Domingo 13 de Marzo de 2011
Como en "Amores perros" y en "Babel", el director cinematográfico Alejandro González Iñáturri vuelve a hacer gala de su enorme capacidad para mostrar lo que Occidente no quiere ver de sí mismo. La miseria, el desamparo, la impotencia y la muerte de millones de personas aparecen en primer plano, como para que nadie pueda alegar ignorancia sobre cómo pasa la vida para muchos.
En "Biutiful" el marco de la historia es una ciudad española recorrida por inmigrantes africanos que venden subrepticiamente; con talleres de chinos que fabrican mercadería adulterada —también subrepticiamente—, y europeos que apenas sobreviven colgados en el estribo del tren expreso del "primer mundo" que no quieren abandonar.
El relato hace centro en un buscavidas y médium de personas fallecidas. El hombre descubre que tiene una grave enfermedad en su fase terminal y debe encontrar rápidamente el modo de dejar a sus pequeños hijos a buen resguardo, ya que su mujer lucha contra el alcohol y sus enfermedades nerviosas. Un caldo de cultivo especial para un director que dedica su tiempo a señalar lo mucho y malo y lo poco y bueno que hay a su alcance en el mundo que le toca vivir. Iñáturri refleja la dialéctica que domina el siglo XXI, con los movimientos migratorios de los países periféricos hacia la –hasta ahora– opulenta metrópoli que es Europa en su conjunto.
Durante la desesperada pelea por una supervivencia efímera que sostiene Uxbal (Javier Bardem), se van destapando los rincones oscuros de una ciudad que esconde entre sus pliegues a personajes sórdidos, víctimas de un sistema que suele mostrar solamente una vidriera con las luces encendidas.
Con los días contados, el protagonista debe negociar con policías e inmigrantes ilegales, para ganarse el sustento. Paralelamente debe cuidar de sus hijos, de quienes tiene la custodia, porque su mujer no puede valerse por sí misma.
La desesperación se convierte en una bola de nieve que crece y oprime a medida que el tiempo corre en su marcha inexorable.
Con tal desalentador panorama el director encuentra un resquicio para colar una esperanza que ilumina, aunque débilmente, el dilema existencial que acosa al hombre: la inevitabilidad de la muerte.
Si como dice Fito Páez en una canción "la vida es una moneda", aquí, la muerte no es la contracara de la vida sino el canto, el borde que hay que salvar para pasar al otro lado. Y el director sugiere que del otro lado de la vida hay otra cosa.
Con menos extensión la historia hubiese resultado más contundente. Aunque Iñáturri confirma sus enormes dotes de observador de la realidad y cultor de una especie de realismo mágico cinematográfico.
M.M.