"En el Vaticano los cambios tienen lugar de manera lenta, dubitativa e irregular"
Un periodista que trabajó en la Santa Sede por más de treinta años realizó un pormenorizado análisis de los pontificados anteriores al Papa Francisco, actual líder.

Domingo 17 de Marzo de 2013

En una de sus últimas presentaciones públicas importantes antes de su muerte, el Papa Pablo VI llegó sentado en un trono cargado por 12 personas al funeral del político italiano asesinado Aldo Moro en la catedral de San Juan de Letrán en 1978. La basílica estaba llena de personalidades italianas conmovidas por la muerte de Moro a manos del grupo terrorista Brigadas Rojas, y pensé que el frágil pontífice se veía incómodo de que lo sostuvieran en alto.

Ya de por sí era una situación complicada para él. Había recibido las críticas de la familia que creía que no había hecho lo suficiente para salvar a Moro a pesar de que públicamente exhortó "de rodillas" para que la víctima fuera liberada. La elegante procesión real no le dio puntos a su favor.

Durante los 15 años de su pontificado, Pablo VI intentó modernizar al Vaticano, incluida la erradicación de numerosos nobles italianos de la "corte" papal que tenían privilegios desde hacía siglos, pero nunca dejó el trono ceremonial portátil que los Papas habían utilizado en ocasiones especiales durante al menos un milenio.

En el Vaticano los cambios tienen lugar de manera lenta, dubitativa e irregular. A la muerte de Pablo VI en agosto de aquel año, el cardenal veneciano que lo sucedió, el Papa Juan Pablo I, declinó utilizar el trono durante la inauguración de su pontificado y también prescindió de la tiara papal.

Sin embargo, posteriormente los asesores persuadieron al nuevo pontífice de que necesitaba verse por arriba de las multitudes. Y en los actos subsecuentes utilizó la "sedia gestatoria", como se le llama al trono.

El atlético Papa Juan Pablo II, de 58 años, definitivamente lo evitó cuando asumió el cargo después de la muerte de Juan Pablo I, quien fue pontífice durante sólo 33 días.

Nada de lujos. Al observar al Papa Francisco en sus primeras presentaciones como pontífice, éste tampoco parece ser una persona a la que guste desplazarse en una silla de lujo. Después de todo, solía ir en ómnibus o en súbte a su trabajo cuando era cardenal en Buenos Aires, declinó utilizar la limusina vaticana con chofer en su primera salida y optó por un automóvil sencillo de la Santa Sede.

Hasta la llegada de Juan Pablo II, los pontífices solían usar lo que se conoce como el "nosotros real". En público nunca hablaban en primera persona del singular y en lugar de ello utilizaban el "noi" (nosotros) o "el Papa".

En un principio, los burócratas vaticanos editaron versiones publicadas de los discursos y declaraciones espontáneas de Juan Pablo II para eliminar el pronombre "yo", al que consideraban ofensivo. Sin embargo, eventualmente cedieron y dejaron de censurar a su jefe.

El Papa Francisco, desde su breve bendición al mundo tras su elección el miércoles pasado, utilizó el pronombre "yo" en seis ocasiones.

El trato con la prensa. Las relaciones con la prensa también han sido un asunto delicado en el Vaticano. Cuando comencé a cubrir la Santa Sede en la década de 1970, la información era particularmente escasa: el portavoz oficial era un clérigo italiano, monseñor Romeo Panciroli, a quien apodaban "Monsignore non mi risulta" ("el monseñor sin comentarios").

Sin embargo, la agenda del nuevo Papa siempre ha incluido una audiencia con la prensa, tradición que también mantuvo Francisco.

Juan Pablo I se reunió con la prensa en uno de los salones decorados con frescos en el palacio papal. Después de un breve discurso del pontífice sólo un grupo selecto —principalmente de italianos— le fue traído para el "bacia mano", el saludo oficial en el que los católicos besan la mano al Papa. Al término de la audiencia, mientras el pontífice caminaba por el pasillo central, otros periodistas extendieron sus manos para estrechar la suya. Algunos incluso tenían la esperanza de hacerle alguna pregunta.

