Jueves 08 de Diciembre de 2016
Durante la feroz campaña de los candidatos a la presidencia de Estados Unidos sucedió una singular protesta contra Trump: en un baldío de Cleveland (Ohio) unas 1.800 mujeres se juntaron para mostrarse desnudas ante la lente de Spencer Tunick. Ellas posaban con espejos redondos que semejaban cientos de soles.
Arriesgándose a ir presas (en Ohio está prohibida la desnudez) las manifestantes, de distintas edades, formación y color de piel, mostraron su enojo a Trump por su misoginia, sectarismo y e ideas políticas. El mensaje fue contundente porque se diseminó por el mundo con una potencia magnífica.
Pero el detalle de los espejos circulares recuerda con mucha fuerza al cuento de ciencia ficción, cuyo título y autor se evaporaron en los tortuosos meandros de la memoria, en que el protagonista visitaba un pueblo singular, muy avanzado, que había terminado con las peleas y los desencuentros, no había hambre y todos eran felices.
Una de las incógnitas del recién llegado era cómo habían erradicado los enfrentamientos. Y al verlo se maravilló. Cuando alguien atacaba a otro, el agredido transformaba su apariencia frontal en un espejo de modo que el agresor se veía con las facciones contraídas, los ojos inyectados en sangre, el cuerpo tensado en forma grotesca, y entonces, avergonzado, deponía su actitud.
Dos herramientas que serían magníficas para la Argentina: la desnudez para graficar las consecuencias de políticas desacertadas, y los espejos para que los gobernantes y economistas se vieran tratando de justificar sus tremebundas metidas de pata.