Sábado 26 de Diciembre de 2009
“Dios me sostuvo”. Héctor Labanca tiene 89 años y es pastor de la Iglesia de los
Hermanos en la Argentina, una congregación evangélica con cinco templos en el departamento Rosario.
En plena tarde de Navidad, el religioso suelta esa frase como conclusión del feroz ataque que
sufrió la madrugada del 24 mientras descansaba en su habitación. Dos ladrones se introdujeron por
una ventana y, en busca de dinero, lo sometieron a una golpiza formidable para robarle dos mil
pesos y mil dólares.
Labanca está radicado desde 1963 en el barrio de Tablada, en la zona sur
de la ciudad. Allí, sobre Amenábar al 200, entre Colón y Ayacucho, levantó un centro de oración y,
en el mismo predio, su casa. En ese lugar crecieron sus cinco hijos. Antes vivió y trabajó en
Córdoba, Buenos Aires y Victoria, Entre Ríos.
La tarea. En diálogo con La Capital , manifestó que se dedica a “llevar la
palabra de Dios a todas partes” desde 1954. Esa tarea evangelizadora no sólo la realiza en
las zonas más conflictivas de Tablada. También visita con cierta regularidad las cárceles.
“Es más fácil desviarse que permanecer junto a Cristo. Usted sabe que el mundo está lleno de
tentaciones”, dijo como para explicar los hechos de violencia que ocurren a diario.
El tono firme y potente de su voz entra en colisión con lo que proyecta
su imagen tras el ataque que sufrió. La vitalidad y lucidez que demuestra al hablar no le quita
dramatismo a lo que vivió.
Cinco puntos de sutura en la cabeza, el ojo izquierdo deformado y morado
y enormes hematomas en el pecho, espalda y hombros, que se van expandiendo conforme la sangre
empieza a circular. “Me pegaron dormido, traté de defenderme, les dije: soy pastor y
cristiano, pero no tuvieron piedad. Pero aguanté bastante”, recordó Labanca, junto a su nieto
y uno de sus yernos, mientas llegaban desde la calle esporádicas explosiones de petardos.
La madrugada del 24 era calurosa y húmeda. Labanca recordó que decidió
dormir con la ventana del dormitorio que da hacia un patio trasero de su vivienda abierta, sólo
cubierta con un mosquitero. Eran las 4.30 cuando los delincuentes llegaron por los techos de las
casas vecinas. Primero arribaron a la terraza de la iglesia y de allí bajaron por una escalera que
desemboca en el patio trasero frente a la ventana.
Tras romper la tela metálica, los ladrones avanzaron sobre el anciano y
sin perder un instante comenzaron a hostigarlo violentamente. Lo golpearon con un trozo de hierro
mientras estaba acostado. “Lo único que dijeron era que querían la plata y no paraban de
pegarme”, dijo Labanca. El religioso no resistió mucho y de inmediato les indicó dónde
guardaba el dinero de la jubilación de pastor, más un monto extra que había cobrado por aguinaldo y
unos ahorros. Sólo así logró que la violencia cesara.
Solidaridad. Los delincuentes tuvieron que huir porque los gritos de Labanca despertaron a
una de sus hijas que estaba en otro sector de la casa. La mujer trató de comunicarse por teléfono
con un vecino que es policía para pedir auxilio. La llamada se estableció y esa persona llegó
rápidamente al lugar, pero los asaltantes alcanzaron a escapar.
Labanca contó que recibió saludos y gestos de solidaridad de muchos de
sus colegas, y aseguró: “Estoy orando por los hombres que me hicieron esto. Ojalá pudiera
encontrarlos y hablarles para que se reconcilien con Dios. No los pude ver por la oscuridad pero no
descarto que uno de ellos haya venido a este lugar a orar”. l