Viernes 07 de Diciembre de 2012
"Sólo quedan dos comunistas en el mundo: Oscar y yo", dicen que dijo el ex presidente de Cuba Fidel Castro en 1995, refiriéndose a su entrañable amigo Oscar Niemeyer, el arquitecto brasileño que vivió sus 104 irreverentes años defendiendo en los planos de la arquitectura y de los ideales una revolución "que nunca debe parar".
Y aún en caso de que los dichos del revolucionario cubano constituyan sólo una leyenda, lo cierto es que el laureado arquitecto fue un comunista convicto y un revolucionario hasta sus últimos días.
Férreo defensor del dictador soviético Joseph Stalin, único ateo de una familia católica, el hombre que cambió la "fría rigidez" de la línea recta por la "cálida sensualidad" de las curvas, declaró abiertamente sus ideas más allá de lo "políticamente correcto" y no titubeó al defender la libertad para su creación: "Mi arquitectura no acepta reglas", advirtió más de una vez. "Stalin era fantástico. Alemania acabó por hacer de él una imagen de que era un monstruo, un bandido. El no mandó matar a los militares soviéticos en la guerra. Ellos fueron juzgados, habían luchado por los alemanes. Era necesario. Estaba defendiendo la revolución, que es más importante. Los hombres pasan, la revolución está ahí", disparó en 2007. Según sus palabras, su comunismo se basa en que "siempre" fue "un indignado". "El mundo me parecía injusto, inaceptable. Entré al partido comunista abrazado al pensamiento de (Karl) Marx, que sigo hasta hoy". Esa misma indignación lo llevó a no creer "en eso de la religión" y convertirse en un obstinado ateo en el país que ostenta la mayor comunidad católica del mundo. "Considero al ser humano muy frágil y al mundo muy injusto como para creer en la religión".