Lunes 23 de Noviembre de 2009
La casa es amable, sobria, de una sola planta. La compró con el aporte de su único hermano, un
ingeniero que vive en Neuquén, porque viene de una década a pura pérdida. Carlos Fraticelli toma
mate en la cocina. En la mesa de madera están los diarios del sábado con la noticia de que cinco
jueces lo declararon absuelto en la investigación por la muerte de su hija Natalia. Un rato antes
los vecinos que pasaban por Colón al 500 en Rufino lo saludaban con naturalidad. Hablar de los
elementos que lo empujaron a la prisión perpetua ahora revocada es un poco impertinente. Aunque tal
vez no inoportuno del todo porque algunos de ellos, rebatidos con dureza en el último fallo,
todavía se deslizan como fantasmas en parte del público que siguió este caso por nueve años y
medio.
“He sido condenado con prejuicios increíbles y creo que hasta me
jugó en contra tener cara de loco. Esto influyó en el ánimo de los juzgadores porque influía en la
gente. Se llegó a decir que no estaba acongojado porque no lloraba y eso se usó para probar en la
sentencia que Natalia era un estorbo para nosotros. ¿Cómo calificaría eso?”, pregunta
Fraticelli.
—Su defensa dice que la base de su condena fue por la confusión
mayúscula del primer momento. Hábleme de eso.
—Yo actué como padre y a pesar de lo que me pasó actuaría de la
misma manera. El 20 de mayo de 2000 mi ex mujer me llama a las 8.20 de la mañana y a los gritos me
pide que vaya a ver a Nati. Ella tenía dos bolsas en la cabeza que había usado yo para traer
expedientes del juzgado. Yo no sabía si estaba viva o muerta. Lo que hice fue de un manotazo
arrancarle las bolsas. Mi ex mujer me dice que estaba calentita por lo que llamamos al médico. Fue
algo lógico: si alguien ve a un hombre tirado en la calle llama a un médico. Pero como llamé al
médico antes que a la policía se pensó que estaba encubriendo algo y eso se usó para condenarme.
¡Era mi hija! ¿Cómo no iba a llamar al médico? Estaba desesperado.
—Al decirle al médico que faltaba plata y lo de las bolsas en la
cabeza usted parecía advertir sobre un crimen. Eso lo complicó porque nadie hasta entonces
imaginaba eso.
—El médico (Hugo Costa) declaró que si yo no le hubiera hablado de
las bolsas en la cabeza él firmaba el certificado de defunción por muerte natural. Sabía que Nati
era epiléptica. Me dijo: “Carlos, esto es una muerte por aneurisma”. Si yo hubiera
querido encubrir algo me quedaba callado. Después mi mujer me dijo que había faltado dinero. Ante
eso el médico no firmó. ¡Póngase en mi lugar! Veo a mi hija con dos bolsas en la cabeza, mi mujer
me dice que faltó plata, yo me pregunté: “¿Qué pasó aquí?” Eso volcó las sospechas en
mi contra.
—Imagine cómo habría actuado usted como juez ante un acusado que
habla de un robo que no queda probado, de terceras personas que no estuvieron en la casa, que
supuestamente sugiere a su esposa cómo acomodar su declaración inicial...
—Me habla de algunas cosas que se impusieron como ciertas pero que
no fueron ciertas. Tal vez hubo alguien más en la casa. La puerta estuvo sin llave hasta que yo
llegué a la 1.20. Pero los primeros días todo era confusión. Ante su pregunta le digo: yo como juez
habría entendido la situación humana de un padre que acaba de perder un hijo. Obré de acuerdo a mi
sorpresa sin saber lo que había pasado. Yo era una persona shockeada. Sólo lo entenderán quienes
hayan perdido un hijo.
—Usted hoy plantea que Natalia se quitó la vida. Pero en esos días
pedía saber quién la había matado.
—A los dos días de la muerte de mi hija llegó mi cuñada a la
clínica donde estaba internado y me dijo: “Carlos, en la televisión dicen que a Natalia la
mató el kinesiólogo”. Lo que yo pedí era que se investigaran todas las hipótesis y que si la
habían matado se dijera quién había sido. Esa noche yo llegué a mi casa tras una relación
extramatrimonial a la 1.20 y me acosté a dormir. Me despertó mi mujer a las 8.20 a los gritos. Fui
a la habitación de mi hija y la vi con dos bolsas de nailon en la cabeza. Era juez. Pensé: ¿Esto es
una venganza contra mí?
—En el fallo sugieren que modificaron la escena de la muerte.
—Ya se sabe que nunca tuvo las manos atadas: hay pruebas forenses.
La puerta estuvo sin llave hasta la 1.30 de la mañana. Y según nueva prueba Nati estuvo en un
cumpleaños al que no pudo entrar y llegó a casa acompañada de un chico. Yo pedí que se investigara
eso. A mi casa pudo haber entrado alguien.
—¿Qué cree que pasó?