Sin embargo, los auxiliares y el personal de seguridad del Vaticano se lo llevaron y jamás volvió a reunirse oficialmente con los comunicadores. Semanas después una monja lo encontró muerto en su recámara.

Otro perfil. Juan Pablo II fue diferente. Apenas terminaba sus discursos, se liberaba de sus "protectores" y comenzaba a estrechar manos, eligiendo al azar a miembros de la prensa.

Benedito XVI efectuó su primera audiencia de prensa en la moderna sala de audiencias Pablo VI. El Papa agradeció en forma somera a todos los periodistas en inglés, francés y alemán, pero no lo hizo en español, algo que la prensa de ese idioma jamás le perdonó.

Siguió un "besamanos" concertado de antemano con un grupo selecto de notables de la prensa. Después, el Papa dio la espalda a cientos de reporteros y operadores de televisión decepcionados, y se marchó de la sala de audiencias por una puerta lateral.

Fue la primera señal de que Benedicto XVI jamás se sentiría cómodo con la prensa. Para él, como a la larga fue evidente, la prensa era un medio desafortunado para un fin necesario: difundir el mensaje de la Iglesia.

El mensaje correcto. Incluso desde entonces no siempre estuvo claro si él estaba enviando el mensaje correcto: a comienzos de su papado, Benedicto XVI causó furor cuando citó a un emperador bizantino medieval que había dicho que en el islam "sólo se encontrarán cosas malas e inhumanas".

En contraste, Juan Pablo II, en sus primeros años como Papa, adoptó la medida inteligente de traer como su portavoz a Joaquín Navarro-Valls, entonces corresponsal de un periódico español.

Las cosas dieron un giro dramático, incluso para un papado que desde el principio fue hábil en la difusión de su mensaje.

Navarro-Valls siempre estaba disponible, con frecuencia dispuesto a dar información más reservada (en 1989, me insinuó con insistencia que el Papa recibiría al Mijaíl Gorbachev (el último gobernante de la desaparecida Unión Soviética) y el encuentro ocurrió en diciembre de ese año), y sabía cómo "dar un giro" a una historia. Incluso organizó una reunión con el Papa en el club de corresponsales extranjeros en Roma, algo imposible de imaginar con Benedicto XVI.

Juan Pablo II mostró que tenía su propia manera de pensar. En el club de prensa, el pontífice echó un vistazo al discurso que le habían preparado de antemano en el Vaticano y dijo que no lo daría porque no era lo que él quería decir.

Años después, Navarro-Valls se tropezó con un giro que le dio a una historia. En 1996, Juan Pablo II visitó América Central e iba a desayunar con la ganadora del premio Nobel de la paz, Rigoberta Menchú, durante un almuerzo antes de subir al avión con destino a Venezuela. Una vez en la aeronave, Navarro-Valls dijo a los comunicadores de prensa que estaban a bordo que la reunión había sido fructífera a pesar de las versiones periodísticas de que Menchú era hostil a la Iglesia. El portavoz citó una lista de los temas de los que conversaron Juan Pablo II y la premio Nobel de la paz.

Vuelta atrás. Cuando se había cumplido una hora de vuelo, Navarro-Valls envió un colaborador para que informara a los hombres de prensa que desechara lo que les había dicho porque la reunión nunca se efectuó. No se dio explicación de lo sucedido.

El Papa Francisco mostró su capacidad para interactuar con auditorios en su primera reunión con la prensa. "Queridos amigos", comenzó. "Estoy encantado de... reunirme con ustedes".

Después se ganó los corazones de todos nosotros, los periodistas, cuando mencionó el agotador esfuerzo de los comunicadores para cubrir la renuncia de un pontífice seguida de un cónclave papal.

"Han trabajado duro ¿verdad?", dijo Francisco con una risa encantadora. "Han trabajado duro".

La prensa presente prorrumpió en un gran aplauso.