Viernes 30 de Septiembre de 2011
En 1939 mi familia debió trasladarse a Bella Vista, Corrientes, por cuestiones laborales de mi padre. Me trasladaron de la escuela de Rosario a una de esa ciudad para que curse el quinto grado. Era una escuela muy pobre, y muchos alumnos no tenían reloj. La escuela tenía un campanario que tocaba quince minutos antes para llamar a sus alumnos a clase. Pero la enseñanza era excelente. Un sábado que teníamos clases, la maestra nos dijo que el lunes no fuéramos a la escuela porque comenzaba un paro docente porque el gobierno les adeudaba once meses de sueldos. Pero que el gremio, al decidir el paro en toda la provincia, les había ordenado continuar las clases en aulas paralelas, fuera de la escuela. Así que debíamos ir el lunes a la casa de un maestro, que tenía lugar para nuestra aula, donde ella continuaría las clases. Las clases continuaron con tan buen nivel que cuando nos enseñó presión atmosférica, trajo una cubeta con mercurio y una pipeta e hizo en clase la experiencia de Torricelli. Al terminar las clases, la huelga continuaba y la maestra nos dio las libretas firmadas a los que pasábamos de grado pero nos advirtió que fuéramos a la escuela porque debía firmarlas el director y ponernos en el registro y que ella no sabía si lo haría porque no habíamos ido a la escuela. Muertos de miedo fuimos todos a la escuela y el director, que sabía que no habíamos perdido ni una hora de clase, nos firmó la libreta. Unos días después debían tomar exámenes a alumnos libres. El gobierno les pagó tres meses de los once que adeudaba y accedieron a tomar esos exámenes. Ellos hicieron valer sus derechos, pero respetaron los de sus alumnos, que eran el motivo por el cual ellos existían. ¡Esos eran maestros!
Oscar Gennaro