—Al principio tenía incertidumbre total. Pero cuando leí el
informe de Ulises Cardoso me convencí de que fue un suicidio. La idea de crimen en el expediente se
la debemos a (Luis) Petinari, el forense que tiró el cerebro a la basura, rompió el hueso hioides y
habló de estrangulamiento. Pero muchos estudios demuestran el suicidio. El suicidio con bolsas
plásticas se suele dar en adolescentes mujeres de 12 a 16 años y aumenta en quienes tienen
problemas de epilepsia. Pueden buscar en google: Hilda Marchiori, “El suicidio, informe
criminológico”. Cuando leí todo eso y vi que Nati tomó de 22 a 28 pastillas de Uxen Retard
despejé mis dudas. Además ella venía de pasar una gran frustración esa noche que la pudo empujar a
eso.
—También se dijo que usted dio instrucciones a su familia sobre cómo
declarar.
—Fue otra mentira. Al llegar del cementerio entré en un estado de
desesperación. Le dije a mi amiga Martha Saluzzo: “Se acabó mi vida”. Tomé un montón de
pastillas que encontré, me descompuse y me internaron. Allí se habló de que instruí a mi ex mujer
sobre cómo declarar. Me llamó ella y le dije: “Explicame qué pasó con todo esto”. Fue
una conversación de buena fe. Pero me jugaron sucio: no me preguntaron por eso en la indagatoria y
luego usaron en la sentencia que yo había dirigido la declaración judicial de mi esposa desde la
clínica.
—Usted pasa de estar condenado a perpetua por matar a su hija a
que cinco jueces lo absuelvan. ¿Qué cree que gestó semejante cambio?
—Cuando yo me enteré el 13 de marzo de 2004 que la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos (Cidh) había aceptado revisar mi caso dije: “Se terminó.
Voy a ser libre”. Era la primera vez en la historia de Santa Fe que se admitía allí un caso
sin sentencia definitiva. Luego vino el fallo de la Corte de la Nación que puso en papelón al Poder
Judicial de Santa Fe. Eso es lo que pasó entre un fallo y otro: que intervinieron tribunales de
afuera de la provincia. Acá me condenaron sin garantías y sin pruebas.
—¿Supone que la intención era llegar a la condena como fuera desde
el principio?
—Cuando (el entonces jefe de la Unidad Regional VIII Ricardo)
Milicic me tomó declaración, delante del fiscal y el secretario civil me dijo: “Carlos, por
orden de Reutemann esto se tiene que resolver antes del 25 de mayo, porque no quiere en la
provincia otro caso María Soledad”. El procurador Jorge Bof, que fue ministro de Gobierno de
Reutemann, le dio órdenes a la fiscal Mastrocesare para que acelerara la acusación. En la cabeza
del Poder Judicial estaban Rafael Gutiérrez, primo de Reutemann, y Roberto Falistocco, un hombre
del PJ. Todo el Poder Judicial estaba en sintonía con el Poder Ejecutivo. Por eso en todas las
instancias de la provincia confirmaron todo. Y por eso le pedí a Binner que al cubrir vacantes en
la Corte utilice un sistema semejante al de la Nación, para que nadie atraviese una circunstancia
tan cruel como la que yo viví.
—¿Se siente en condiciones de reclamar su cargo de juez?
—Teniendo en cuenta un dictamen de la Cidh debería poder volver:
es el caso de dos jueces del Tribunal Superior del Perú que fueron apartados por un delito,
resultaron absueltos y debieron restituirlos. Pero un juez, sobre todo en comunidades chicas,
además de idoneidad tiene que tener credibilidad en la población. Si Rufino tiene 20 mil habitantes
y 10 mil no están de acuerdo yo no puedo volver a ser juez. La gente que no me quiera tiene derecho
a impugnarme ante la Corte mediante cartas u otros medios.
—Al principio flotó cierta sospecha hacia su hijo Franco.
Inclusive uno de los conjueces dice que abrigó sospechas contra él.
—Otra cosa que está para la mona, expresa eso en el fallo y mi
hijo ni siquiera está imputado. Está probado que Franco durmió en lo de su abuela esa noche. Pero
creo que la base de la sospecha es otro prejuicio más: Franco era hijo adoptivo y morocho. Natalia
era hija biológica y rubia. Entonces se armó una teoría del resentimiento del hijo adoptivo. Franco
tenía un amor inmenso hacia su hermana y ella sentía lo mismo.
—¿Está en contacto con él?
—Claro que sí. Se casó el viernes en San Juan. No pude ir porque
tenía que notificarme del fallo de mi absolución.
—¿Qué representó esta situación económicamente para usted?
—Una ruina. Si no hubiera aparecido Norma Tejedor en mi vida no sé
cómo me habría arreglado. No tengo bienes más que la casa de calle San Juan que está embargada por
la fianza que tuve que ofrecer para ser liberado hace tres años. Cobramos un alquiler por esa casa
de 1.200 pesos de los que me toca la mitad. Vivimos de los sueldos de docentes en el colegio
terciario y tengo algunos alumnos particulares por hora de la Facultad de Derecho de Rosario.
—¿Qué quiere hacer ahora?
—Olvidarme de todo.
— ¿Siente rencor?
—Siento dolor. Se murió mi hija y me pasó todo esto.