Miércoles 20 de Marzo de 2013
Después de seguir a la letra un ritual medieval que incluye señales de humo para comunicar la decisión del cónclave, se celebró la misa de entronización del Papa Francisco. Y conforme amaina la desbocada e inexplicable especulación sobre cómo se dio la votación que le eligió, se amplía el número de exigencias y sugerencias al nuevo Pontífice indicándole qué es lo que debería hacer para resolver los enormes retos y problemas que tiene la Iglesia católica. Y esto, a sabiendas de que ni siquiera existe un acuerdo universal sobre cuáles serían los principales problemas o retos que enfrenta la milenaria institución.
Para los católicos más tradicionalistas, el principal problema es el creciente alejamiento de las costumbres y valores tradicionales de algunos sectores de la feligresía.
Otro problema es la disminución de la membresía en Europa y en ciertos sectores de la sociedad estadounidense, los países más desarrollados económica, política y socialmente del mundo. Y no faltan quienes piensan que los mayores problemas de la Iglesia se gestan en las barrocas maquinaciones y eficaces intrigas de una curia esclerotizada que impiden la reforma de la institución.
Para los sectores más liberales dentro del catolicismo, el catálogo de problemas de la Iglesia es más amplio y más grave. Va desde el abuso sexual de menores hasta la falta de transparencia en el manejo de sus asuntos financieros y bancarios y pasa por su férrea oposición hacia el control de la natalidad, del aborto, la eutanasia, la homosexualidad y la exclusión de las mujeres al sacerdocio.
Si nos guiamos por las señales hasta ahora emitidas por la jerarquía eclesiástica con el nombramiento del arzobispo de Buenos Aires Jorge Mario Bergoglio como su nuevo pontífice, es evidente que el cónclave, formado por 115 hombres cuya edad promedio es de 72 años, ve como inevitable la declinación de su feligresía en Europa y apuesta a que su futuro depende de su labor pastoral en América Latina, África y ciertos países de Asia como China y Filipinas.
Es decir, se inclina en favor de uno de los grupos regionales más tradicionalista y conservador dentro del catolicismo. Solo la iglesia africana es más conservadora que la latinoamericana.
En este sentido, los números ya presagiaban el resultado. De los mil doscientos millones de católicos que hay en el mundo, un 40 por ciento vive en América Latina, principalmente en Brasil, México, Argentina y Colombia. Y es en África donde el catolicismo crece con mayor rapidez en el mundo.
En Estados Unidos, a pesar de la deserción de feligreses de raza blanca, el porcentaje de católicos se mantiene estable gracias a los inmigrantes de América Latina. Por todo el mundo, sin embargo, el número de católicos que ha dejado de ir a misa los domingos, que declara no obedecer la mayoría de los mandamientos de la Iglesia y sobre todo no observar la abstinencia sexual antes del matrimonio, sigue creciendo de manera constante.
El papa Francisco ha dicho que desea "una Iglesia pobre y para los pobres" mandando una clara señal de que su idea de reforma gira en torno a este tema. Y solo quien desconoce la doctrina de la iglesia y el pensamiento de Francisco puede suponer que la reforma podría incluir levantar la prohibición a cuestiones doctrinarias. No habrá variantes respecto al uso de anticonceptivos o el aborto.
Tampoco cesará la oposición del Pontífice a la homosexualidad, a la que definen en el vaticano como una "enfermedad curable", ni habrá ordenamiento de mujeres.
Así las cosas, a los católicos no les queda más que asentir o disentir separándose más de la Iglesia. Y a quienes no somos católicos, lo que nos incumbe es pelear por que las autoridades seculares castiguen con todo el rigor de la ley a los sacerdotes pederastas y a quienes los encubren.