de Octubre de 2011
Hace seis años decidí vivir en Ibarlucea, en un barrio de zona rural, pegadito a un arroyito dulzón. Casi como una evocación de la trova rosarina, desde el 2007 que ese arroyito se parece más a un río marrón. Una aparente apertura de canales clandestinos provocó el desborde y posterior inundación de la zona. Y pese a que se hizo más hondo y ancho su lecho, para evitar nuevos inconvenientes, lo cierto es que hoy vivimos rodeados de excrementos, y soy literal. Una de las tareas del adulto, por el solo hecho de serlo, es enseñar lo que se debe hacer, y lo que no, a nuestros pequeños. Imagino que puertas para adentro la basura se arroja en el lugar apropiado, y por ello me resulta complejo entender por qué esto cambia del otro lado del zaguán. El canal Ibarlucea recibe los afluentes que vecinos poco ejemplares arrojan por doquier. Mal olor, contaminación, riesgo de desarrollar enfermedades, situaciones que generan un malestar ciudadano y que suceden ante la silenciosa y cómplice mirada de gobernantes y funcionarios: nacionales, provinciales, municipales y comunales. Yo, inflado de orgullo, trato de convencerlos de que en realidad hemos logrado lo que tantos rosarinos desean: ser como los bonaerenses y tener nuestro propio Riachuelo. Para apreciarlo basta con mirar el color verdoso y fluorescente de sus aguas, y aspirar hondamente el hedor que cada mañana nos transporta a los vecinos a un lugar del que quisiéramos huir. Me pregunto entonces si construir ciudadanía no será una lección que nosotros, los grandes, habremos reprobado.
Enrique Gimenez, DNI. 14.938.167