Miércoles 02 de Septiembre de 2020
Resulta normal que paro de colectivos mediante cualquier rosarino se vea obligado a subir a un taxi y de inmediato entable con el conductor un diálogo que deriva velozmente del clima a la actualidad. Y también es de rutina, en estos casos, que el blanco de la bronca de nuestro chofer de turno sean aquellos que tienen la responsabilidad de conducir el país/provincia/ciudad: “Los políticos se roban todo/ son culpables de este desastre/ no sirven para nada” podrían ser algunas de las múltiples variantes de la queja, que en no pocas ocasiones termina, si es que uno lo permite, en loas al siniestro pasado dictatorial.
Esta situación, claro, no solo se produce a bordo de los taxis (fue apenas un ejemplo al azar): sucede en muchos de los intercambios cotidianos que se mantienen en la Argentina de estos días. La conclusión se torna obvia: la política está profundamente desprestigiada entre nosotros. Y la nostalgia por el autoritarismo más cerril y asesino que haya conocido el país vive en demasiados ciudadanos.
Lo triste –y también lo peligroso– de esta situación es que la ira puntual contra los dirigentes (casi siempre fogoneada por los medios de comunicación) se transforma de manera habitual en odio en bloque contra las instituciones, recientemente reflotado por las penosas declaraciones de un ex presidente. La política –conviene no olvidarlo– es una herramienta fundamental de cualquier sociedad civilizada. Por cierto que los poderosos la utilizan, sin reparos éticos de ningún tipo, para consolidar o expandir sus privilegios. Pero también, en contrapartida, aquellos que ocupan la base de la pirámide socioeconómica –es decir, las mayorías– la necesitan imperiosamente para defender sus derechos, cada vez más amenazados por la voracidad de las aristocracias.
Es una pena, entonces –y por cierto no una casualidad–, que la objeción o el repudio a los nombres se metamorfosee en el cuestionamiento a la democracia que tanto costó recuperar, y que continúa siendo, con todos sus defectos, un sistema que permite a los más débiles proteger –aunque sea en medida limitada– sus acosados intereses. La política, ejercida con la dignidad que merece y reclama, constituye una de las más felices creaciones de Occidente: proviene, nada menos, de la maravillosa cultura griega. No hay que caer en la trampa que nos tienden aquellos que la detestan porque, justamente, no les hace falta. Nosotros –quienes integramos las mayorías– la necesitamos más que nunca.